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-Sillas-

Le aprieta el zapato, el izquierdo. No entiende por qué le aprieta el zapato izquierdo si el pie no ha crecido y el zapato no ha menguado. Pero para desconcierto de su mente, le aprieta. Hace un rato le apretaba menos, fue cuando se sentó en la silla modernamente incomoda del bar de abajo.
Las sillas con los cambios de diseño, le da la sensación de que te sientas para descansar cuando no estás cansado y terminas cansado de descansar en ella. Con lo que él venera las sillas, son su debilidad. Le gustaría tener una silla diferente en cada rincón de su casa. Pero no tiene espacio ni tiempo ni mujer que le permita tener sillas diferentes en el comedor, en la cocina y hasta en la minúscula terraza. Se ha tenido que conformar con tenerlas iguales, pero diferentes para cada pieza. IMG_3926
A veces, por la noche, cuando todo está tranquilo mezcla las sillas del comedor, la cocina y la terraza y mete también una que encontró de oferta.
Con todas ellas alrededor de la mesa, se siente un ser distinto, capaz de crear una arquitectura de vidas sin profundidad, pero llenas de diferentes matices. Con cuidado para no despertar a nadie, se va sentando en las distintas sillas. En cada una adopta una personalidad de acuerdo con el color de la tapicería, de la amplitud del asiento, de la longitud del respaldo e incluso con la imagen de la sombra que proyecta la silla en el suelo.
Lo reconoce, su preferida es la silla de tijera, nadie lo diría dado su carácter hedonista y un tanto snob. Le gusta porque le recuerda las fiestas mayores del pueblo, cuando se sentaba en la plaza a ver la película y escondía la cara para no saborear ante todos, el beso de los protagonistas.

Cansado de esperar sentado en la incómoda silla, se saca el zapato y nota una pequeña hinchazón en el empeine. La silla no le permite mucho margen de maniobra y se tiene que agachar con dificultad por los reposabrazos tan ajustados. Piensa que si se mueve se le quedara la silla incrustada y se hinchará todo su cuerpo y no habrá dios que lo saque de allí.
Y por una vez odia la silla, detesta las cuatro patas que le sostienen, el duro respaldo convertido en sargento de hierro que le obliga a estar derecho, el indiscreto asiento que dejará marcado en sus glúteos la dureza de su resistencia. Y eleva al mil su desprecio,    por aspirar a ser sillón perdió la oportunidad de convertirse en una espléndida silla de bar.

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-Dorian Catedral-

La catedral está colgada de la pared, como dormida. Las líneas rectas que envuelven el rosetón dan fe que allí se encuentran las columnas. La puerta empotrada en el centro y cerrada, es simplemente una sucesión de líneas furiosas que se entrecruzan para impedir el paso.  Te dan ganas de dar un empujón y desembarazar la maraña de líneas y descubrir lo que tan celosamente esconden. Delante, unas escaleras, apenas unos renglones para que los pies escriban sus pasos, sobreviven.img_5236
Esta mañana subiendo por la calle mayor, el sol le da de lleno. La catedral no resplandece, simplemente las piedras se despiertan y se sacuden la noche gracias al buen hacer de los obreros. Allí está el rosetón, pintando el interior con colores fríos y calientes, que todo cabe en la casa del señor. La puerta llena de remaches se deja envolver por arquivoltas semicirculares. Entre ellas se distinguen figurillas escondidas que buscan un historiador que las escuche. Allí están bien firmes las columnas y también los santos encima de los pedestales. No es un santo si no está por encima de ti. No hay santo bajo, todos son altos, como si la santidad los eleve pero necesiten este momento material que lo confirme. Delante, las escaleras, trece peldaños que se mantienen firmes, con oquedades que el agua aprovecha para bañarse y dar de beber a las palomas.
Sí, la catedral existe y no se ha ido difuminando como la de mi cuadro. Entonces es cierto que Dorian Grey lo consiguió. La catedral rejuvenecida con el tiempo, la catedral que se desvanece en mi cuadro ¿Qué pacto habrá contraído? ¿Los santos colgados tendrán algo que ver? Quizás sean ellos los que, con su santidad hacen el milagro, que la catedral se mantenga esbelta y firme, mientras que las líneas de mi acuarela se gasten, se diluyan con el paso de los días.
No quiero ver mi retrato pintado en una acuarela, no. Nunca quise ser Dorian Grey, no creo que la belleza sea un patrimonio interior ni que lo bello deba permanecer impasible por los siglos de los siglos. La vejez tiene su orgullo que ninguna acuarela debe guardarse para ella sola.