-La maldición del abecedario-

A urora Abellán sufrió toda su vida de la maldición del abecedario. Cuando su nombre  resonó ante las treinta compañeras, todas la miramos con interés por ser la primera de una larga lista. Sentadas  con el crucifijo colgante que amenazaba con dejarse caer encima de la que osara levantar un poco la voz, parecíamos aprendices de cuadernos a punto de ser llenados por los mensajes que las monjas dictarían cada día del curso.
La clase no era gran cosa. Por el bando del profesorado teníamos la mesa recia y contundente para soportar el peso del saber y un sillón cómodo y desgastado por tanto trasero docente como allí se posó. Todo ello elevado sobre una tarima de madera por la que resonaban los pasos de las monjas. Sobretodo los de sor Belén que era coja y llevaba un alza en el zapato para igualar las dos piernas. Quizás por ello, para hacerse notar, el zapato ortopédico tenía un golpe seco, más fuerte que retumbaba por la clase para imponerse sobre nuestros sencillos ruidos de aprendices de cuaderno.

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El golpeteo contundente sobre la tarima se quedo en mi mente como el sonido de la pata de palo sobre la cubierta de un buque. En cuanto sor Belén aparecía, la clase se transformaba en un escenario de batallas y abordajes del que sólo el grito de la monja para que bajara de las grafías en forma de amonestación, conseguía llevarme a puerto.
Por el bando del alumnado encontrabas treinta mesas con agujeros y rayotes herencia artística de predecesoras en el cargo de estudiantes de bachiller y treinta y dos sillas. Era un misterio que hubiera dos sillas de más en el aula.
Parecían dos aprendices de sillas, que guardaban el saber estar y el decoro en el rincón que para ellas quedó reservado en la clase. Nadie osaba sentarse en aquellas sillas como si al hacerlo rompiéramos el encanto de los aprendices callados e inmóviles.
Cada día Aurora Abellán suspiraba por llamarse Zúñiga, Yuste o Virgós. Estos sí eran apellidos dignos de tenerse en cuenta. Hasta que no les llegaba el turno, una podía aprenderse la lección e incluso modificar alguna fecha que estuviera mal, pero llamarse Abellán no tenia posibilidad de grandes esperanzas.
¡Quién fuera una silla! las sillas no tienen apellido pensaba yo, viendo el agobio de Aurora. Además las sillas no necesitan pasar los exámenes ni tan siquiera repetir como loros una lección que no interesaba y que se olvidaba en cuanto había salido de tu boca.
Los días que Aurora faltaba, el revuelo que se armaba en la letra B era tremendo. Nadie se esperaba ocupar tan indeseado primer lugar y era entonces cuando entendía todo su desasosiego.
El tiempo pasó y dejé el colegio. Pero como las hojas que se pasan hacia atrás de un cuaderno para repasar lo aprendido, volví para recordar momentos en los que a pesar de las monjas y las lecciones que nunca me sirvieron para gran cosa, fui feliz. También para ver si las dos sillas seguían impasibles al paso de generaciones de alumnas con la maldición del abecedario. Y si la tarima aún resonaba como la cubierta de un barco pirata.
Las encontré todas casi como las dejé. Mientras deambulaba por la clase se abrió la puerta y entró apresurada una monja. Pensé que seria sor Belén dispuesta al abordaje enarbolando el crucifijo cual espada.
Sin embargo se trataba de Aurora Abellán. Me sorprendió un tanto verla de aquella manera vestida. Ella también se sorprendió de verme. No saludamos y dijo que estaba en Roma y que había venido a ver la clase que tantos momentos buenos y malos, le dio. De repente se puso seria, casi parecía que le echaba en cara al abecedario la poca consideración que tuvo con ella.
Tras un silencio cómplice, le pregunté lo obvio:
– Me he alegrado de verte. Pero si he de serte sincera nunca pensé que te hicieras monja, con aquel novio que tenías tan majo y del que estabas tan enamorada
– Si, Sergio Andreu se llamaba- Contestó soñadora. Y no añadió nada más. No hacía falta pues entendí el mensaje.
Nos despedimos con un regusto agridulce. Mientras las dos sillas seguían impasibles el ruido de nuestros pasos que se alejaban para siempre de la clase.

26 pensamientos en “-La maldición del abecedario-

  1. Cuántos recuerdos me trae tu texto…
    Yo siempre era el último de la lista y eso era un arma de doble filo, porque a veces las profesoras querían resultar ingeniosas y empezaban por abajo. Odiaba aquello pero ahora lo echo de menos.

  2. Esas 2 sillas vacias me han hecho pensar en las 2 jóvenes fallecidas en Alemania. En el dolor de sus familias y amigos. Salut.

  3. Me encantó! Me recordó muchas cosas de cuando estaba en la escuela y como ahora me encuentro a gente en haceres inesperados… Un abrazo desde Costa Rica

  4. Entrañables recuerdos de niñez.Casi pude oler ese especial aroma que contienen las aulas entre lapiceros, cuadernos y hormonas desatadas de adolescentes a medio hacer. Me gustó esta fábula tuya, reencontrándote con alguien que sin decir mucho, lo contó todo.
    Un saludo

  5. Si los comentarios todos son un acierto, y a mi edad me queda poca memoria pero en aquellos años estaba en un liceo de hombres, siempre eramos un grupo que hacia la simarra(arrancabamos al cine)

    • Simarra 🙄 supongo que será la diversión o los que hacían travesuras. Yo tambien tenía mi grupito, generalmente estabamos castigadas dos de cada tres domingos sin salir por alguna travesura mínima.
      Salut

  6. Un relato contado con humor sobre los años de colegio y la desgracia de tener un apellido que empieze por A. Muy buena la gota de nostalgia provocada por la ímagen de las dos sillas vacias.
    Un saludo,

  7. La salvada es que yo soy S. Y siempre llevé las tareas, puse atención y solo ya en los últimos años empecé a hacer bulla en clases… Sí, es una confesión bastante triste. Pero es que en esa dictadura teocrática que llama colegio y los 12 años que pasé ahí…

    Me acaba de llegar una invitación a la celebración por los diez años de graduación del cole. El precio me parece excesivo y no me parece una idea “sexy”. Así que creo que declinaré graciosamente.

    PD: Pobre Aurora.

    • Hace un par de años me invitaron a los 25 años🙄 pero no pude ir. Sin embargo si he ido a cenas informales con antiguas compañeras, pero ya imaginas como son, ni unas pruebas clínicas analizan con más detalle cada parte de tu anatomia y vestuario. Si el hombre es un lobo para el hombre las mujeres somos hienas.
      Salut

  8. Los recuerdos del colegio, las maestras, las compañeras y siempre alguna anécdota que nos sigue a través de los años. Para nosotros los varones en escuela pública, los recuerdos son los juegos duros con los compañeros y las compañeras tan cerca y tan lejos. saludos

    • Mi colegio era solo de chicas, y como tan bien dices, los chicos estuvieron lejos al principio para acercarse progresivamente a medida que la adolescencia se abría paso en nuestras vidas.
      Salut

  9. Es curioso cómo pasan los años, de repente te encuentras a algún compañero de clase e instintivamente tiendes a analizar tu vida a través de la del otro. Y hacer balance.

    Yo también era (soy) la C. Un año resultó que habían muchos de la b y c antes que yo y casi quedé en la mitad de la lista. Fue un descanso. En otra ocasión, uno de apellido A recuerdo que le planteó al profesor que alternara la lista y unas veces comenzara por el principio y otras por el final. Curioso cómo vienen los recuerdos.

    Entrañable relato.

    Saludos.

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