-Un puente a Mostar-

A la luz del amanecer la ciudad tiene el encanto de las piedras pulidas por el paso de miles de personas, hay un misterio que dormita tras las puertas cerradas y que los colores de las baratijas se empeñan en ocultar.1

El sonido del bostezo del puente sobre el Neretva hace que todas las miradas se vuelvan hace él, que orgulloso se despereza. Stari Most, tan viejo y tan nuevo.
-No se nota que está reconstruido- comenta un señor mientras consulta la guía.
Miro el puente con sus incomodos travesaños y su ojo perfecto buscando restos de un pasado triste y constato que la reconstrucción ha sido perfecta. Sin embargo persigo un resquicio, alguna grieta que conserve vivencias escondidas en su oscuridad, no puedo evitarlo. Todos los edificios y monumentos reconstruidos me recuerdan a los billetes nuevos, los recién salidos del banco, tan perfectos que me hacen dudar de si no serán falsos.

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-Tengo una postal de cuando la guerra, destrozado- se oye comentar al señor de la guía mientras se aleja siguiendo a su mujer que han abierto las tiendas de baratijas traídas de otros países que hace tiempo se despertaron.

Los fotógrafos que animan la expedición miran el puente con ojos soñadores. Todos darían lo que fuera por fotografiar el vacío, los muñones a ambos bandos, que lloraban por el pasillo perdido y ahora reconstruido con incomodos y nuevos travesaños.

La aparición del atleta que se lanza desde el puente devuelve la esperanza de una buena foto, una fotaza que los redima ante si mismos.
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El saltador de esta franja horaria es un joven moreno de complexión fuerte y poca altura si atendemos a los demás moradores de la ciudad. Va pregonando las virtudes de su salto, como un vendedor de elixires en cuanto le den las suficientes monedas.

Todos lo miran con recelo, dudando de su capacidad para sorprender en Mostar una ciudad que quemó sus puentes y dejó un largo bulevar por el que los coches circulan sobre un rio de asfalto.

Donde viven dos pueblos cuyos dioses miran perplejos los grafitis del edificio del banco, lugar donde la rabia se convierte en esperanza y la religión en arte. IMG_1283

Hay ciudades que viven de la historia, ciudades que reniegan de su historia, y ciudades que dejan caer la historia para vivir sobre sus escombros. Y hay ciudades que sobreviven a su historia, como Mostar

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