Todos culpables

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El asesinato se produjo a la salida del sol. El cadáver  quedó tendido en el suelo con los brazos y las piernas bien separados del cuerpo. La sangre dotaba a la escena de un color rojo brillante que contrastaba con el gris de la calle.

Y desapareció mientras esperaba que alguien viniera a llevárselo.

Sólo quedó del crimen una blanca silueta pintada en medio de la calzada en la que destacaba, en el lugar correcto, un corazón con el lema P ♥ T. Hecho que fue más comentado que el propio asesinato.

Cansado de buscar el cadáver y las causas del crimen el comisario Pinaut llegó a la central con un humor de perros. Al ver la cantidad de gente rondando por los pasillos ladró una orden y se armó de paciencia para enfrentarse a lo que le estaba esperando.

Apenas le reconocieron, un murmullo de confesiones resonó por toda a sala: he sido yo. Yo lo he matado. Las voces fueron subiendo de volumen para hacer más patente su culpabilidad. El comisario  respiró hondo y reclamó silencio. Prometió que todos serían debidamente escuchados y tendrían la posibilidad de demostrar su participación en el crimen.

A medida que pasaban las horas, las quejas de los  declarados inocentes se mezclaban con los gritos eufóricos de los detenidos. El comisario estaba exhausto. Demostrar que tantas personas no eran culpables le dio un tremendo ardor de estómago.

Los últimos en llegar se quedaron sin posibilidad de ser considerados dignos asesinos, siendo desechados por algo tan banal como tener cara de buena persona o gritar su culpabilidad sin mucha convicción. Furiosos por el rechazo amenazaron con llamar a su abogado.

Al anochecer sólo le quedaban cuatro culpables que contentos y orgullosos se vanagloriaban ante los que habían sido declarados inocentes.

Un hombrecillo con sombrero entró con la cara descompuesta. El comisario se temió lo peor. Éste tenía toda la pinta de ser pertinaz en su confesión. Le salió al paso, le llevó a un rincón y le dijo que el caso ya estaba prácticamente resuelto. Mala suerte. Había llegado demasiado tarde.

El hombrecillo tomó aire y se envaró. Cogió las solapas de su polvorienta americana, les dio un tirón y se irguió sacando pecho.

-Se equivoca- le dijo al comisario- Yo no vengo a declararme culpable. Yo soy el muerto.

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