-Lluvia I-

A la literatura le gustan los días de lluvia. Y a las fotos. Los días de sol son para canciones y láminas de comedor borroso. Es verano y la lluvia no aparece a menudo, por esto la literatura se contrae, se pliega como un abanico y solo se abre cuando cree que la nube del fondo es tentadoramente gris.
El sol, para no perder este aura de astro importante, se ha decidido por la ciencia y se metió en libros sesudos. Pero en el fondo, lo que le gustaría es ser el protagonista de poemas que retuercen ideas, brillar en imágenes de blanco y negro y ser determinante en historias de muertos en callejón.IMG_2262
La lluvia se deja querer. Los millones de gotas son fuente inagotable de cuentos y relatos. No importa que hayan caído en suelos lodosos ni que se queden colgando en aleros de casas sin techo. La literatura los adora. Inventa lenguajes y escribe con palabras de tinta negra para resaltar la invisibilidad del agua que, por una momento, se queda quieta entre los renglones de un texto. Gotea la imaginación y llena los charcos con personajes que se revuelven contentos, chapoteando.
El sol con su aridez intenta ahogar el húmedo desvarío, se mete en la mirada perdida de un autor y le susurra historias de trenes lejanos que se agrietan ruidosos al paso de las ideas. Todo es tan reseco, que la tinta se pierde entre la trama de un papel.

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