-Tres tristes timbres-

Toca el timbre tres veces. Siempre toca el timbre tres veces porque necesita la seguridad de que el timbre ha entendido la orden. Tres veces más si no responden a la primera. Y tres veces más por si acaso. El hecho de tocar siempre tres veces le da más posibilidades sobre aquellos que tocan una vez y se marchan.

Sabe bien que el timbre es un instrumento sin autonomía, depende de un dedo y del cable de la luz. El dedo debe dar su orden con nitidez, apretar fuerte para que el timbre tenga claro que lo que quiere es que suene. El dedo que se use no importa, puedes tocar el timbre con cualquiera de los de ambas manos. Y tampoco son necesarios. Si alguien no tuviera manos podría tocar el timbre con la nariz, o la frente o con cualquier parte del cuerpo que uno quisiera menos las manos.
Toca por segunda vez los tres timbres y oye un ruido detrás de la puerta. Un sonido que le parece que se aleja, como si no hubiera entendido el mensaje que los tres timbrazos le envían.
El timbre suena para que alguien se acerque no para que se aleje medita confundido. Debe tratarse de un contestatario que cree que es más interesante hacer lo contrario. O que al tocar los tres timbres se haya encendido un resorte que hace que el que estaba cerca, se aleje. No es posible que hagan timbres disuasorios, lo sabría. Por algo da tantos timbrazos, porque los timbres son su especialidad.

Puerta en Nulles

Deja las manos quietas y aguza el oído. Los pasos no se oyen ni cercanos ni lejanos. Hay un silencio que podría ser llenado con los tres timbrazos pero no se decide, hay que meditar la estrategia para que dé resultado. El timbre está a la espera, como un sonido que quiere escuchar un oído. Acecha para que alguien se acerque y pueda sonar seguro de ser advertido.

Al final con el dedo índice aprieta bien fuerte y suenan tres timbres un poco más largos de los que generalmente suele tocar. El timbre no ha opuesto resistencia y se ha hundido hasta el final. Los pasos ahora sí lo han oído, se acercan y abren la puerta.
El timbre vuelve a su posición de pezón erecto. Recuerda cuando los timbres tenían la forma de pecho y cambiaron el diseño por un puritano sentido de la estética o por la moda que imperó de modelo plana. Para él el timbre es una gran teta que nutre de sonido goloso la escalera y la casa.
La puerta bosteza y llama su atención olvidando al timbre que sigue soñando con ser teta. Ante él aparece una mujer vestida con dos piezas que se pelean por tener el peor color. La falda es ancha y llega hasta los tobillos de unas piernas gruesas y pudorosamente tapadas. Son dos columnas que la mujer no muestra orgullosa ni tiene deseos de hablar sobre ellas. Calza unas horribles zapatillas que apenas pueden contener los pies. Éstos se esfuerzan en arrastrarse por el suelo como un moribundo. Sólo tienen ganas de llegar a donde sea con tal de olvidar las horribles zapatillas en las  que están metidos.
La mujer odia dejar entrar a las personas por la puerta que está para dejar entrar. No le gusta abrirla. Hay un combate declarado entre la mujer y a puerta. Una quiere ser abierta y otra no quiere abrirla, a la libertad que una pide la otra opone una represión de cárcel cerrada sin barrotes.
Tras una vacilación y para calmar el ansia de la mujer le muestra su máquina leedora de números misteriosos. Una máquina que la mujer no entiende pero que mira con mucho detalle. A la mujer le parece una máquina que sabe lo que hace, sus botones le dan confianza de que realizará bien su trabajo. Las máquinas con su perfecta precisión no la molestan, lo único que detesta es al timbre que hace que deba levantarse de la silla en la que se sienta muy cómoda y segura de tener que sentarse allí.
¿El gas? pregunta y le muestra la carta que la empresa le da como identificación. La mujer arrastra los pies avergonzados por las horribles zapatillas, hasta la cocina. Tras comprobar los datos, sale seguido por los pies que obligan a la mujer a llevarle hasta la puerta. La mira y le dice que tiene un buen timbre. La mujer no dice nada. Se lo vuelve a decir. La mujer sigue sin decir nada. Apenas oye. Y se despide de ella con un saludo en japonés que oyó en una película y que nunca pudo practicar.
Sale por un ángulo que no tardará en cerrarse y antes de marchar toca tres veces el timbre, suavemente para que la mujer no lo oiga.

12 pensamientos en “-Tres tristes timbres-

  1. a veces es más fácil relacionarse con los timbres que con aquellos que aguardan que suenen desde el otro lado de la puerta. muy ocurrente tu relato y es verdad el puritanismo ha llegado a límites inimaginables, y se ha metido hasta con los pobres timbres que no pudieron oponer resistencia.
    abrazo,

    • En casa de mi amiga había un piso en el que una mujer ejercía un arte especial. Siempre nos quedabamos paradas delatante de la puerta en la que un timbre pintado de rosa destacaba más que la luz.
      Salut

  2. Je, por un momento me perdí y ni noté el cambio de tono ni del foco del texto. Me pareció muy interesante la “no” intearacción entre los tres protagonistas.
    Buena suerte y más que suerte, Micromios!

    • Creo que es un texto difícil porque quiese darle un distanciamiento para acentuar un poco la incumunicación solo rota por el sonido del timbre. Además de un toque absurdo para hacerlo más distante. igual me enredé en el intento.
      Salut

  3. A mi nunca me llaman tres veces al timbre y menos el hombre que va a leer el contador del gas. Pero entiendo la reticencia de esta mujer escondida en la comodidad de una silla. Muy ingenioso.

    • El leedor del gas siempre ha de llamar muchas veces porque mi perra me impide oir los timbres. Tiene aversión al cartero, al leedor del gas y al repartidos de cualquier cosa que se atreva a tocar el timbre.
      Salut

  4. Hay mujeres mayores tan aisladas del mundo que solo ven al leedor del gaz. Encuentro que tu texto despide mucha soledad, sentimiento que entiende el leedor del gas, quizá al sentirse el mismo muy solo.
    Un saludo,

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