El disfraz

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El sombrero de copa se desplegó con un golpe seco. Sus compañeros de exilio también salieron de su postración y se sacudieron el polvo del tiempo.

Los botines estaban inquietos, no paraban de taconear el suelo llevando un ritmo frenético que ponía nervioso al bastón. Éste, sin que nadie lo nombrara, se había erigido en maestro de ceremonias y no hacía más que dar órdenes.

La capa se dio un buen repaso, no quería que le sucediera como el año anterior que salió con un descosido. Los guantes tiraban de los dedos para asegurarse de que estaban todos. Y el sombrero se daba el último toque para estar bien enhiesto.

Hoy era la gran noche, la noche de Carnaval, la que daba sentido a su vida y por la que suspiraban durante todo el año.

Y con cuidado se pusieron el disfraz de hombre invisible y salieron a la calle a participar en el desfile.

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