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-Costras-

No puede tener hijos. Esta frase se lee siempre igual, no hay posibles ambigüedades que le cambien el sentido. No es no y punto. Tener podría ser sustituido por otros verbos pero en este caso no viene a cuento. Hijos, he aquí la palabra. A algunas mujeres la frase la deja indiferente, a otras les quita un peso de encima, a algunas les sabe mal escucharla y a otras les duele como si les robaran un pedazo de pan que necesitan para sentirse verdaderamente saciada.
Como a Marta.IMG_1956
No puede tener hijos, la sentencia resuena todavía en su interior, un espacio que la propia frase ayudó a vaciar. Al principio lloró, lagrimas y lágrimas que se escurrían por su cara como caminos a ninguna parte. Las lágrimas al final se cansaron de llorar y se quedaron dentro. Crearon una costra de sal que encerró el dolor. El dolor allí metido ya estaba bien. Nadie hacia nada por sacarlo y vivía a sus anchas. La costra no era espesa, un golpe con un poco de cariño hubiera hecho mella. Pero nadie se tomó la molestia, o quizás tener el dolor encerrado, un feto que nunca va a salir y que no muestra nada desagradable, ya les iba bien. Ahora Marta mira los niños en parque. Los niños corren y se caen y lloran. Lloran pero sin crear costra, las lagrimas no quieren quedarse encerradas sino ver mundo y caer en el mismo suelo si es posible que ha provocado la herida de la rodilla. Y ella los consuela si lloran, los levanta si caen, los anima en sus juegos, a todos a la vez, no se deja ninguno. Ellos ni lo notan como no reparan en la mujer sentada en el banco. Mejor su indiferencia que vivir en la costra que no permitía salir las gotas saladas ni entrar tampoco el aire fresco que las evapora.

-Una noche en la ópera-

Anoche fui a la ópera, la de verdad, con cantantes de voz potente y un decorado impresionante. No tuve que andar mucho. Si en lugar de tener el teatro, como quien dice al lado, hubiera tenido que desplazarme unos quilómetros más de los que hago para ir al super, la importancia hubiera sido doble. Yo de ópera, lo que se dice experta no soy, pero conozco algunas arias, por la publicidad. Es lo bueno que tiene la publicidad, que difunde músicas y a David Linch.
Una vez vi un anuncio de Linch con ratas y porquería y pensé que nadie debería dejarle hacer estas cosas. Porque la ratas tenían arte.
El hecho es que fui a la ópera porque en un sorteo me tocaron dos entradas. Pedro sí que tenia ganas de ir a la opera. Estaba entusiasmado. No es raro, se entusiasma con todo lo que a mi ni fu ni fa. IMG_2056
Esta vez sí que nos ha tocado algo que merece la pena me dijo. Me contó un rollo sobre que ir a la ópera es como aquello de plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro. Si no lo haces, no has participado en el desarrollo futuro de la humanidad.
Sinceramente no creo que la humanidad tire adelante por semejantes proyectos.Lo de plantar un árbol lo entiendo, aunque sea uno de los que tarda tanto en crecer que no puedes estar segura. El problema es qu,e si los millones de personas que vivimos en la tierra plantamos un árbol tendremos que irnos a vivir a marte. Todo se dice muy pronto pero hay árboles que no deberían ser plantados, lo mismo que hay personas que no deberían haber nacido y no lo digo por el representante de máquinas tragaperras.
Pedro habla de plantar un árbol para poder tener papel y escribir un libro. Aunque Pedro ya ha escrito un libro que no ha leído nadie, más que él, yo y el vecino que nos debe un favor. Creo que quiere tener un hijo para asegurarse que haya otro ser humano que lea su libro.
Él siempre con sus ideas. Al menos si se entretiene con la ópera no me dará la tabarra con lo de que tengamos hijos. Una docena de hijos y unos amigos y ya le sale a cuento la autoedición

-Saturación-

Acabo de dejar en el rincón más oscuro de mi biblioteca, el último libro que compré. No pienso abrirlo, al menos durante unos días, su lectura me dejó saturada, al borde del empacho. Se trata de un libro de recetas lleno de tartas, pasteles, galletas, madalenas, helados y cremas. Una dulzura de libro. Pero yo no puedo más, estoy al borde del empalago. No es que sea un mal libro, ni que esté mal escrito ni que las fotos no sean adecuadas al tema. Al contrario, todo es excelente, tanto, que me he hartado.
Al principio, cuando lo abrí, mis sentidos estallaron con su dulce atracción, no había otra cosa que me interesara más. Como hipnotizada por las posibilidades de crear algo tan delicioso, saboreé sus páginas hasta dar con la receta perfecta, la que me permitiría crear mi propio postre. Leí la elaboración como el que lee una pócima que le devolverá aquello que perdió, porque el tiempo no entiende que a una se le gasta la vida y no hay repuesto.
A medida que iba leyendo, los ingredientes se presentaban ante mí puros, netos y vestidos de distintos tonos de blanco: harina, azúcar, leche, mantequilla, nata, huevos. El único ingrediente que les plantaba cara era el chocolate. Al verlo tan oscuro entre el blanco monocorde, aprecié mucho más por qué me gusta. Casi al final aparecieron, el jengibre y el cardamomo para revestir la receta de aire exótico como si quisieran ayudar al chocolate que ante tanto blanco, tenia mucho trabajo para no perder la batalla. Reconozco que el primer síntoma que me advirtió que aquella no era mi tarta, lo propició la aparición del jengibre.DSCN0545
Observé el jengibre, lo probé y no pude evitar que me pareciera raro para un dulce, un producto que pretende ser alternativo y moderno pero que me dejó un sabor picante que no lleva a nada. Si una come un pastel, lo menos que espera es que le quede la boca llena de una melodía con el ritmo pecaminoso del dulce al bajar esponjoso por la garganta. Yo con el jengibre me di de bruces con una gaita agitando las encías.
Pero no me desanimé, simplemente deseché este postre y seguí buceando en otra receta. Y otra y otra. Todas tenían algo que sí y algo que no. Al rato, las fotografías que ocupaban toda la página se sucedían ante mis ojos cada vez más inquietantes: el agujero de una tarta, la pepita de chocolate en la madalena, un fragmento de nata sobre el pastel, una fruta confitada que emergía de un bizcocho…
Poco a poco todos los elementos, con su carga de azúcar llenaron mi vista, se adueñaron de mi cerebro, hasta que mi mente no pudo resistir otra receta, se colapsó. Ya no me interesaron los pasteles, ni fáciles ni difíciles, solo quería que el dulce empalagoso me dejara en paz.
Mi cuerpo empezó a notar la misma sensación terrible que sufre al ver unos niños hambrientos hurgar en las montañas de basura, una y otra vez, en diferentes noticias, en diferentes medios, todos mostrando la miseria sin decoro, de cara. Mañana, tarde y noche. Esta repetición deja en mi mente una sensación que, lejos de producirme lástima o recriminarme por mi insensible compromiso hacia el hambre en el mundo, me llena de hartazgo, me satura y me insta a buscar otras noticias nuevas, que me hablen de algo distinto aunque el hambre siga allí cobrándose vidas.
El libro ha quedado en el fondo de la biblioteca, descansando del ajetreo al que lo sometí y el deseo de comer pastel olvidado por un tiempo. Solo las ganas de saborear un pedazo de chocolate negro y amargo perdura, como perdura en un rincón de mi alma el remordimiento por el desinterés que muestro por todos los que pasan hambre en el mundo.