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-Ladrones de libros-

Hace poco leí en un blog un decálogo de cómo robar libros, con los pasos bien detallados y lugares más propicios para el robo. También he leído a autores como Bolaño, Fresán que hicieron del robo una manera de aumentar sus capacidades literarias y su biblioteca personal. Y yo que no he robado ni un cómic de Mortadelo, me pregunto cómo voy a ser considerada una escritora si no tengo un pasado de ladrona de libros que avale mi escritura.

En la facultad teníamos un proveedor de libros, discos que se llamaba Javier. A lo mejor hoy es un autor desconocido o un empresario de éxito de una multinacional de la edición, dado que tan bien se le daba sisar literatura.

Javier se esforzaba por conseguirte lo que pedías, eso sí, al contrario de los escritores, no hacía discriminación entre librerías y bibliotecas que había libros con el precio en la tapa y otros con el número de registro pegado en el lomo. Él anotaba los pedidos y los atendía según posibilidades. Mi amiga Trini le pidió que le consiguiera uno en francés, no importaba mucho el autor. Le consiguió Belle de Jour, de Joseph Kessel. En este libro se basó Buñuel para rodar su famosa película. Yo me reí a gusto porque, si bien es cierto que demostraba que al menos tenía conocimientos de francés, no pasaba de las tapas a la hora de tener un libro en las manos. En la película no se ve qué hay dentro de la caja china que llevan dos orientales, Trini y yo cuando buscamos el capítulo para descubrir el misterio, nos llevamos una decepción al comprobar qué ni siquiera aparecía en el libro la escena. La sutileza de Buñuel me hizo capaz de imaginar y además leer a través del agujero en un calcetín de un pie con pretensiones. Entre mostrar o sugerir no tengo dudas, escribir unas pistas y a imaginar. Ojala algún día sea capaz de algo semejante, pero no tengo su genio ni soy capaz de robarlo.

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Yo sé que Javier hubiera querido que fuéramos algo más que amigos, pero no pasamos de ahí. Ahora que lo pienso probablemente estar con un ladrón de libros me hubiera obligado a escribir para compensar el hecho de que él robara cultura para sostener la familia. Porque a estas alturas él habría perfeccionado tanto el arte del robo de libros, que tendría ya una pequeña empresa para distribuirlos e incluso contrataría a alguien que no tuviera muchos escrúpulos, para ayudarle en la tarea.

Si hubiera sido su mujer, a escondidas,  trataría con editoriales y agentes literarios para que publicaran mis obras. Nunca podría decirle a mi marido que yo escribía libros y viviría con miedo de que un día, un editor que me reconociera, con lo que se avergonzaría de tener una escritora en casa y se dedicaría a otra cosa siendo infeliz y yo también porque perdería mi inspiración. Casi mejor que nos hubiéramos quedado en solamente amigos.

Nunca leí que Bolaño o Fresán hubieran tenido remordimientos de su acción, pero si los tuvieron, quizás fue escribir su penitencia para superar la culpa.

A los ladrones en algunos lugares les cortaban las manos, menos mal que hemos avanzado algo, no quiero ni pensar qué nos hubiéramos perdido de haber cogido a los escritores con las manos en la masa. Hubiera sido peor que los remordimientos de Belle de Jour, una tragedia.

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-Días de lluvia y toros-

Llueve, pero no mucho, lo suficiente para que el hombre que lee en el banco no esté. Cada mañana, el hombre lee sentado en el banco que hay delante de la mimosa. Excepto si llueve, entonces no, y a mí me da por pensar que la literatura se lleva bien con la lluvia, pero no con los lectores, que se quedan en casa. Los libros que lee el hombre del banco son distintos, no porque haya visto el título, sino porque son de diferente grosor. De pequeña un libro de más de cien páginas me parecía algo tan infinito como las hojas de los pinos, las lentejas o los gritos de mi abuela. Ahora me parece más infinito contar estrellas que me he contagiado de los poetas y porque ya no hay cerca ni pinos ni abuelas ni lentejas.
Los libros del hombre deben ser lo bastante gruesos, para que le alargue la lectura al menos durante toda la semana. Los lunes los veo diferentes, a lo mejor es porque considero que los lunes me miran mal o que todo me parece nuevo, de un nuevo que tiene ganas de madurar y pasar rápidamente a martes.
El banco, los días que el hombre no está porque llueve, se queda vacío. Los pájaros no aprovechan, no se colocan en el respaldo a cantar y eso que los días que el hombre lee, revolotean como si se quisieran posar. Hoy que llueve, se han quedado escondidos mirando el banco vacío y pensando que mañana sí que se posaran, pero mañana, si no llueve, el hombre se volverá a sentar en el banco y ellos se quedaran mirando el respaldo pensando lo bien que se podría cantar desde allí. IMG_9364
Quizás los días que llueve, el hombre que lee, escribe. A lo mejor escribe un soneto de quince versos aunque solo necesite catorce. Yo cuando escribo poesía añado un verso de más porque no me gusta corregir. Encuentro más divertido revolver el poema hasta dar con el intruso, que borrar comas que luego faltan. Escribir de más, me recuerda las corridas que unos aplauden y otros aborrecen, un mundo raro este de los toros que da para mucha literatura roja y arte oscuro. Seguro que los días de lluvia los toros sí se sentarían en el banco y los de sol también, que son bravos y no le temen al hombre. Mi verso que sobra es como el toro que tienen de retén por si alguno se hace daño. Si se lesiona un toro no lo matan. Si lo han de matar que más da que tenga la pata rota o el hasta partida. Ah no, el público quiere ver muertos los toros buenos. Como a los soldados heridos que los mandan a casa. Solo los muy sanos son aptos para morir.
El verso que desecho lo guardo en la papelera de reciclaje por si acaso. Como al toro herido que lo guardan para engendrar otros toros, que serán llevados a matar con la esperanza de herirse y evitar ser engañados por una capa roja que no es ni de seda.
No creo que el hombre que lee en el banco sea un gran poeta, nunca le he visto leer poesía, ni tan siquiera me he fijado si lee filosofía o ensayo, aunque una vez vi de refilón la tapa y me pareció vislumbrar un título corto, de una sola palabra. Seguro que es lector de novelas históricas.
Como el banco está vacío la lluvia aprovecha y deja  charquitos, más o menos grandes. Observo unas gotas diminutas que no forman parte de ninguna aglomeración, se ven tan solas, como si las otras les hicieran bulling. Mañana habrá pasado la tormenta y nadie se acordará de las gotas, que desaparecerán cuando el sol salga o cuando el hombre las aparte con la mano. Las gotas pequeñas, como los toros heridos, quizás tenga suerte y se queden pegadas en el pantalón del hombre y se empapen de historia.
Un día que haga mucho sol y el hombre se achicharre leyendo en el banco me acercaré a preguntar qué tipo de literatura lee. Hoy no, que llueve

-Fe-

2A la señora Matilde las plantas no se le mueren nunca, ni en invierno. Al contrario que a la señora Clotilde que no le viven ni en primavera. Las dos mujeres son fervientes devotas de la virgen del Rosario y van a la rezar a la iglesia cada día, dos veces. Pero las plantas de la señora Matilde crecen y las de la señora Clotilde mueren. ¿Si las dos rezan el mismo espacio de tiempo a la misma virgen con la misma fe , por qué unas plantas viven y las otras se mueren? Para evitar escepticismos, se ha medido con un aparato que trajo uno que trabaja en la tele, la intensidad de las oraciones con que rezan las mujeres. Las dos medidas han dan el mismo resultado, ni un dios mío de más, ni una virgencita de menos. Las dos mujeres ponen la mismas ganas, pero las plantas están ahí, unas vivitas y coleando y las otras a punto de ser lanzadas al contenedor. La señora Clotilde humildemente le ha pedido consejo a la señora Matilde y esta sin dudar le ha dado el remedio: rezar y regar. La señora Clotilde ha rezado y regado, pero como no se fía ha rezado más y ha rezado más, y otra vez por si acaso. Ha rezado tanto y ha regado tanto que las oraciones y el agua han salido por debajo de los tiestos y aún se ha quedado algo por las hojas. Pero el misterio continua y tras el rezo y el riego se ha muerto incluso el cactus. El cura  ha decidido tomar cartas en el asunto ya que se ha visto a la señora Clotilde entrar en la tienda del extranjero, la que vende fertilizantes y salir cargada de bolsas. Y ayer ya no vino a rezar.

-Por los suelos-

Salgo de casa y a lo largo de la calle las baldosas se extienden hasta que me alcanza la vista. No sé si será su objetivo, pero convierten mi mundo en un laberinto de formas cuadradas y redondas por donde me es muy difícil vislumbrar la salida. Golpeo el suelo, no me atrevo a caminar sin que las baldosas se den cuenta que soy yo la que va por allí y me ignoren. Un golpe más fuerte y noto como ellas se endurecen, es la manera especial que tienen de reconocerme. No lo digo porque sí, sino porque al golpear, mis pies tienen una respuesta IMG_2777contundente en forma de dolor en la planta, una respuesta abrumadora para mi simple llamada. Pero me complace saber que me tienen en cuenta puesto que, no soy algo que se desliza sin forma sobre los cuadrados monótonos y los círculos concéntricos igualmente monótonos, soy yo y por esto me duelen los pies. Los pies por fin tienen su protagonismo, me mantiene aferrada al suelo, tan lejos de mi cabeza siempre en las nubes. Por supuesto, tengo una sola cabeza y dos pies, pero no compensa el que sean doble, mi cabeza seguirá siendo más importante aunque me salgan dos pies más y los pies los saben. Por esta razón se rebelan pisando cada cierto tiempo o espacio, no creo que los pies los distingan, una piedra afilada y mi cabeza reacciona, me duele para no ser menos. Aunque no sea más que es el dolor de los pies que se instala en mi cerebro y me confunde para que los tenga en cuenta.
El suelo con sus baldosas uniformes y cuadradas no tiene dolor, al menos un dolor que levante olas, lo que si tiene es un descontento y por esto va dejando que los bordes se les escapen y me duelan metidos en las suelas de mis zapatos.

-Las letras rehuyen los días de sol-

Las letras rehúyen los días de sol, tanta luz debe cegar a la imaginación o las ideas deben considerar que no están a su altura. A parte de un ambiente reseco pero luminoso, el sol no es el escenario perfecto para una historia con intereses intelectuales. Demasiada claridad. Las obras necesitan un poco de sombra por la que meter los personajes sin que la luz delate sus secretos. El sol es demasiada estrella para ellos y la dejan en paz para buscar el remanso que la humedad les proporciona.IMG_5206

Pobre sol que se cree la estrella y acaba convertido en escenario. En mi opinión, la lluvia no merece tanta atención y el sol tanto desprecio pero así es el arte. Lo que parece el no va más, se queda en proyecto y lo que ni siquiera merece una mirada enardece el fervor de los críticos.

El sol busca esparcir por  las hojas blancas su seco estilo literario. Pero el escritor prefiere el gris oscuro y húmedo a pesar que en ocasiones le añada la luz cegadora de un foco. El sol no creo que se aviniera a lucir gris porque le absorbe el brillo. Las cortezas de los arboles, el asfalto, el desierto bajo un cielo errante… todo esto le parece bien al sol, pero a la literatura le da pereza y se sumerge en una sugerente y gris humedad.

El sol se cubre con papeles de celofán para mitigar el efecto pero las gotas ya se acercan. La hoja blanca recibe el primer impacto y las teclas empiezan a escribir

-La lluvia II-

A la literatura le gustan los días de lluvia. La lluvia se deja querer, ella prácticamente solo se cae, sin otra intención que llegar cuando antes al suelo para volver a subir sin prisa. Sabe que tiene todo el espacio y el tiempo para que las gotas se lancen sobre la calle como pulgas sobre los perros . Se las nota contentas a las gotas cuando caen, aunque les cueste perder su esencia que se queda repartida por los charcos anónimos. Pero ahí está la literatura, como un recogedor de prendas en desuso pero con arte cosido en sus bordados, mirando que su historia quede reflejada en el espejo que el agua le roba al cielo. IMG_8782
Mientras la lluvia se dedica a subir y bajar, la literatura toma el relevo y la convierte en arte. De la clase que sea, novelas o poemas es lo de menos, lo importante es la creación transparente que dejan las gotas al caer. No es que la lluvia y las gotas sean gran cosa, pero la humedad con que se desentienden del gris en el que se colgaron, da para más de un sentimiento. A pesar de que la calidez es preferible, la frialdad del agua resulta ser más fácil de plasmar en una hoja en blanco.
La lluvia y el blanco forman un gris que se lleva la mejor parte. El gris no es que sea el color ideal pero a la literatura le gusta. Aunque algunos prefieren el rosa o el negro, en general describe los sentimientos humanos mejor el gris. Quizás porque no es tan claro pero tampoco tan oscuro como para despreciarle o tenerle envidia.
La lluvia podría tener envidia del sol, tan seco él, sin embargo es el sol quien se muere por ser lluvia.

-Otros miniratos-

El sol, para aliviar el frío, salió una mañana de invierno. El frío temiendo competencia, atacó con más ganas. Aquel invierno con el sol brillando, fue el más duro que se recuerda.


Sólo el eco, entiende lo insignificante que se siente el espejo.


El mundo es un zoo con una extraña fauna. Las especies nuevas siempre levantan sospechas. Por suerte, el sol se puede colar por las rejas de todas las jaulas.


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Vivir feliz con las pequeñas cosas que ocupan grandes espacios de mi mente.


Las bicicletas accedieron a ser las gafas del camino, leería entre los renglones que escribían las ruedas de las carretas. A veces, enfrascadas en la lectura, se perdían por los campos hasta que los radios exhaustos y llenos de polvo cerraban el cuaderno.


Mis flechas alcanzan objetivos cada vez más difíciles de entender. Debería enseñarles a leer mis intenciones.


Cuando veo las hojas caer me da la sensación de que empiezan una nueva vida lejos del árbol. Sin embargo, cuando miro las gotas de lluvia pienso que se mueren al chocar contra el suelo. ¿Y si sucede al revés?