-Costuras-

Mi abuela tenía unas tijeras pequeñas. Con mucha punta. Le duraron toda la vida. Estoy convencida que sus tijeras tenían poderes. Se las compró de jovencita, de cuando iba a coser al taller de doña Asunción. A medida que a mi abuela el pelo se le ponía de un color blanco sabio, las tijeras se oscurecían, adquirían un tono gris cansado. Las dos envejecían en colores, distintos pero compenetrados. Estaba prohibido tocar las tijeras de mi abuela. Con las tijeras, mi abuela solo cortaba lazos de seda, cintas e hilos finos. Mi abuela metía los dedos con cuidado, el pulgar hasta el fondo, el índice menos. Cortaba el lazo con precisión de cirujano. Con las otras quedaba la deformidad de la línea que pretende ser recta. Pero con las tijeras de mi abuela, la línea recta tenia asegurada su rectitud.img_9143
Las dejaba siempre en una caja de madera, junto con los botones. Debían montar una buena los botones y las tijeras. Ellos rodados, venidos de todas las prendas que habían pasado por casa. Ellas rectas, sin conocer otros parajes ni tenido dentro otros dedos. Juntos en la caja de madera se los podía ver en alegre batiburrillo, aunque las tijeras siempre destacaban. Por el poder, creo.
Al taller de modista mi abuela fue por ser mujer, haces lo que eres decía. Nunca pensó en dedicarse a la costura, ni cosió nada que no fuera necesario coser, pero fue a aprender porque las mujeres cosían. En el taller era obligatorio llevar tus tijeras y tu dedal, tiene que ver con los dedos decía mi abuela. No debes permitir que nadie meta los dedos en tus cosas.
La abuela, solo dos veces permitió a sus preciosas tijeras cortar algo que no fuera hilo o lazo. Una fue por el padrastro. No sé ni como apareció. Un misterio que llevó días rondando por mi cabeza. Yo me preocupaba y el padrastro iba creciendo a base de lametazos. Dolía pensar que una parte de mí se iba desprendiendo, como si no le importara. El dedo tomó un color rojo brillante y mi abuela cortó el pedazo de piel. Juro que no note nada, ni un pequeño indicio de que una parte de mi ya no era yo. Solo quedó una línea recta, muy recta, como asustada. Es que ni vi como lo cortó, el poder de las tijeras se mostró al máximo.
La otra vez fue cuando murió el abuelo. Su última voluntad fue que la abuela le arreglara el bigote . Ella no pudo negarse. Temblaba tanto que las tijeras perdieron pie y quedó un buen escalón. Las dos miramos el bigote del abuelo y el labio superior. Así no lo enterraremos me dijo. Y encomendándose al poder de las tijeras, volvió a cortar el bigote, sus dedos ni se movían, eran ellas las que arreglaron el estropicio. Lo juro, que mi abuela tenía los ojos cerrados. El bigote quedó digno de un muerto. Un bigote fino eso si, pero recto. El abuelo también le pidió que cortara el lazo que le unía a la vida, y que lo hiciera rápido que no era hombre de despedidas largas.  La abuela salió del cuarto con las tijeras en la mano y el alma del abuelo en el corazón. Recuerda, hacemos lo que somos me dijo.
Las tijeras las vendió mi tío junto con la caja de madera y los botones. Le dieron diez euros. A veces voy por el mercadillo de los domingos y remuevo entre los montones por si acaso. Una vez vi unas muy parecidas. Corté un trozo de papel, quedó un línea torcida. Esas no eran.

13 pensamientos en “-Costuras-

  1. Me gustó mucho el relato, está lleno de nostalgia. Las tijeras es uno de esos objetos que no importa cuánto tiempo haya pasado ni cuánta nueva tecnología se haya inventado, siempre están ahí, vigentes. Me conmovió el final porque yo de ningún modo me hubiese desprendido de ese costurero con enorme valor sentimental. Saludos, Patricia

  2. Este verano le renové unas tijeras a mi madre del costurero, porque habían menguado su función: cortar .Leyendo tu relato, y como siempre tocando la fibra sensible, me cuestiono tanta practicidad. Un abrazo digital.

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