-El abejorro-

P

or entre las ramitas secas de la planta olvidada en el rincón, asoma muerto un abejorro. Es un insecto grandote y tontorrón que no vio que en este rincón el tiempo vuela detenido y pensó que podría entrar y salir con facilidad de la maraña de ramitas que se esfuerzan en permanecer pegadas al tronco. O a lo mejor se metió en este zarzal a sabiendas.
La casa está helada. No por no meter leña en la chimenea que arde lo suyo sino, porque el alma que la habita hace tiempo que perdió la calidez de ser vivo y se esfueza en adentrarse en las frías prisas de la muerte.
Martín era ingeniero, llegó al pueblo en primavera, cuando las nieves y las heladas permitían remover la tierra para delimitar el trazado del nuevo canal. En el pueblo vivía Nita la dueña del único bar con comida decente. Martín en cuanto la vio, reparó en su abultado seno, en su amplia sonrisa y en lo descuidadas que tenia las manos, excepto por la uña del meñique de la mano derecha que resaltaba como una espada.
Ella le explicó que vivir en el pueblo tenia sus ventajas, había sido la amante de los médicos que iban pasando por el pueblo. Era más que consciente que veían en ella un oasis de distracción en el aburrimiento de un lugar. Para olvidar que la vida era una sucesión de días cuyo único pasatiempo era el cambio de una hora a otra, Nita tenía la nieve blanca en invierno y en verano.
No pasó mucho tiempo en que el ingeniero pasara de ocupar siempre la misma mesa en el bar a ocupar el mismo lugar en la cama de Nita. Y empezaron para Martín los días de cocaína y rosas.

Atrapado

Atrapado

La casa con su planta seca, que el abejorro convirtió en cementerio, deja sentir un silencio que se hace muy difícil de no escuchar día y noche. Atrás quedaron los tiempos en los que Martín añadió sus ahorros para ampliar el negocio. Cuando lo piensa, siente que el dinero lo invirtió en una tumba fría y sin posibilidad de cambiar de sitio. Nadie, ni el mismo lo hubieran sospechado cuando al terminar la jornada la caja del bar rebosara de billetes. Unos billetes que servirían para costearse los vicios que de fin de semana pasaron a ser diarios. Lo que empezó como diversión acabó en pesadilla. El alcohol le nublaba las ideas y la droga las convertía en paraísos hasta que aparecieron por el horizonte problemas que ni el propio dinero podía solucionar. Nita no le ayudaba con la indiferencia con que le veía caer hacia el infierno. Ella tenía su particular mundo lleno de hastío que lo único que salvaba era las noches de juego y cocaína. Cuando se metía de lleno en la partida, el mundo de un pequeño bar en un pueblo perdido desaparecía, la adrenalina le sacudía la vida y las cartas en la mano eran el pasaporte para que aquella noche pudiera soñar.
Todo se precipitó. El embargo, que les dejó sin medios para costearse sus vicios, las peleas, el abandono. Todo llegó a la vez que se iba todo. Su vida fue adquiriendo un tono helado, el de la indiferencia a vivir o morir. Nita le pidió el divorcio y dinero. Ni una palabra que pudiera guardar para las noches frías.

La chimenea tiene las paredes oscuras y la ceniza se acumula cansada de verse quemada cada vez que el fuego le da por arder. Es una ceniza que poco tiene que ofrecer, como la vida del hombre que ya no tiene ganas más que ser ceniza.
El abejorro entró por la ventana abierta un día de verano. Hacía calor. La sombra que prometía el zaguán llevaba asociado frescor, el sol no llegaría y podría salir por la tarde, cuando el calor se hubiera retirado a descansar tras las montañas. Entonces dejaría la penumbra y saldría a revolotear libre por entre las plantas que se las prometían felices por tener tanto sol.

5 pensamientos en “-El abejorro-

  1. La similitud entre el abejorro y el ingeniero, es evidente. Creyeron que siempre se puede entrar y salir del peligro, indemnes.
    A los dos les costó la vida.
    Espléndido relato como siempre.
    Hasta pronto.

  2. No sé si eres consciente de lo difícil que resulta plasmar la situación que has descrito. Tú lo has bordado en un minúsculo espacio, lo que le confiere más valor, si cabe. De nuevo me sorprendes con una calidad extraordinaria y con una sensibilidad conmovedora. Tus ojos abarcan mucho, porque tu espíritu lo abarca todo.
    Gracias por estos emocionantes segundos.

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