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-Todo recto-

Nunca supe caminar recto, seguir la línea imaginaria que sale de dentro de cerebro y llega hasta los pies y los conduce rectamente. Pero la rectitud de mi empeño se tuerce tan rápidamente a la que me viene a la cabeza que tengo que andar recto. ¿Qué problema hay en andar torcido? nadie consigue que durante todo el camino sus pies cubran la distancia mas corta en menos tiempo, ¿acaso van a ganar algun premio? IMG_0028Esto me lo dicen lo brazos que se mueven a lo loco, ellos que pretenden ser algo más que brazos, ser alas, esto es lo que desearían, ser alas para despegar el vuelo. Y los pies aferrados al suelo tratando de ir en línea recta no les ayudan. A lo mejor si los pies se movieran a lo loco y los brazos fueran en línea recta la cosa cambiaria. Una rectitud poco ortodoxa, no se si serviría que los puristas de andar recto son muy quisquillosos.

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-Fe-

2A la señora Matilde las plantas no se le mueren nunca, ni en invierno. Al contrario que a la señora Clotilde que no le viven ni en primavera. Las dos mujeres son fervientes devotas de la virgen del Rosario y van a la rezar a la iglesia cada día, dos veces. Pero las plantas de la señora Matilde crecen y las de la señora Clotilde mueren. ¿Si las dos rezan el mismo espacio de tiempo a la misma virgen con la misma fe , por qué unas plantas viven y las otras se mueren? Para evitar escepticismos, se ha medido con un aparato que trajo uno que trabaja en la tele, la intensidad de las oraciones con que rezan las mujeres. Las dos medidas han dan el mismo resultado, ni un dios mío de más, ni una virgencita de menos. Las dos mujeres ponen la mismas ganas, pero las plantas están ahí, unas vivitas y coleando y las otras a punto de ser lanzadas al contenedor. La señora Clotilde humildemente le ha pedido consejo a la señora Matilde y esta sin dudar le ha dado el remedio: rezar y regar. La señora Clotilde ha rezado y regado, pero como no se fía ha rezado más y ha rezado más, y otra vez por si acaso. Ha rezado tanto y ha regado tanto que las oraciones y el agua han salido por debajo de los tiestos y aún se ha quedado algo por las hojas. Pero el misterio continua y tras el rezo y el riego se ha muerto incluso el cactus. El cura  ha decidido tomar cartas en el asunto ya que se ha visto a la señora Clotilde entrar en la tienda del extranjero, la que vende fertilizantes y salir cargada de bolsas. Y ayer ya no vino a rezar.

-Por los suelos-

Salgo de casa y a lo largo de la calle las baldosas se extienden hasta que me alcanza la vista. No sé si será su objetivo, pero convierten mi mundo en un laberinto de formas cuadradas y redondas por donde me es muy difícil vislumbrar la salida. Golpeo el suelo, no me atrevo a caminar sin que las baldosas se den cuenta que soy yo la que va por allí y me ignoren. Un golpe más fuerte y noto como ellas se endurecen, es la manera especial que tienen de reconocerme. No lo digo porque sí, sino porque al golpear, mis pies tienen una respuesta IMG_2777contundente en forma de dolor en la planta, una respuesta abrumadora para mi simple llamada. Pero me complace saber que me tienen en cuenta puesto que, no soy algo que se desliza sin forma sobre los cuadrados monótonos y los círculos concéntricos igualmente monótonos, soy yo y por esto me duelen los pies. Los pies por fin tienen su protagonismo, me mantiene aferrada al suelo, tan lejos de mi cabeza siempre en las nubes. Por supuesto, tengo una sola cabeza y dos pies, pero no compensa el que sean doble, mi cabeza seguirá siendo más importante aunque me salgan dos pies más y los pies los saben. Por esta razón se rebelan pisando cada cierto tiempo o espacio, no creo que los pies los distingan, una piedra afilada y mi cabeza reacciona, me duele para no ser menos. Aunque no sea más que es el dolor de los pies que se instala en mi cerebro y me confunde para que los tenga en cuenta.
El suelo con sus baldosas uniformes y cuadradas no tiene dolor, al menos un dolor que levante olas, lo que si tiene es un descontento y por esto va dejando que los bordes se les escapen y me duelan metidos en las suelas de mis zapatos.

-La mandarina

A primera hora de la noche las sombras se alargan por la acera que se extiende paralela a la pared de claustro de la catedral. Dos hombres de edades sin números en común, deambulan observando las piedras que a aquella hora ya se disponen a descansar de las miradas curiosas. El joven observa los árboles que le salen al paso llenos de hojas oscuras, sin el brillo del color verde húmedo y oloroso. No sabe bien si son naranjos , no hay frutas que lo certifiquen y las hojas son tan iguales a otras hojas. El mayor, que ha vivido bajo naranjos con frutos de verdad, huele el aire y jura por el cómic que compró a instancias del amigo joven que son naranjos. El joven asiente, ya lo había pensado antes de la confirmación y esto le llena de un orgullo insolente como de espuma de cerveza. El mayor amparado en la oscuridad, lo mira con condescendencia, sabe que la opinión que tenía el otro de que eran naranjos, no era más que una imagen mental que él le había enviado. Lleva días con una idea rondándole por la cabeza, si están de acuerdo en algo es porque él le envía ondas al cerebro y el otro reacciona asimilándolas y creyéndolas suyas. IMG_6582
-Vamos al puerto- dice el mayor harto del olor sin imagen de una naranja. Mientras se lo pide en forma de orden, mira su teléfono y busca alguna aplicación para llegar sin problemas. Quiere seguir siendo el que guía la pareja sin que se note.
El joven cierra los ojos.
-No quiero ir al puerto. Para qué si solo hay grandes yates y algún barco sin marineros de jersey a rayas y gorra con pompón.
El mayor suspira y le envía ondas mentales de mares embravecidos y playas con palmeras de postal.
-Pero el mar va y viene y trae recuerdos de otras gentes dignos de ser tuyos- insiste.
El joven rehúsa, ahora con menos fuerza. Es por las imágenes que le envié se autoconvence el mayor.
Una mandarina que perdió la maratón de caídas el día de viento aterriza sobre la acera con ruido discreto. La piel se abre y deja salir un líquido que, con la escasez de luz puede pasar por sangre o por sirope o por refresco sin gas. El joven apoya el pie en la mandarina herida y acaba con el sufrimiento dejando todo el zumo esparcido por la acera.
-No era un naranjo- recrimina el joven mientras golpea la mandarina que acaba en el medio de la calzada.
-Bueno son de la misma familia ¿no?
El joven observa la mandarina que ahora no es más que una mancha olorosa.
-Vamos al bar, apetece un zumo de naranja.
El mayor que repliega las ondas que enviaba a su compañero y su cabeza se llena con sabor suave de un zumo de naranja recién exprimido

-Penitencias-

Camino sin rumbo por una calle , solo por el placer de sentir el pavimento endurecerse bajo mis pies. A la altura del número 34 se abre una puerta y una mujer altísima sale de la casa y se sitúa ante mí. La perspectiva de ver algo más atractivo que los cuadrados esparcirse por el suelo, es un aliciente para seguir andando. La mujer lleva una sombrerito rosa, en realidad un casquete que le cubre la parte alta de la cabeza. No  veo la necesidad de tapar la cabeza con algo semejante a una caja, pero la mujer le da unos toques para asegurarse que está ahí. Calza zapatos de tacón alto, color rosa. Me sorprende que una mujer alta quiera ser más alta. Los zapatos de color rosa combinan con el sombrerito. Pienso que los extremos del cuerpo de la mujer, vestidos color pastel, hacen que parezca más pequeña.IMG_1971 Se detiene ante el semáforo y aprovecho y miro su cara. Su boca pintada de rosa es grande y dura. No distingo sus ojos, porque una red tenue le cubre la parte superior de la cara. Sorprende la red, que al andar se le mete en los ojos y lejos de convertirla en una mujer fatal, la hacen vulnerable. En la esquina se quita un zapato y se masajea los dedos de los pies. Luego hace lo mismo con el otro zapato. Descalza, con los zapatos a un lado, los dedos se ven rojos ante la palidez del rosa. Se agacha para asegurar un zapato y la red que cubre sus ojos desciende hasta su boca. La mujer disimula pero no puede evitar la palabrota que se cuela indiscreta por los agujeros del tul. Una vez calzada se coloca bien el velo del sombrerito. A todas luces, la incomodidad de la mujer hace que mi paseo se vuelva interesante. Miro mis zapatos planos y cómodos. Si me los quitara, mis pies serian blancos, de un blanco agradecido. Los zapatos de la mujer brillan al sol de la mañana, los míos oscuros y polvorientos parecen burlarse de la palidez rosa e incomoda. Seguimos andando, yo con paso seguro, la mujer con paso cada vez más inestable. Nos detenemos, ella se descalza, yo aprieto mis cordones.
Pasa un rato y ella camina ahora con paso ligero a pesar del dolor manifiesto de sus pies. Camina tan rápido que mis zapatos cómodos apenas si siguen el ritmo. El ruido de los tacones asusta el pavimento, el sonido chato mis zapatos lo endurece. Hasta que la mujer se detiene aliviada, ante una iglesia. Con mucho cuidado se levanta el velo y se mira los zapatos. Imagino que se los quitará y los dejará en la puerta como en otras religiones. Pero no, los limpia y reorganiza sus pies ahora hinchados por el esfuerzo. Y entra muy erguida en el templo.
Dejo a la mujer con su sombrerito de tul y sus zapatos rosa sentada muy erguida en el último banco de madera. Los pies duramente calzados con zapatos rosa. Los ojos tapados por una sutil red.
Hay penitencias inimaginables para los ateos.

-Las letras rehuyen los días de sol-

Las letras rehúyen los días de sol, tanta luz debe cegar a la imaginación o las ideas deben considerar que no están a su altura. A parte de un ambiente reseco pero luminoso, el sol no es el escenario perfecto para una historia con intereses intelectuales. Demasiada claridad. Las obras necesitan un poco de sombra por la que meter los personajes sin que la luz delate sus secretos. El sol es demasiada estrella para ellos y la dejan en paz para buscar el remanso que la humedad les proporciona.IMG_5206

Pobre sol que se cree la estrella y acaba convertido en escenario. En mi opinión, la lluvia no merece tanta atención y el sol tanto desprecio pero así es el arte. Lo que parece el no va más, se queda en proyecto y lo que ni siquiera merece una mirada enardece el fervor de los críticos.

El sol busca esparcir por  las hojas blancas su seco estilo literario. Pero el escritor prefiere el gris oscuro y húmedo a pesar que en ocasiones le añada la luz cegadora de un foco. El sol no creo que se aviniera a lucir gris porque le absorbe el brillo. Las cortezas de los arboles, el asfalto, el desierto bajo un cielo errante… todo esto le parece bien al sol, pero a la literatura le da pereza y se sumerge en una sugerente y gris humedad.

El sol se cubre con papeles de celofán para mitigar el efecto pero las gotas ya se acercan. La hoja blanca recibe el primer impacto y las teclas empiezan a escribir

-La lluvia II-

A la literatura le gustan los días de lluvia. La lluvia se deja querer, ella prácticamente solo se cae, sin otra intención que llegar cuando antes al suelo para volver a subir sin prisa. Sabe que tiene todo el espacio y el tiempo para que las gotas se lancen sobre la calle como pulgas sobre los perros . Se las nota contentas a las gotas cuando caen, aunque les cueste perder su esencia que se queda repartida por los charcos anónimos. Pero ahí está la literatura, como un recogedor de prendas en desuso pero con arte cosido en sus bordados, mirando que su historia quede reflejada en el espejo que el agua le roba al cielo. IMG_8782
Mientras la lluvia se dedica a subir y bajar, la literatura toma el relevo y la convierte en arte. De la clase que sea, novelas o poemas es lo de menos, lo importante es la creación transparente que dejan las gotas al caer. No es que la lluvia y las gotas sean gran cosa, pero la humedad con que se desentienden del gris en el que se colgaron, da para más de un sentimiento. A pesar de que la calidez es preferible, la frialdad del agua resulta ser más fácil de plasmar en una hoja en blanco.
La lluvia y el blanco forman un gris que se lleva la mejor parte. El gris no es que sea el color ideal pero a la literatura le gusta. Aunque algunos prefieren el rosa o el negro, en general describe los sentimientos humanos mejor el gris. Quizás porque no es tan claro pero tampoco tan oscuro como para despreciarle o tenerle envidia.
La lluvia podría tener envidia del sol, tan seco él, sin embargo es el sol quien se muere por ser lluvia.