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-Días de lluvia y toros-

Llueve, pero no mucho, lo suficiente para que el hombre que lee en el banco no esté. Cada mañana, el hombre lee sentado en el banco que hay delante de la mimosa. Excepto si llueve, entonces no, y a mí me da por pensar que la literatura se lleva bien con la lluvia, pero no con los lectores, que se quedan en casa. Los libros que lee el hombre del banco son distintos, no porque haya visto el título, sino porque son de diferente grosor. De pequeña un libro de más de cien páginas me parecía algo tan infinito como las hojas de los pinos, las lentejas o los gritos de mi abuela. Ahora me parece más infinito contar estrellas que me he contagiado de los poetas y porque ya no hay cerca ni pinos ni abuelas ni lentejas.
Los libros del hombre deben ser lo bastante gruesos, para que le alargue la lectura al menos durante toda la semana. Los lunes los veo diferentes, a lo mejor es porque considero que los lunes me miran mal o que todo me parece nuevo, de un nuevo que tiene ganas de madurar y pasar rápidamente a martes.
El banco, los días que el hombre no está porque llueve, se queda vacío. Los pájaros no aprovechan, no se colocan en el respaldo a cantar y eso que los días que el hombre lee, revolotean como si se quisieran posar. Hoy que llueve, se han quedado escondidos mirando el banco vacío y pensando que mañana sí que se posaran, pero mañana, si no llueve, el hombre se volverá a sentar en el banco y ellos se quedaran mirando el respaldo pensando lo bien que se podría cantar desde allí. IMG_9364
Quizás los días que llueve, el hombre que lee, escribe. A lo mejor escribe un soneto de quince versos aunque solo necesite catorce. Yo cuando escribo poesía añado un verso de más porque no me gusta corregir. Encuentro más divertido revolver el poema hasta dar con el intruso, que borrar comas que luego faltan. Escribir de más, me recuerda las corridas que unos aplauden y otros aborrecen, un mundo raro este de los toros que da para mucha literatura roja y arte oscuro. Seguro que los días de lluvia los toros sí se sentarían en el banco y los de sol también, que son bravos y no le temen al hombre. Mi verso que sobra es como el toro que tienen de retén por si alguno se hace daño. Si se lesiona un toro no lo matan. Si lo han de matar que más da que tenga la pata rota o el hasta partida. Ah no, el público quiere ver muertos los toros buenos. Como a los soldados heridos que los mandan a casa. Solo los muy sanos son aptos para morir.
El verso que desecho lo guardo en la papelera de reciclaje por si acaso. Como al toro herido que lo guardan para engendrar otros toros, que serán llevados a matar con la esperanza de herirse y evitar ser engañados por una capa roja que no es ni de seda.
No creo que el hombre que lee en el banco sea un gran poeta, nunca le he visto leer poesía, ni tan siquiera me he fijado si lee filosofía o ensayo, aunque una vez vi de refilón la tapa y me pareció vislumbrar un título corto, de una sola palabra. Seguro que es lector de novelas históricas.
Como el banco está vacío la lluvia aprovecha y deja  charquitos, más o menos grandes. Observo unas gotas diminutas que no forman parte de ninguna aglomeración, se ven tan solas, como si las otras les hicieran bulling. Mañana habrá pasado la tormenta y nadie se acordará de las gotas, que desaparecerán cuando el sol salga o cuando el hombre las aparte con la mano. Las gotas pequeñas, como los toros heridos, quizás tenga suerte y se queden pegadas en el pantalón del hombre y se empapen de historia.
Un día que haga mucho sol y el hombre se achicharre leyendo en el banco me acercaré a preguntar qué tipo de literatura lee. Hoy no, que llueve

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-Palabra de hierro-

Entre el hierro y la madera, la literatura se queda con el hierro. Mejor si es forjado. Cuando ve retorcerse el mineral se imagina historias llenas de pasión a través de estos barrotes torcidos. Las letras, en el fondo no son más que hierro retorcido sobre un papel blanco.
Antes, cuando las historias eran libros gordos con pasiones inacabables, las letras con que el autor autografiaba sus historias, eran como retortijones de literatura que se metían por los poros del papel y creaban un entramado de hierro. Este entramado era deshecho con dificultad por el lector pero con intenso y fructífero placer. Ahora también el lector disfruta, pero la letra sin esfuerzo y de igual trazado que la máquina proporciona pierde intensidad y al desenredar la trama, no se percibe el dolor que las letras obligaron al autor a sufrir.
El hierro es negro, IMG_4839aunque se pinte de colores y deja reticente que le penetre la pintura en los poros por lo que la literatura lo prefiere a la madera con sus vetas planas como renglones vacíos por los que deambulan los personajes como si pasearan en una recta avenida. Aunque los personajes literarios, son más de curvas cuanto mas retorcidas mejor para hacerlos vivir. La literatura no ha de tener demasiadas facilidades sino pierde su fuerza y a la que te descuides, queda convertida en mondadientes que da vueltas por la boca sin entrar nunca en el estomago para convertirse en placer por todo el cuerpo.
El hierro es fuerte, noble y casa bien con otros metales para crear bronce, un premio. Por esto la literatura lo ama, lo busca, lo convierte en algo más fuerte que el propio hierro, la palabra escrita. La palabra se vuelve eterna como este mineral negro y sin alma que se deja forjar a fuego. Las palabras forjadas con el fuego de la idea se transmutan en lava líquida a los ojos del lector. Cuando se apagan los ardores, queda el metal retorcido en las letras y entonces la literatura se convierte en arte.
El hierro colgado en ventanas y balcones se asoma al mundo como el lector se asoma al libro y en él encuentra la historia forjada por la mente del escritor. Porque en definitiva, la palabra-hierro es el arma más poderosa que nunca creó el hombre.

-La lluvia II-

A la literatura le gustan los días de lluvia. La lluvia se deja querer, ella prácticamente solo se cae, sin otra intención que llegar cuando antes al suelo para volver a subir sin prisa. Sabe que tiene todo el espacio y el tiempo para que las gotas se lancen sobre la calle como pulgas sobre los perros . Se las nota contentas a las gotas cuando caen, aunque les cueste perder su esencia que se queda repartida por los charcos anónimos. Pero ahí está la literatura, como un recogedor de prendas en desuso pero con arte cosido en sus bordados, mirando que su historia quede reflejada en el espejo que el agua le roba al cielo. IMG_8782
Mientras la lluvia se dedica a subir y bajar, la literatura toma el relevo y la convierte en arte. De la clase que sea, novelas o poemas es lo de menos, lo importante es la creación transparente que dejan las gotas al caer. No es que la lluvia y las gotas sean gran cosa, pero la humedad con que se desentienden del gris en el que se colgaron, da para más de un sentimiento. A pesar de que la calidez es preferible, la frialdad del agua resulta ser más fácil de plasmar en una hoja en blanco.
La lluvia y el blanco forman un gris que se lleva la mejor parte. El gris no es que sea el color ideal pero a la literatura le gusta. Aunque algunos prefieren el rosa o el negro, en general describe los sentimientos humanos mejor el gris. Quizás porque no es tan claro pero tampoco tan oscuro como para despreciarle o tenerle envidia.
La lluvia podría tener envidia del sol, tan seco él, sin embargo es el sol quien se muere por ser lluvia.

-Otros miniratos-

El sol, para aliviar el frío, salió una mañana de invierno. El frío temiendo competencia, atacó con más ganas. Aquel invierno con el sol brillando, fue el más duro que se recuerda.


Sólo el eco, entiende lo insignificante que se siente el espejo.


El mundo es un zoo con una extraña fauna. Las especies nuevas siempre levantan sospechas. Por suerte, el sol se puede colar por las rejas de todas las jaulas.


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Vivir feliz con las pequeñas cosas que ocupan grandes espacios de mi mente.


Las bicicletas accedieron a ser las gafas del camino, leería entre los renglones que escribían las ruedas de las carretas. A veces, enfrascadas en la lectura, se perdían por los campos hasta que los radios exhaustos y llenos de polvo cerraban el cuaderno.


Mis flechas alcanzan objetivos cada vez más difíciles de entender. Debería enseñarles a leer mis intenciones.


Cuando veo las hojas caer me da la sensación de que empiezan una nueva vida lejos del árbol. Sin embargo, cuando miro las gotas de lluvia pienso que se mueren al chocar contra el suelo. ¿Y si sucede al revés?

-Buena sombra-

Mi sombra me sigue. Me mira sin ojos pero soy consciente de que no se pierde ninguno de mis movimientos, está atenta a la más ligera alteración de las partes de mi cuerpo para adaptase y seguir mi ritmo. Si corro corre, si muevo la pierna la mueve, un espejo sin trucos ni partes cambiadas. Mi sombra nunca miente, solo cambia un poco la realidad.
Las sombras siempre han tenido buena literatura y muy mala prensa. Tener mala sombra es algo que nunca he entendido. Las sombras no son malas ni buenas y por mucho que sea de noche, ellas siguen siendo oscuras, igual que a plena luz del sol. No he oído nada de sombras blancas, ni de sombras rojas, ni tan siquiera sombras doradas. Siempre sombras oscuras. Y ya puestos tampoco he leído nada de sombras buenas. A lo mejor porque aunque siguen fielmente a los cuerpos, van a la suya, las tienes a tus pies pero su obediencia no es ciega. Se colocan donde quieren y se alargan o encogen sin que tu cuerpo pueda hacer nada por remediarlo.
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Qué pasaría si mi sombra decidiera levantarse del suelo a la que la tengo relegada, y se plantara ante mi como una pared oscura y transparente, nunca alcanzable.
Qué pasaria si todas las sombras se rebelaran.
Siempre me pregunto qué pasaría si… y no sé si verdaderamente tengo ganas de que pase. Pero no estaría mal un ejército de sombras rebeldes que se largaran en pos del mejor cuerpo, que no necesariamente tiene que ser un cuerpo esbelto, porque si yo fuera una sombra me iría detrás del más gordo que encuentre, no habría peligro de que lo pierda.
Quizás a las sombras lo que más les gusta es el sol.

-Prodigios-

Serafín Arbelo Solís fue un niño especial desde el mismo momento de su concepción. Ya en el vientre golpeaba la barriga de su madre, llevando un ritmo fácilmente identificable con la canción que estaba sonando.
Al nacer sus padres no repararon en gastos ni tiempo para que su retoño tuviera las cualidades necesarias para ser considerado un prodigio.
Al primer mes ya era capaz de tararear los gritos de sus padres con cierto estilo.
Al segundo mes ya se ataba los cordones, cosa que no hizo mucha gracia a su madre que había adquirido una gran cantidad de zapatos con velcro. IMG_6507
Al tercer mes arrancaba la hoja del calendario, pero sólo cuando era el día 30. Los meses de 31 días había que recordárselos.
Al quinto mes pedía sushi en japonés e hizo su primer anuncio.
El sexto mes cortaba el filete con precisión de cirujano.
El séptimo mes leyó su primer poema, de otro, pero con sentimiento.
Al octavo leyó el suyo a través de una emisora de radio.
Al noveno se ya había caído cuatro veces de la bici. Participó en un programa de televisión, en realidad habló su madre.
Al onceavo tocaba el saxo tenor pero necesitaba que se lo sostuvieran. Su padre y un sicólogo le acompañaron por todas la cadenas de televisión del mundo.
Al cumplir el año dejó de aprender. Se le había bloqueado la memoria a causa de tanta información y aunque le hicieron el equivalente del reset no hubo manera.
Durante el resto de su vida se conformó con atarse bien los cordones, cambiar hojas del calendario a tiempo excepto los meses de 31 días, odiar el sushi y escribir poemas infantiles que luego musicaba con su saxo tenor.

-Mediocres-

Este es uno de los personajes que naufragan por mi libro NAUFRAGOS EN EL FREGADERO

La caja de música era preciosa. Al abrir la tapa, una muñequita realizaba piruetas dignas de la mejor bailarina. Mientras ella bailaba, sonaba una melodía deliciosa digna de bailes reales. Cuando la caja estaba cerrada, uno podía pasar los dedos y recrearse con la suavidad de la madera de cerezo y admirar flores dibujadas en marquetería del más fino diseño.
La caja llegó a la tienda de la mano de un noble, junto con otros objetos no tan hermosos. El dueño, quería desprenderse especialmente de la caja. Malos recuerdos imaginó el comprador y abonó una insignificante cantidad por todo el lote.
Apenas el comerciante la puso a la venta, no tardó ni un par de días en ser adquirida por un magnate. Pensaba regalársela a su mujer.
—No encontrará mejor regalo— le aseguró el comerciante a la vez que calculaba cuánto dinero conseguía.
La mujer recibió el regalo con desconfianza, otra caja pensó decepcionada. Pero cuando desenvolvió el paquete, quedó prendada del objeto.
—Es preciosa— exclamó.IMG_6339
Pero cada día, al abrir la caja, la bellísima bailarina le recordaba su figura poco agraciada, su belleza vulgar y su escasa agilidad. Era un tormento observar las evoluciones de la grácil figurita. Llegó hasta tal punto el odio hacia la bailarina, que estuvo a punto de lanzarla contra el suelo. La presencia de los criados la hizo desistir. Y disfrazando su rechazo de generosidad, regaló la caja a su sobrino, el compositor.
—Seguro que él sabrá apreciar la música y le servirá para componer hermosas melodías— le explicó al marido cuando inquirió por qué quería desprenderse de la caja.
El sobrino recibió encantado el presente. La maravillosa melodía sería fuente de inspiración, comunicó a su tía. Pero se pasaba las horas ante el piano y por más que lo intentaba, nunca pudo componer algo de superior belleza a la música que salía de la caja.
Deprimido por su incapacidad y con ganas de silenciar para siempre la música pensó en lanzar la caja por el balcón. Pero era demasiado aprensivo y temió que si destruía la caja y callaba su música, se quedaría el también sordo para oír cualquier melodía. Se lo pensó mejor y la regaló a un amigo que pasaba por un mal momento económico.
El amigo recibió el regalo entusiasmado. A causa de malas inversiones se había ido desprendido de todo lo bello que poseía para poder sobrevivir. La caja traería un poco de belleza a la sordidez de su casa medio vacía.
Apenas llegó a su morada colocó la caja en lugar bien visible. La espléndida caja resplandecía sobre los muebles gastados. Con el paso de los días, era tal el contraste, que el dueño no podía evitar recordar todo el esplendor perdido. Y no pudiendo soportarlo, vendió la cajita a un prestamista que le dio por ella una pobre cantidad.
Y allí se ha quedado la preciosa caja sin que nadie, hasta ahora, haya sido capaz de poseer tal maravilla, sin ver reflejada en ella su mediocridad.