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-Ante el espejo-

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Ante el espejo el árbol lloró hojas verdes.

Gotas de lluvia suicidas anegaron con furia sus raíces.

El árbol esperanzado, no opuso resistencia.

 

Ante el espejo, un libro de poemas se sintió inútil.

Sus ideas universales que languidecían a la espera de un ojo lector.

 

Ante el espejo la música se paró a escuchar

el sonido de sus notas cantadas por la lluvia.

El ruido de la calle sofocó la melodía.

 

Ante el espejo, el maniquí se sintió de cartón piedra,

No soy real exclamó y derramó lágrimas de arena.

 

Ante el espejo, eres un mago.

Un dios juguetón que baraja la realidad,

sin tiempo de aburrirte

todo lo que deseas aburrirte.

-Código de barras-

El código de barras es muy extraño. Lo miro con atención pero no soy capaz de leer el mensaje que tiene escondido entre las líneas. No porque sean verticales es por lo que no sé leerlas. Puedo leer japonés y también se escurren las palabras como si treparan un monte alto. Con el código de barras se me escapa este punto en el que mi cerebro hace clic, se le meten los contenidos por los pliegues y yo respiro aliviada. Miro las líneas del código quietas, negras y esbeltas como velas en un funeral y no las puedo leer. Si me esfuerzo solo consigo recuerdos, como el vestido a rayas de mi abuela, el que llevaba por la fiesta mayor, de medio luto. El de luto entero era negro. De medio luto se entiende que era una concesión, pero nada de negro y rojo, había de ser negro y blanco. Aunque ella no sabía en que hay lugares del mundo en el que le luto es blanco con lo que el vestido a rayas era doblemente de luto.Graffiti Nápoles
Si miro un código de barras antes de ir a dormir, sueño que me hago pequeña y puedo colarme entre los barrotes, entro y salgo de una prisión sin techo, sin suelo y sin tres lados. Las cárceles no necesitan de mucho más para serlo. Algunos barrotes por ser más gruesos, ponen peros a ser dejados atrás, el peso de la culpa será, porque los más livianos acceden a que pase. Aunque no me quejo, a lo largo del sueño puedo escalar y los gruesos me permiten subir hasta arriba y de un salto caer al vacío. Me despierto libre de las barras pero prisionera de la idea de que no soy capaz de leer. Cuando alguien sabe leer parece que todo, todo, todo, sea de fácil lectura. Quizás el medio luto de mi abuela también era una cárcel para no dejarla salir del color negro.
En el supermercado hay un aparatito que sabe leer el código de barras. Una boca con luz rojiza que se zampa las barras y regurgita el mensaje. Pero no sabe qué dice el mensaje. No saca ninguna conclusión. Leer sin entender no sirve. Yo, si supiera leerlo, entendería, ella sabe leer pero no entiende. No es un empate técnico.
Cuando le explico mis problemas, mi amiga dice que lo que importa no son las líneas sino el código binario, 0 y 1 que se mueven por ahí. Y estos números, con su precisión ,si te metes en su cárcel no hay barra que valga para escalar ni colarse, si ellos no dicen cuando estás libres. Ni el 0 ni el 1 son suficientemente generosos como para permitir que los barrotes que van plantando en nuestras vidas se puedan saltar. Siempre están allí como un bingo, esperando que alguien saque el pleno para comerse el cartón y al incauto que pensó que llenando cuadrados de ceros y unos podría descifrar la historia del mundo. Como yo, pero la Historia escrita en un código de barras no hay manera que yo la entienda.

-He perdido un recuerdo-

He perdido un recuerdo. Lo único que recuerdo de mi recuerdo es que no lo recuerdo. Y eso que por la mañana, apenas me despertaba, ya lo tenía por la cabeza dando bandazos. Y se mantenía ahí hasta la noche, sin dejarme ni para dormir. Ahora no sé si merecía la pena tener este molesto inquilino o si he tenido suerte. Pero me da rabia. Tanto dar la lata y ahora, sin más, desaparece. Lo he buscado mucho rato. Bueno no tanto como buscaría un amigo, un libro o un anillo de boda. Pero bastante mucho. Incluso he revisado fotos de la que antes se imprimían en papel brillante y contaban historias corriendo de mano en mano. img_3380Fotos que tardaban en nacer, porque había que enviarlas a revelar. He descubierto que antes, siempre sonreía la gente ante la cámara. El ojo del objetivo se llenaba de voces alegres, luchando por entrar. Dentro, en el carrete se debían correr sus juergas. Las que no se podían correr en la realidad. Mira la Mariana como se arrambla a Pedro. Y Manuel, qué miradas a Joaquín. Javier y Laia, dónde se han metido, seguro que hay boda, con lo poco precavidos que son ¡Manolo deja de tontear y ven que nos van a revelar! Todo el carrete lleno de cosas nuevas, como salidas de fábrica: el primer coche, la primera novia, el primer marido. También se dejaba constancia del primero y el último a la  vez, como los entierros los bautizos y las comuniones por esto tenían tanto éxito. Y casi todo el mundo con sobrepeso, sin que se les note ni pizca de culpabilidad.
Después de revisar mi pasado en imágenes, puedo asegurar que no está. Ni una cara, ni un cuerpo ni un un paisaje, ni en una bici, en ninguna foto he encontrado el recuerdo.
Con las palabras no quiero probar que me las conozco. Cuando necesito alguna, se atrinchera en la punta de la lengua y pueden pasar horas incluso días hasta que se decide a salir.
¿No será que mi recuerdo se ha muerto? Es una manera de hablar. No sé cuál será la expresión técnica para certificar que un recuerdo se ha esfumado. Cada vez estoy más convencida. Se ha ido porque ya ha tenido bastante de estar por mi cabeza. Los años le han pesado y se ha largado al limbo donde van los recuerdos, las ideas, los pensamientos y todo este batiburrillo que hay en mis neuronas. Y me ocurre como con las personas, que cuando desaparecen de mi vida, es cuando más las echo de menos.

-Bisonte-

Un paquete de tabaco encima de la mesilla, es lo que recuerdo de mi abuelo. Que dejaba el paquete junto a la caja de cerillas, en la entrada. Supongo que era por si venían visitas. Una muestra de hospitalidad. O que al salir, tenía siempre quien le esperaba. Un compañero de camino hasta el trabajo. Un cigarrillo esmirriado pero con muchos humos.
Mi abuelo siempre llevaba dos paquetes. Uno para fumar, el otro para reponer. Por mi abuela. Ella detestaba el tabaco. Cuando escaseaban los cigarrillos, el paquete se descomponía, perdía solidez. Ves como he fumado poco, decía mostrando el paquete erguido. Por esto mi abuelo hacía un trasvase de cigarrillos antes de dejarlo en la mesilla. Un descredito para un paquete cuyo santo y seña era un animal. Bisonte, así se llamaba el tabaco que fumaba mi abuelo. Nunca relacioné el tabaco con los animales que poblaban las laderas de las películas del oeste. Animales orgullosos, que los cazadores diezmaron hasta casi la extinción. Como los cigarrillos, que se van extinguiendo con cada calada.img_5459
El amigo de mi abuelo no fumaba cigarrillos, sino tabaco de liar. Caldo lo llamaba. Estaba guardado en una petaca que había perdido color y prestancia. Tanto manoseo. Solo tenía en común con el paquete, que se iba reponiendo tabaco. Necesitaba papel de liar de un blanco distraído, como transparente.
La lengua el amigo de mi abuelo era larga y húmeda. Blanca y con una línea muy marcada en el centro. La sacaba para dar lametazos y cerrar con saliva el cigarrillo liado. No eran tan perfectos como los bisontes. Creo que eran tan amigo de mi abuelo porque el humo que dejaban escapar por la boca, se unía en el aire. Y podían hablar con el humo de lo que la autoridad no les permitía.
Los vaqueros de la películas del oeste también fumaban tabaco de liar. Lo llevaban en unas bolsas que cerraban con dificultades. Era muy difícil apañarse con las pistolas, el papel, el tabaco y la bolsa. Los buenos tenían más traza. Colocaban la bolsa bajo las axilas y tiraban del hilo con las manos. Los malos con los dientes. Una manera de retratar al personaje. Los cigarrillos del malo se veían mal acabados. Un par de caladas y al suelo. Al bueno le duraban más. Lo suficiente como para que saliera la luna e hiciera brillar el ascua.
Si se hubieran dedicado a liar perfectamente los cigarrillos en lugar de matar bisontes, ahora las praderas se verían salpicadas de puntos negros. Cuerpos de animales enormes, con cabezas como bolas de lana. Y los indios cabalgarían al viento. Los indios también fumaban, pero en pipa. Por la paz. Quizás también dejaban el tabaco y la pipa a la entrada del tipi. Para las visitas. Una muestra de buena voluntad. Pero los vaqueros no fumaban en pipa sino tabaco de liar. Una lástima.

-Rayos-

No hay más placer inocente que despertarte antes de la hora que el mundo le exige a tu cuerpo. Es un momento mágico en el que no sabes bien dónde estás. Aletargada, te dejas arrastrar por el sueño que aun no está preparado para que le ignores. Él sabe que, en cuanto te des cuenta, que se acabó su reino, se sumergirá en las profundidades del olvido hasta que el subconsciente lo vuelva a necesitar de decorado. img_4498
Por esto, durante un instante, los ojos se esfuerzan por permanecer cerrados mientras el boceto de rayo de sol, se cuela entre los agujeros indiscretos de una persiana mal cerrada.

La cortina no cesa de agitarse con una simple brisa por si se pierde el amanecer. Por su culpa, los rayos entran como Pedro por su casa. Hoy siento que los rayos van dirigidos a mi personalmente. Todo cuanto leo, oigo, escucho o intuyo viene envuelto en su luz punzante. Me molestan hasta el punto de querer meter la cabeza en una olla a presión y sentir que es un espacio sereno. El sol se desentiende de mis pensamientos y va a la suya, como si yo no le importara y brilla y brilla colocando una corona de rayos en mi cabeza.

Y mientras las sábanas suspiran de alivio, me levanto pensando en la noche, sin sol ni rayos indiscretos. Solo una oscuridad con educación donde las sombras me dan las buenas noches. Ni que sea por quedar bien.

-Deberes-

Ha sido un día provechoso, creo. img_1267Ha habido de todo, desde gusanos con piel casi humana a humanos que se comportan como gusanos agresivos y lanzan por doquier vísceras ajenas. Tengo que escribir una historia de no más de quince segundos. No sé si la medida de un cuento permite los segundos, o debería mejor usar como unidad de medida  la frase. Un cuento de cuatro frases. Las que sobren eliminadas sin compasión. Nada es más innecesario que una frase que sobra. Pero primero es lo primero, la cena. Rompo el huevo. Dos yemas. Parece un huevo inseguro y por si acaso una sale mal, me regala otra, como un reintegro. No tengo reloj a la vista que me muestre como el tiempo compite con la vida. El ganador se lleva al perdedor. Me decido por darle cuerda a la gallina encargada de que los huevos duros no sean demasiado duros. Intento estirar la historia, pero las palabras parecen empeñadas en mirar las dos yemas, son tan amarillas. Suena la gallina, no cacarea, pita. Se acabó el tiempo, si mis palabras no se han cocido suficiente, peor para mi ego de escritora. Poca cosa puedo hacer, pero no me resigno:

Tira con todas sus fuerzas, clavando las patas en el suelo. El cuerpo alargado no resiste y se rompe en anillos de color rosa, llenos de vísceras jugosas que la gallina se traga.Quizás sea su oportunidad. El gusano siempre había querido viajar dentro de huevo con dos yemas.

-El calor y los japoneses-

Una piensa que en el campo hará más fresco. Pues no, el calor se ensaña con la misma intensidad que pone en derretir el asfalto. En las casas, la gente se atrinchera tras la cortina a la espera que el sol se apiade y conceda una tregua. Pero yo no le tengo miedo, que soy de ciudad.
Mira, el sol ya se marcha, el atardecer es un buen momento para pasear propongo. Con este calor se queja mi marido estirado en la hamaca de la pensión. Ya no soporto el encierro, vamos a pasear. Con este calor, insiste mi marido. No hace tanto que son las siete. Mi marido lanza una replica que no entiendo del todo. Sus palabras parece que sudan, suenan como si se deslizaran por la piel y se diluyen.
Me pongo el sombrerito verde de tela, un pobre aliado contra el sol y por si acaso, me bajo las mangas de la camiseta que soy de ciudad. IMG_0754
Vista de lejos, pareces una japonesa dice mi marido. Gracias, me complace tu observación, suena a un intento de haiku. Bueno, me caen bien los japoneses. A mi también, siempre los primeros en despertarse y los primeros en ver asomar la luna. A veces pienso que el sol espera que ellos le den permiso para salir. La luna no tanto que va a la suya, desde que el hombre la pisó ya no nos tiene tanto respeto, le digo a mi marido y a provecho para reiterar mi oferta de paseo.
Con este calor no muevo ni una coma de mi idea. Pues yo me voy le digo valiente. Mi marido amodorrado solo deja escapar un adiós que suena a japonés.
El camino serpentea por los campos. Parece trazado por una mano infantil y no es recto ni curvo. Se deja pisotear sin más oposición que alguna piedra suelta. Me gusta pisar la tierra, suena como corteza del pan recién horneada. Por el cielo unos pájaros vuelan asustados y el sol se burla de mi sombrerito verde.
En el siguiente recodo aparece un cazador. Va vestido de verde en un intento vano de pasar desapercibido entre la alfalfa. Un perro marrón y blanco salta entre las matas. Los dos se detienen. Parece que me observan y luego discuten. El perro se dirige hacia mí. Lo veo acercarse y me quedo quieta. ¿Qué hacer? el cazador también se acerca, quizás necesite algo piensa mi solidaridad urbanita. El perro me alcanza, se planta ante mí con la cola recta y la pata levantada y gruñe. Rezo. No podría decir a quién le rezo. El cazador se acerca con la escopeta al hombro, cauteloso. Mi mente se obnubila por una mezcla de calor y miedo y rezo. Rezo a Dios ahora si que lo sé, aunque he perdido práctica y solo me salen retazos como si hiciera un zapping de oraciones. El cazador me apunta y a dos metros se detiene. Me observa atentamente.
Ves como tenía razón, le dice al perro, es un mujer.
Ggggrrrrr, el gruñido del perro me aterroriza. Sus dientes están cerca de mi rodilla, noto su aliento.
Es un mujer, el cazador insiste pero sigue con el arma atenta.
El perro no las tiene todas y lame mi pierna. Me da la sensación que lo hace para saber si mi carne tiene el punto correcto de sal.
Pero no soy japonesa, aseguro con voz histérica mientras me quito el sombrerito verde y me subo las mangas.
El perro para de gruñir y el cazador baja la escopeta. Y tal como han venido se largan, el cazador con la escopeta en el hombro y el perro delante saltando entre las matas de la alfalfa.
El sol se agazapa entre las montañas y el campo se sacude el sopor. En un rincón la luna sonríe y los grillos cenan.
Ya no hace tanto calor. Hoy cenaré pato, dicen que está recién cazado, me asegura mi marido.
Me compraré un sombrero de paja, son más frescos y para mí espárragos.
Y mientras esperamos mi marido hace inventario de las estrellas. Dice que hay más que en la ciudad.