-Cortinas-

E

 

l mundo necesita cortinas.
Es lo que pienso mientras camino por una calle en la que los portales son tristes agujeros sin la miserable clemencia de un visillo que los cubra. La triste visión de estas escaleras que suben cansadas, podría evitarse con un trozo de tela, aunque sea descolorido; un rudimento de telón que dejaría a mi imaginación lo que hay detrás, evitándome el desengaño de la realidad.

Cómo echo de menos las cortinas que arropaban mi mundo infantil. Eran cortinas hechas de redes. Blancas y poliédricas permitían el paso de la vida y a la vez preservaban aquella intimidad que no era tanta, pues salía por los pequeños agujeros de las mallas hasta encontrar el ojo vecino e invitarle a entrar.

Ventana-Albarracín.

¡Me gustaba tanto de pequeña enredarme en ellas! Mi abuela siempre me culpaba, con razón, de cualquier agujero, de cualquier desgarro dado mi afán de envolverme en la cortina como una momia. ¡Era tan especial sentirte allí metida mientras el mundo daba vueltas al desenredarte!

También me gustaba observar a través de ella, mirar el mundo desde una rejilla. Se veía distinto, dividido en pequeñas celdillas, como las colmenas o las facetas de los insectos. Entonces todo adquiría una dimensión de mundo pequeño y yo, que quería crecer, me parecía que ya lo había hecho sin pasar los años.

La puerta de mi casa siempre estaba abierta, la única frontera con la calle era la cortina que se balanceaba con el aire de la tarde. Los días de mucho viento era un gozo verla elevarse como una bailarina, aunque la danza duraba poco porque mi abuela temiendo que se largara, enseguida la retiraba. Era la nuestra una cortina de uso intermitente, sólo para el día. Por noche, la puerta tomaba el relevo.
Con los primeros rayos de sol, la puerta se sentía incómoda y parecía que la llamaba a gritos, que le pedía que viniera a tomar el lugar, que ya estaba cansada de la noche y el día con su claridad, era un mal compañero. Entonces mi abuela sacaba la cortina blanca echa de red y pescaba los rayos de sol para tranquilidad de la puerta y para alegría del suelo que se llenaba de pequeños y movidizos diamantes.

 

23 pensamientos en “-Cortinas-

  1. Muy emotivo este relato en el que hilvanas recuerdos de infancia. A mi también me fascinaba mirar a traves de los visillos. Un saludo

  2. Me has hecho recordar que cuando era chico, en el lavadero de la casa de mis padres había cortinas hechas de muchísimas cintas de plástico. Nunca entendí por qué las habrían puesto, pero allí estaban. Con el sol y el paso del tiempo se habían vuelto rígidas, y por eso cuando el viento las agitaba se movían como si hubieran sido de cartón o madera. Apenas si dejaban ver la intimidad del lavarropas o la estantería con productos de limpieza. En las siestas me divertía dispararle a las cortinas con mi rifle de aire comprimido. Les hacía agujeros bien arriba, contra el techo. ¿Por qué? No lo sé. Mi madre y mi abuela, que vivía con nosotros, se enojaban mucho.
    Gracias por tu texto!

    • En casa de la vecina tenian una cortina de “canutillos” que en los bordes tenian plomo para que quedaran tiesas. A mi me gustaba hacer correr el plomo por el tubito y cuando la vecina no estaba sacaba algunos y los guardaba no se bien para qué. Con los dias la cortina tenia canutillos de diferentes alturas y era mucho más bonita. Aunque yo preferia las de red.
      Salut

  3. Aparte del encanto de los recuerdos infantiles, me ha hecho gracia tu frase inicial, “El mundo necesita cortinas”, como si todo estuviera demasiado a la vista, como si fuera necesaria más intimidad para vivir, o menos descaro al mostrar. Esa frase puede dar para mucho.

    Saludos.

  4. Hermoso, intimista relato, que te lleva por el ojo vecino,y te invita a entrar.
    Pienso, que estamos necesitando muchas cortinas de celdillas, o más opacas aún para no ver lo que sucede. Como tú bien dices.. “evitandote el desengaño de la realidad ”
    Hasta pronto.
    PD. La foto acompaña al relato espléndidamente.

  5. Qué tan tuanis. De carajillo yo también me envolvía en las cortinas de la casa de mi abuela y a ella tampoco le gustaba que lo hiciera.

    Después, en algún momento me dejó de gustar… quién sabe por qué.

    Curiosa necesidad del mundo por las cortinas… ¿o por los recuerdos?
    😉

    • Creo que sería un buen debate. Yo pienso que lo demasido explicito, demasiada información, dejarlo todo a la vista no siempre es sinónimo de que disfrutaremos más, se necesita un punto escondido para crear un misterio, una intriga y un saber guardar lo que no es necesario mostrar.
      Salut

  6. Micro, en el pasado quizá la cortina tapaba dos realidades, la exterior y la interior, que igual se dejaba entrever porque la usabas algo traslúcida. Yo, sin embargo, ante una realidad cada vez más burda que tenemos que vivir en la actualidad, prefiero correr un tupido velo.

    Buen relato. Saludos.

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