La ventana

finestra

F.T. vivía en un cajón. Esto es lo máximo que podía decirse del cuchitril en el que se cobijaba tras acabar la dura jornada. Ruidos, grietas y poca luz podían considerarse sus características más destacadas.

Sin embargo lo que más odiaba era abrir la ventana. Toda la vista disponible la ocupaba la pared delantera. Ladrillos y más ladrillos se imbricaban para formar un muro impenetrable. Nada podía con ellos: ni el sol, ni el mar ni el viento. Sólo la humedad se dejaba notar entre las rojeces, formando manchas dispersas, continentes de pobres países olvidados.

Harto, robó una ventana desde la que se divisaba el cielo, el sol y un precioso mar azul.

Contento llegó a su casa y sin dilación cambió su monótona ventana por la nueva y espectacular poseedora de vistas.

Al día siguiente apenas se despertó fue a abrir la ventana cambiada. Esperanzado por lo que podía encontrar cerró los ojos. Al abrirlos el muro de ladrillos seguía allí. Ni un atisbo del sol ni del mar. Desengañado arrancó la ventana y la lanzó contra el muro. Con el golpe  se hizo añicos y resquebrajó la impenetrable pared.

Triste se fue a trabajar.

Al volver a su casa por la noche y abrir la puerta, la luz de una estrella de mar le cegó y casi se quedó sin ver a una gaviota volando por encima de su cabeza y dos cangrejos que corrían apresurados por el sofá.

Un pensamiento en “La ventana

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