La alambrada

alambrada

Al salir el sol la alambrada se desperezó estirando al máximo los seis hilos llenos de herrumbre. Sus erizados nudos arañaron el aire y con cada punta escribieron no pasar con invisible pero peligrosa amenaza. Y como cada día se miró en el estanque que generosamente  le devolvió su imagen: una frontera para la libertad pero permeable al odio.

El sol avanzaba pletórico de luz mientras ella como una idea caduca permanecía clavada en el suelo sin darle el beneficio de una mísera  sombra.

El atardecer llegó preñado de pájaros revoloteando por el cielo como emisarios anunciando la salida de las estrellas. Pero ninguno osó profanar el santuario de las puntas afiladas. Y la tristeza la envolvió como un manto que no puedes quitarte de encima aunque no tenga puntos de ajuste.

La noche oscureció el mundo y trajo un viento seco y desorientado que zarandeó la alambrada. La furia de las ráfagas venció y se llevó el hilo más alto como recompensa a tan insistente esfuerzo.

Al salir el sol, la alambrada se desperezó y constató apenada que había perdido un hilo. Observó los cinco supervivientes que con sus nudos hendían el aire. Y una sonrisa invisible la envolvió.

Reflejada en el estanque la alambrada se había convertido en un oxidado pentagrama.

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