-Dulces tentaciones-

B

uenas tardes…. ¿Hola?
Un silencio goloso es cuanto obtengo por mi desinteresado saludo. Vuelvo a insistir elevando la voz.
-¡¡Hola!!
Nada, ni un eco que me devuelva la ilusión de que alguien me contesta.
Desde el mostrador, pastas, pasteles y pastelillos contemplan en perfecta organización mis intentos de hacer notar mi presencia.
Como mis saludos no dan resultado, empiezo una serie de toses más o menos logradas. Tras un esforzado carraspeo, deduzco que no hay respuesta porque se nota enseguida que mis toses son fingidas. Nunca se me ha dado bien toser, ni cuando es de verdad, siempre me sale una tosecilla afónica que lo único que consigue es irritar mi garganta.
Lo vuelvo a intentar con todas mis fuerzas pero no logro mejores resultados que con mis alegres saludos. Pero debo insistir, él dueño está dentro, atareado en cualquier actividad agradable a tenor de las risillas que salen por detrás de la cortina que separa el obrador de la tienda.

Pastisseria-Tàrrega

Siento un anticipado remordimiento al pensar que estoy sola en medio de una tienda llena de tentaciones. Los helados tras el cristal empañado, muestran unos delicados tonos pastel, acorde con el lugar, que invitan a darle un lametazo. Imagino que si les doy una pequeña lamida, un simple pasar la lengua y ya está, nadie se dará cuenta. Mirando decidida por todas partes, sobretodo hacia la cortina que permanece discretamente corrida, doy unos pasos hacía el frigorífico. Contemplo bien los helados, pero a punto de acercar la mano me echo para atrás, mis huellas se verán diminutas y pregonarán que alguien pequeño, yo, ha intentado abrir la puerta y sabrá que tenía pensado dar un lametazo a un helado y me lo hará comprar y no traigo dinero para un helado sino para una rosquilla.
Me doy la vuelta y pienso que no notan mi presencia debido al silencio, así es que empiezo a hacer ruidos con los pies, golpeo el suelo con decisión, como si estuviera sacudiéndome el barro de un día que no ha llovido. Es un buen ruido, seco, contundente y respondón. Un ruido que tendría que avisar de mi presencia pero que resulta inútil tanto como los saludos y las toses.
Las risitas siguen saliendo por entre los pliegues de la cortina. Tentada estoy de ir hacia allá. Pero no sé que me lo impide, seguramente el sexto sentido que me avisa que el dueño se enfadará mucho si me atrevo. Pero yo quiero mi rosquilla. Además si me voy sin más después de tanto rato, caerá sobre mí la sospecha de haber cogido algo. Por ejemplo un caramelo del recipiente redondo con tapa de metal por el que se mete la mano. O podría haberme llevado un pastelito de crema, pringoso y apetecible, dentro de mi bolsita de tela. O una caja de bombones con aquellas flores en relieve que sobresalen más hermosas casi que las de verdad. Las cajas de bombones con sus bordes inclinados mantienen en su interior un mundo de sabor marrón, bien separados por compartimentos hechos de papel dorado, que los convierte en los reyes de la pastelería. Y a mi en su súbdita más fiel. Lástima que estén tan altos.
Todo cuanto hay a mi alrededor me convierte en posible ladrona, pues todo es digno de ser robado.
Antes de caer en la tentación decido darle una oportunidad al dueño para que salga y deje de tontear con lo que sea que esté haciendo. Con decisión grito:
-¡¡¡Hola!!! Sé que está aquí, si no sale me voy.
¡Qué gran opinión tengo yo de mí!,  amenazar con que me largo es algo que a muchos les puede dar risa. Sin embargo da resultado. Un ruido atolondrado se oye por detrás de la cortina. Yo me mantengo bien erguida en medio de la tienda con los ojos fijos en el caramelo que pensaba robar por haberme tenido tanto rato esperando. La salida del dueño arreglándose la ropa me evita caer en el pecado del robo.
-¿Qué quieres? Dice con malos modos mientras por detrás de la cortina hay un movimiento extraño.
-Una rosquilla.
Suelta un maldición por lo bajo, que suena algo como “me cag..” no atino a escucharlo con claridad pero es algo muy feo. Mientras el rezonga y me pone la rosquilla, miro con toda intención la cortina que ahora está sospechosamente muy quieta y cerrada con una mano de uñas rojas con un anillo muy grande. Él sigue mi mirada y me dice:
-Por la espera te regalo un caramelo.
-Prefiero un helado de fresa. De los grandes.
Ha sido una gran idea comprar una rosquilla una tarde calurosa de verano.

27 pensamientos en “-Dulces tentaciones-

  1. Jeje… tu genio literario sigue tan vivo como siempre!!! Solo una cosilla en contra… después de leer tu relato, ¡¡¡¡QUIERO UNA ROSQUILLA DE PASCUA!!! O al menos un rosco de vino, o algo… ¡¡¡y no hay nada en mi casa que se le parezca!!! Eso te pasa por hacer relatos con los que es tan fácil empatizar… en fin; buscaré si queda al menos algún caramelo en algún lugar de mi casa…😉

  2. Así es, siempre detrás de las cortinas suceden las cosas más intrigantes. A mí me pasó, pero en esa ocasión se trataba de una fiambrería poco ortodoxa, jejejej.
    Por otro lado, como dicen por allí, si hay algo que no s puede resistir, son las tentaciones.
    Buena suerte y más que suerte!

    • Es la primera vez que leo la palabra fiambrería. Por aquí tenemos fiambrera (utensilio para guardar comida) y fiambre con doble sentido. Creo que aquí la llamamos charcutería, que no suena demasiado a lugar para tentaciones y sí para hacer alguna tontería.
      Salut

  3. Un relato muy ingenioso como siempre que arranca una sonrisa.
    PS.Vamos a escribir un relato de navidad, te lo comunico por si te apetece participar, no sé muy bien quién se va a apuntar pero podría ser divertido recordar viejos tiempos.
    Un abrazo,

  4. Muy bueno el relato. Recordar cuando éramos niños, con o sin cortina. La curiosidad sin malicia, en este caso, es el descubrimiento de que se va creciendo, entre rosquillas, caramelos y helados.
    Saludos. Hasta pronto.

  5. Yo que el dueño no te habría prestado mayor atención. Como mucho, te habrías podido llevar una rosquilla y alguna cosa más; o sea, lo que pudieras cargar en tus manos sin despertar sospechas. Pero se ve que el hombre, Nicolau, es un fenicio: ante la posibilidad de que te fueras sin pagar prefirió dejar el asuntito que traía entre manos y asegurarse la moneda. ¿Por qué maldecía por lo bajo? Pues porque después de todo apenas había vendido una escuálida rosquilla. Ahora bien, a menos que fueses clienta asidua de Nicolau, yo en tu lugar me habría puesto en la bolsita de tela la caja más grande de bombones, los caramelos (muchos) y el pastelito de crema. Y en cada mano, una rosquilla y un helado. Todo sin meter ruido. El hombre, seguro de que te llevabas poquitas cosas, habría seguido en lo suyo. En fin, todos apenas hacemos lo que podemos.

    El avaro y la golosa, una gran historia!

    Saludos dulces.

  6. ¡Que rico relato micro! Todo un manjar para los ojos. Se paladea con el refinado gusto que tu literatura produce. De vuelta y con con muchas ganas. Ya os echaba de menos.
    Saludos.

  7. Que bueno. Me ha encantado. Solo siento no haberlo visto antes. Estuve fuera. Tienes una maestría hilvanando relatos que cada día me sorprende más. Un saludo desde el frio.

  8. realmente no se donde estoy, mi prima me dio la direccion, no se quien escribio lo de la rosquilla, me perdi en la confiteria,pero me dan ganas de comerme algunas!!!!que vuelva otra vez,!!!!!!

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