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-Milgases-

Como pasa el tiempo. Parece que fue ayer cuando elegí la estrella. Una que me pareció brillante pare echarle las culpas. Pensé que si centraba todo mi rencor en algo lejano, nadie sufriría por ello. Una estrella consciente de ser elegida para algo más que ser vista por a través de un telescopio la le daría un nuevo brillo.
La busqué concienzudamente. No todas las estrellas sirven como saco sobre el que meter las culpas. Aunque sea un saco grande como un universo. Descarté las que tienen nombre propio, por cierto tomado de alguien. No entiendo el motivo que una estrella se llame Mérope bastante tiene con ser la esposa de Sísifo para que encima la cargue con mis malos rollos.
Me decidí por una estrella de entre los miles de millones cuyo nombre era una especie de anagrama de números y letras de difícil pronunciación. Para hacerla más mía la llamé Milgases, un nombre a punto de estallar. Seguro que le gusta el nombre pensé, Milgases, no tiene sílabas trabadas ni fricativas ni ninguna otra de las trampas de la fonética.
Un día especialmente duro, con errores y malos rollos me senté en el alfeizar, la busqué y di rienda suelta a mi mal humor. Todo lo que no me atreví a soltarle a mi familia, a mi jefa, a mis amigos, al mundo en general. Y juro que por un momento dejó de brillar. Se borró del universo. La oscuridad ocupó el puntito donde antes estaba Milgases. Pensé que tanta queja la hizo explotar y ¡pum! en lugar de luz, un agujero negro. Quizás ha salido ganando con el cambio que los agujeros negros están de moda, es lo que me vino a la cabeza. También se me ocurrió que podía ser una estrella enana y había insultado a mi jefa metiéndome con su tamaño – yo a mi jefa la llamo uve alta porque es bajita pero con ínfulas-  le habrá parecido demasiado personal. Sentí un gran pesar, no era mi intención. Pero ya IMG_7827se sabe que las buenas intenciones son como el color naranja, solo son un impase entre pararte o hacer algo grave . La culpa me atenazó como la lana en verano. Y he decidido que en realidad era una estrella fugaz y que se quedó por aquí un rato para escuchar mis quejas, todo un detalle celestial.
A partir de aquella noche la estrella no ha aparecido en el firmamento. No voy a descargar mis frustraciones en otra estrella, no sea que me cargue a todos los astros del universo. Así que en lugar de buscar una estrella he decidido desahogarme con el poste de la luz de la esquina que no sirve y no hay manera que lo quiten. Un palo largo con aspiraciones de admiración que ocupa parte de la calzada. Le he llamado Propugte que no significa nada y además es complicado de pronunciar sin aclararte la garganta.
Ayer por la noche, juro que no había bebido, pero cuando estaba descargando todo mi rencor contra el palo de la luz he oído un sonido como de madera que me ha dicho en tono de reproche: es mucho más bonito, Milgases.

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-Ante el espejo-

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Ante el espejo el árbol lloró hojas verdes.

Gotas de lluvia suicidas anegaron con furia sus raíces.

El árbol esperanzado, no opuso resistencia.

 

Ante el espejo, un libro de poemas se sintió inútil.

Sus ideas universales que languidecían a la espera de un ojo lector.

 

Ante el espejo la música se paró a escuchar

el sonido de sus notas cantadas por la lluvia.

El ruido de la calle sofocó la melodía.

 

Ante el espejo, el maniquí se sintió de cartón piedra,

No soy real exclamó y derramó lágrimas de arena.

 

Ante el espejo, eres un mago.

Un dios juguetón que baraja la realidad,

sin tiempo de aburrirte

todo lo que deseas aburrirte.

-Dorian Catedral-

La catedral está colgada de la pared, como dormida. Las líneas rectas que envuelven el rosetón dan fe que allí se encuentran las columnas. La puerta empotrada en el centro y cerrada, es simplemente una sucesión de líneas furiosas que se entrecruzan para impedir el paso.  Te dan ganas de dar un empujón y desembarazar la maraña de líneas y descubrir lo que tan celosamente esconden. Delante, unas escaleras, apenas unos renglones para que los pies escriban sus pasos, sobreviven.img_5236
Esta mañana subiendo por la calle mayor, el sol le da de lleno. La catedral no resplandece, simplemente las piedras se despiertan y se sacuden la noche gracias al buen hacer de los obreros. Allí está el rosetón, pintando el interior con colores fríos y calientes, que todo cabe en la casa del señor. La puerta llena de remaches se deja envolver por arquivoltas semicirculares. Entre ellas se distinguen figurillas escondidas que buscan un historiador que las escuche. Allí están bien firmes las columnas y también los santos encima de los pedestales. No es un santo si no está por encima de ti. No hay santo bajo, todos son altos, como si la santidad los eleve pero necesiten este momento material que lo confirme. Delante, las escaleras, trece peldaños que se mantienen firmes, con oquedades que el agua aprovecha para bañarse y dar de beber a las palomas.
Sí, la catedral existe y no se ha ido difuminando como la de mi cuadro. Entonces es cierto que Dorian Grey lo consiguió. La catedral rejuvenecida con el tiempo, la catedral que se desvanece en mi cuadro ¿Qué pacto habrá contraído? ¿Los santos colgados tendrán algo que ver? Quizás sean ellos los que, con su santidad hacen el milagro, que la catedral se mantenga esbelta y firme, mientras que las líneas de mi acuarela se gasten, se diluyan con el paso de los días.
No quiero ver mi retrato pintado en una acuarela, no. Nunca quise ser Dorian Grey, no creo que la belleza sea un patrimonio interior ni que lo bello deba permanecer impasible por los siglos de los siglos. La vejez tiene su orgullo que ninguna acuarela debe guardarse para ella sola.

-Código de barras-

El código de barras es muy extraño. Lo miro con atención pero no soy capaz de leer el mensaje que tiene escondido entre las líneas. No porque sean verticales es por lo que no sé leerlas. Puedo leer japonés y también se escurren las palabras como si treparan un monte alto. Con el código de barras se me escapa este punto en el que mi cerebro hace clic, se le meten los contenidos por los pliegues y yo respiro aliviada. Miro las líneas del código quietas, negras y esbeltas como velas en un funeral y no las puedo leer. Si me esfuerzo solo consigo recuerdos, como el vestido a rayas de mi abuela, el que llevaba por la fiesta mayor, de medio luto. El de luto entero era negro. De medio luto se entiende que era una concesión, pero nada de negro y rojo, había de ser negro y blanco. Aunque ella no sabía en que hay lugares del mundo en el que le luto es blanco con lo que el vestido a rayas era doblemente de luto.Graffiti Nápoles
Si miro un código de barras antes de ir a dormir, sueño que me hago pequeña y puedo colarme entre los barrotes, entro y salgo de una prisión sin techo, sin suelo y sin tres lados. Las cárceles no necesitan de mucho más para serlo. Algunos barrotes por ser más gruesos, ponen peros a ser dejados atrás, el peso de la culpa será, porque los más livianos acceden a que pase. Aunque no me quejo, a lo largo del sueño puedo escalar y los gruesos me permiten subir hasta arriba y de un salto caer al vacío. Me despierto libre de las barras pero prisionera de la idea de que no soy capaz de leer. Cuando alguien sabe leer parece que todo, todo, todo, sea de fácil lectura. Quizás el medio luto de mi abuela también era una cárcel para no dejarla salir del color negro.
En el supermercado hay un aparatito que sabe leer el código de barras. Una boca con luz rojiza que se zampa las barras y regurgita el mensaje. Pero no sabe qué dice el mensaje. No saca ninguna conclusión. Leer sin entender no sirve. Yo, si supiera leerlo, entendería, ella sabe leer pero no entiende. No es un empate técnico.
Cuando le explico mis problemas, mi amiga dice que lo que importa no son las líneas sino el código binario, 0 y 1 que se mueven por ahí. Y estos números, con su precisión ,si te metes en su cárcel no hay barra que valga para escalar ni colarse, si ellos no dicen cuando estás libres. Ni el 0 ni el 1 son suficientemente generosos como para permitir que los barrotes que van plantando en nuestras vidas se puedan saltar. Siempre están allí como un bingo, esperando que alguien saque el pleno para comerse el cartón y al incauto que pensó que llenando cuadrados de ceros y unos podría descifrar la historia del mundo. Como yo, pero la Historia escrita en un código de barras no hay manera que yo la entienda.

-He perdido un recuerdo-

He perdido un recuerdo. Lo único que recuerdo de mi recuerdo es que no lo recuerdo. Y eso que por la mañana, apenas me despertaba, ya lo tenía por la cabeza dando bandazos. Y se mantenía ahí hasta la noche, sin dejarme ni para dormir. Ahora no sé si merecía la pena tener este molesto inquilino o si he tenido suerte. Pero me da rabia. Tanto dar la lata y ahora, sin más, desaparece. Lo he buscado mucho rato. Bueno no tanto como buscaría un amigo, un libro o un anillo de boda. Pero bastante mucho. Incluso he revisado fotos de la que antes se imprimían en papel brillante y contaban historias corriendo de mano en mano. img_3380Fotos que tardaban en nacer, porque había que enviarlas a revelar. He descubierto que antes, siempre sonreía la gente ante la cámara. El ojo del objetivo se llenaba de voces alegres, luchando por entrar. Dentro, en el carrete se debían correr sus juergas. Las que no se podían correr en la realidad. Mira la Mariana como se arrambla a Pedro. Y Manuel, qué miradas a Joaquín. Javier y Laia, dónde se han metido, seguro que hay boda, con lo poco precavidos que son ¡Manolo deja de tontear y ven que nos van a revelar! Todo el carrete lleno de cosas nuevas, como salidas de fábrica: el primer coche, la primera novia, el primer marido. También se dejaba constancia del primero y el último a la  vez, como los entierros los bautizos y las comuniones por esto tenían tanto éxito. Y casi todo el mundo con sobrepeso, sin que se les note ni pizca de culpabilidad.
Después de revisar mi pasado en imágenes, puedo asegurar que no está. Ni una cara, ni un cuerpo ni un un paisaje, ni en una bici, en ninguna foto he encontrado el recuerdo.
Con las palabras no quiero probar que me las conozco. Cuando necesito alguna, se atrinchera en la punta de la lengua y pueden pasar horas incluso días hasta que se decide a salir.
¿No será que mi recuerdo se ha muerto? Es una manera de hablar. No sé cuál será la expresión técnica para certificar que un recuerdo se ha esfumado. Cada vez estoy más convencida. Se ha ido porque ya ha tenido bastante de estar por mi cabeza. Los años le han pesado y se ha largado al limbo donde van los recuerdos, las ideas, los pensamientos y todo este batiburrillo que hay en mis neuronas. Y me ocurre como con las personas, que cuando desaparecen de mi vida, es cuando más las echo de menos.

-Ladrones de libros-

Hace poco leí en un blog un decálogo de cómo robar libros, con los pasos bien detallados y lugares más propicios para el robo. También he leído a autores como Bolaño, Fresán que hicieron del robo una manera de aumentar sus capacidades literarias y su biblioteca personal. Y yo que no he robado ni un cómic de Mortadelo, me pregunto cómo voy a ser considerada una escritora si no tengo un pasado de ladrona de libros que avale mi escritura.

En la facultad teníamos un proveedor de libros, discos que se llamaba Javier. A lo mejor hoy es un autor desconocido o un empresario de éxito de una multinacional de la edición, dado que tan bien se le daba sisar literatura.

Javier se esforzaba por conseguirte lo que pedías, eso sí, al contrario de los escritores, no hacía discriminación entre librerías y bibliotecas que había libros con el precio en la tapa y otros con el número de registro pegado en el lomo. Él anotaba los pedidos y los atendía según posibilidades. Mi amiga Trini le pidió que le consiguiera uno en francés, no importaba mucho el autor. Le consiguió Belle de Jour, de Joseph Kessel. En este libro se basó Buñuel para rodar su famosa película. Yo me reí a gusto porque, si bien es cierto que demostraba que al menos tenía conocimientos de francés, no pasaba de las tapas a la hora de tener un libro en las manos. En la película no se ve qué hay dentro de la caja china que llevan dos orientales, Trini y yo cuando buscamos el capítulo para descubrir el misterio, nos llevamos una decepción al comprobar qué ni siquiera aparecía en el libro la escena. La sutileza de Buñuel me hizo capaz de imaginar y además leer a través del agujero en un calcetín de un pie con pretensiones. Entre mostrar o sugerir no tengo dudas, escribir unas pistas y a imaginar. Ojala algún día sea capaz de algo semejante, pero no tengo su genio ni soy capaz de robarlo.

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Yo sé que Javier hubiera querido que fuéramos algo más que amigos, pero no pasamos de ahí. Ahora que lo pienso probablemente estar con un ladrón de libros me hubiera obligado a escribir para compensar el hecho de que él robara cultura para sostener la familia. Porque a estas alturas él habría perfeccionado tanto el arte del robo de libros, que tendría ya una pequeña empresa para distribuirlos e incluso contrataría a alguien que no tuviera muchos escrúpulos, para ayudarle en la tarea.

Si hubiera sido su mujer, a escondidas,  trataría con editoriales y agentes literarios para que publicaran mis obras. Nunca podría decirle a mi marido que yo escribía libros y viviría con miedo de que un día, un editor que me reconociera, con lo que se avergonzaría de tener una escritora en casa y se dedicaría a otra cosa siendo infeliz y yo también porque perdería mi inspiración. Casi mejor que nos hubiéramos quedado en solamente amigos.

Nunca leí que Bolaño o Fresán hubieran tenido remordimientos de su acción, pero si los tuvieron, quizás fue escribir su penitencia para superar la culpa.

A los ladrones en algunos lugares les cortaban las manos, menos mal que hemos avanzado algo, no quiero ni pensar qué nos hubiéramos perdido de haber cogido a los escritores con las manos en la masa. Hubiera sido peor que los remordimientos de Belle de Jour, una tragedia.

-Confesiones en la niebla-

El frío, medio escondido tras la niebla, no me asusta. Camino sin ver más que mis pies. La niebla parece tener pereza y se ha quedado suspendida sin ganas de llegar al suelo. Y me pregunto cómo algo tangible, no es atraído por la gravedad. Porque la niebla son gotas de agua y no acaban de caer al suelo. Flotan por el aire como los peces por el mar. Quizás si fuera más espesa me animaría a dar unas brazadas, compitiendo conmigo.
Me gusta la niebla. Su transparencia lechosa invita a las confidencias. Camino por ella, más bien buceo esperanzado y aparece alguien. Aunque parece un fantasma, me sorprendo al descubrir que soy yo. Como si la gravedad no existiera y saliera de mi misma a dar una vuelta. Me siento flotar.IMG_7313 Hola me digo y empiezo la charla. Hablar conmigo misma dentro de un mar de niebla es como leerme. Yo soy la historia y me cuento hechos que no sé que los sé. Porque yo misma no soy yo misma, soy otra que aprovecha la niebla para conocerme mejor.
En medio de la niebla, pocos pasos ante mi surge de la nada un hombre. Viene envuelto en girones de nube pero lo evito y sigo mi camino dejándolo detrás, para que nade por su propio espacio. Me alejo ansiosa por continuar con el desenlace de la historia que me estaba contando, antes que todo desaparezca engullido por millones de gotas suspendidas que desafían la gravedad.
Quizás animada por el atrevimiento de las gotas, desafío a mi propia historia y le propongo otro final. Un intento pícaro de alargar la conversación que mantengo con mi yo. Porque las conversaciones que mantengo conmigo misma dentro de la niebla parecen más intimas, más cercanas y por qué no decirlo, más irreverentes que hay confianza.