-Ante el espejo-

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Ante el espejo el árbol lloró hojas verdes.

Gotas de lluvia suicidas anegaron con furia sus raíces.

El árbol esperanzado, no opuso resistencia.

 

Ante el espejo, un libro de poemas se sintió inútil.

Sus ideas universales que languidecían a la espera de un ojo lector.

 

Ante el espejo la música se paró a escuchar

el sonido de sus notas cantadas por la lluvia.

El ruido de la calle sofocó la melodía.

 

Ante el espejo, el maniquí se sintió de cartón piedra,

No soy real exclamó y derramó lágrimas de arena.

 

Ante el espejo, eres un mago.

Un dios juguetón que baraja la realidad,

sin tiempo de aburrirte

todo lo que deseas aburrirte.

-Sillas-

Le aprieta el zapato, el izquierdo. No entiende por qué le aprieta el zapato izquierdo si el pie no ha crecido y el zapato no ha menguado. Pero para desconcierto de su mente, le aprieta. Hace un rato le apretaba menos, fue cuando se sentó en la silla modernamente incomoda del bar de abajo.
Las sillas con los cambios de diseño, le da la sensación de que te sientas para descansar cuando no estás cansado y terminas cansado de descansar en ella. Con lo que él venera las sillas, son su debilidad. Le gustaría tener una silla diferente en cada rincón de su casa. Pero no tiene espacio ni tiempo ni mujer que le permita tener sillas diferentes en el comedor, en la cocina y hasta en la minúscula terraza. Se ha tenido que conformar con tenerlas iguales, pero diferentes para cada pieza. IMG_3926
A veces, por la noche, cuando todo está tranquilo mezcla las sillas del comedor, la cocina y la terraza y mete también una que encontró de oferta.
Con todas ellas alrededor de la mesa, se siente un ser distinto, capaz de crear una arquitectura de vidas sin profundidad, pero llenas de diferentes matices. Con cuidado para no despertar a nadie, se va sentando en las distintas sillas. En cada una adopta una personalidad de acuerdo con el color de la tapicería, de la amplitud del asiento, de la longitud del respaldo e incluso con la imagen de la sombra que proyecta la silla en el suelo.
Lo reconoce, su preferida es la silla de tijera, nadie lo diría dado su carácter hedonista y un tanto snob. Le gusta porque le recuerda las fiestas mayores del pueblo, cuando se sentaba en la plaza a ver la película y escondía la cara para no saborear ante todos, el beso de los protagonistas.

Cansado de esperar sentado en la incómoda silla, se saca el zapato y nota una pequeña hinchazón en el empeine. La silla no le permite mucho margen de maniobra y se tiene que agachar con dificultad por los reposabrazos tan ajustados. Piensa que si se mueve se le quedara la silla incrustada y se hinchará todo su cuerpo y no habrá dios que lo saque de allí.
Y por una vez odia la silla, detesta las cuatro patas que le sostienen, el duro respaldo convertido en sargento de hierro que le obliga a estar derecho, el indiscreto asiento que dejará marcado en sus glúteos la dureza de su resistencia. Y eleva al mil su desprecio,    por aspirar a ser sillón perdió la oportunidad de convertirse en una espléndida silla de bar.

-Semana de dolor-

Hoy el médico me ha pedido que mida mi dolor. De cero a diez, siendo diez el máximo. Yo, por costumbre, le he dicho treinta y tres. Repita por favor, treinta y tres. De pulmones bien ha comentado. quizás mejor que cualifique su dolor si es de letras. No tengo muy claro que sea un dolor oficial de segunda o director ejecutivo, un dolor director general seguro que no. Pues tendrá que ir a la farmacia del barrio, que no parece nada destacable, si fuera dolor primer ministro serían palabras mayores.
En la farmacia me han vendido un puñado de pastillas, de las que cuesta tragar y dejan por los dedos unos polvos blancos, muy de clase obrera. En la boca, la lengua se las ha visto y deseado para hacerlas bajar por la garganta. Se han comportado como los pasos de semana santa soportados por costaleros y que han de pasar por una calle estrecha. Las pastillas, según el farmacéutico, son las mejores para un dolor que se podría cualificar de segunda. Si fuera un dolor de primera, vendrían en bote de cristal y se colarían por la garganta deslizándose como un paso de los van sobre ruedas. _MG_6680Deme cinco y quédese el cambio le pido. Me sobran pastillas para tan poco dolor.
Aunque hubiera sido mejor pintar mi dolor de colorines. No tengo un color rojo como las lágrimas de las vírgenes, más bien diría que es rosado, como de nube de caramelo, de los que se enganchan por los dientes.
Me he tomado las pastillas con una infusión de tila. Pensaba que me relajaría, pero la hierba lleva tanto tiempo dando tumbos por el armario que ha perdido la paciencia. El dolor no me deja relajar a gusto.Todo es debido a que no acierto con su medida. En el mundo todo es medida, como una cinta que da vuelta y nunca acaba. Medimos hasta la intermitencia de la luz. Un dolor intermitente molesta más porque a veces es de tres, otras de cinco, otras de siete, siempre número primos. Los divisibles no miden el dolor tan esmeradamente, se lo reparten como si fuera una ensalada. Creo que de números primos por ahora es imposible determinar cuantos hay, como el dolor que está ahí pero no sabes si es de uno, de cero de momento no se contabiliza, o de diez.
Si fuera de diez ¿sería el dolor perfecto?

-Pendientes-

He estado observando mis  orejas. Cosa extraña porque no suelo prestarles atención. Diría que mis orejas son normales, aunque normales comparado con qué. A mi me gustan las orejas grandes y no demasiado pegadas a la cabeza.
Soy consciente que en mis orejas, los agujeritos para contener los pendientes, no están simétricamente colocados. Como solo uno está centrado, siempre dan la impresión de que un pendiente da la cara y el otro el perfil.
Aunque no era nada especial, me dolió mucho perder mi pendiente azul. Era un pendiente redondo, hecho de esmalte y plata. Lo perdí al bajar del autobús por las prisas que mete la puerta automática.
El autobús iba lleno, no quedaba apenas espacio para respirar y yo compartía un hueco libre con el cochecito de un bebé. El niño lloriqueaba y para calmarle, la madre le dio una ardillita de tela. El pequeño, con ganas, empezó a chupar las orejas de la ardilla como si fueran unos pezones generosos. Su madre y yo, percibimos el hecho de succionar con sensaciones bien distintas. Su madre puso una cara triste, y yo me toqué las orejas. Yo imaginaba qué sentiría si alguien se metía mis orejas en la boca. No pude comprobar si el niño seguía con su particular succión, porque tuve que tocar el timbre y apresurarme a bajar. IMG_5451
Las puertas automáticas como dos guardias de tráfico no tienen compasión con los rezagados, se abren y se cierran con precisión insensible. Y supongo que por el toqueteo, al bajar se me cayó un pendiente. El pendiente azul siguió viajando solo sin mí y sin su compañero que vio pasar el autobús a la vez que vislumbraba el destino que le esperaba, metido en el oscuro cajón de una cómoda como los calcetines sin pareja.
Me disgustó mucho perder el pendiente azul y a su compañero también supongo, aunque quizás al pendiente más, porque la pérdida le conducía a un destino cruel. Por esto intenté conseguir que me hicieran una copia. La joyería se negó, era un diseño exclusivo. Les hice razonar, pero nada, si una joya es exclusiva y tuya, no pueden hacer otra para ti porque ya existe una aunque se haya perdido. La maldición de lo exclusivo. Ocurre igual si te clonan, ya no eres tú, porque existe otro que eres tu y ya no eres especial.
Los agujeros en mis orejas no me gustan porque no son simétricos. Por culpa de la enfermera que en lugar de fijarse bien en lo que hacía, vete tu a saber que pasaba por su cabeza. Y ahora mis pendientes no lucen igual. Aunque bien mirado de alguna manera los dos, al verse distintos, son especiales. Lástima que los pierda tan a menudo.

-Dorian Catedral-

La catedral está colgada de la pared, como dormida. Las líneas rectas que envuelven el rosetón dan fe que allí se encuentran las columnas. La puerta empotrada en el centro y cerrada, es simplemente una sucesión de líneas furiosas que se entrecruzan para impedir el paso.  Te dan ganas de dar un empujón y desembarazar la maraña de líneas y descubrir lo que tan celosamente esconden. Delante, unas escaleras, apenas unos renglones para que los pies escriban sus pasos, sobreviven.img_5236
Esta mañana subiendo por la calle mayor, el sol le da de lleno. La catedral no resplandece, simplemente las piedras se despiertan y se sacuden la noche gracias al buen hacer de los obreros. Allí está el rosetón, pintando el interior con colores fríos y calientes, que todo cabe en la casa del señor. La puerta llena de remaches se deja envolver por arquivoltas semicirculares. Entre ellas se distinguen figurillas escondidas que buscan un historiador que las escuche. Allí están bien firmes las columnas y también los santos encima de los pedestales. No es un santo si no está por encima de ti. No hay santo bajo, todos son altos, como si la santidad los eleve pero necesiten este momento material que lo confirme. Delante, las escaleras, trece peldaños que se mantienen firmes, con oquedades que el agua aprovecha para bañarse y dar de beber a las palomas.
Sí, la catedral existe y no se ha ido difuminando como la de mi cuadro. Entonces es cierto que Dorian Grey lo consiguió. La catedral rejuvenecida con el tiempo, la catedral que se desvanece en mi cuadro ¿Qué pacto habrá contraído? ¿Los santos colgados tendrán algo que ver? Quizás sean ellos los que, con su santidad hacen el milagro, que la catedral se mantenga esbelta y firme, mientras que las líneas de mi acuarela se gasten, se diluyan con el paso de los días.
No quiero ver mi retrato pintado en una acuarela, no. Nunca quise ser Dorian Grey, no creo que la belleza sea un patrimonio interior ni que lo bello deba permanecer impasible por los siglos de los siglos. La vejez tiene su orgullo que ninguna acuarela debe guardarse para ella sola.

-Código de barras-

El código de barras es muy extraño. Lo miro con atención pero no soy capaz de leer el mensaje que tiene escondido entre las líneas. No porque sean verticales es por lo que no sé leerlas. Puedo leer japonés y también se escurren las palabras como si treparan un monte alto. Con el código de barras se me escapa este punto en el que mi cerebro hace clic, se le meten los contenidos por los pliegues y yo respiro aliviada. Miro las líneas del código quietas, negras y esbeltas como velas en un funeral y no las puedo leer. Si me esfuerzo solo consigo recuerdos, como el vestido a rayas de mi abuela, el que llevaba por la fiesta mayor, de medio luto. El de luto entero era negro. De medio luto se entiende que era una concesión, pero nada de negro y rojo, había de ser negro y blanco. Aunque ella no sabía en que hay lugares del mundo en el que le luto es blanco con lo que el vestido a rayas era doblemente de luto.Graffiti Nápoles
Si miro un código de barras antes de ir a dormir, sueño que me hago pequeña y puedo colarme entre los barrotes, entro y salgo de una prisión sin techo, sin suelo y sin tres lados. Las cárceles no necesitan de mucho más para serlo. Algunos barrotes por ser más gruesos, ponen peros a ser dejados atrás, el peso de la culpa será, porque los más livianos acceden a que pase. Aunque no me quejo, a lo largo del sueño puedo escalar y los gruesos me permiten subir hasta arriba y de un salto caer al vacío. Me despierto libre de las barras pero prisionera de la idea de que no soy capaz de leer. Cuando alguien sabe leer parece que todo, todo, todo, sea de fácil lectura. Quizás el medio luto de mi abuela también era una cárcel para no dejarla salir del color negro.
En el supermercado hay un aparatito que sabe leer el código de barras. Una boca con luz rojiza que se zampa las barras y regurgita el mensaje. Pero no sabe qué dice el mensaje. No saca ninguna conclusión. Leer sin entender no sirve. Yo, si supiera leerlo, entendería, ella sabe leer pero no entiende. No es un empate técnico.
Cuando le explico mis problemas, mi amiga dice que lo que importa no son las líneas sino el código binario, 0 y 1 que se mueven por ahí. Y estos números, con su precisión ,si te metes en su cárcel no hay barra que valga para escalar ni colarse, si ellos no dicen cuando estás libres. Ni el 0 ni el 1 son suficientemente generosos como para permitir que los barrotes que van plantando en nuestras vidas se puedan saltar. Siempre están allí como un bingo, esperando que alguien saque el pleno para comerse el cartón y al incauto que pensó que llenando cuadrados de ceros y unos podría descifrar la historia del mundo. Como yo, pero la Historia escrita en un código de barras no hay manera que yo la entienda.

-En un mercadillo-

El hecho ha tenido lugar en el sitio donde uno menos se espera que sucedan estas cosas. En el mercadillo, en una de estas paradas que no son más que montones de ropa y calzado con pretensiones. Fardos que se dejan caer sobre maderas planas de dos o cuatro caballetes dependiendo de las ambiciones del vendedor. Si te fijas, la ropa se ve cansada del ajetreo de ser sacada y vuelta a meter en bolsas de tela. Seguro que preferiría ser acarreada en cajones de madera pintada de colorines y no metida en bolsas de tela igualmente fatigadas. Aunque algunas prendas sacan sus hilos mas brillantes para ver si un comprador pica y las libra del destino de ser nuevamente embutidas en la bolsa de tela.
Los compradores son en su mayoría mujeres de mediana edad, y alguna muchacha que remueve las piezas con la esperanza de encontrar algo de marca. Ja, de marca parece que se ríe el vendedor. img_2773
Si el comprador hubiera sido mujer nadie se hubiera fijado en él. No por otra razón que la de ser hombre destaca en la parada de los dos jóvenes que proclaman a grito pelado no la calidad del su ropa sino lo barato que la venden. El hombre remueve el montón como si buscara algo que ha perdido en otra parte pero que le habían asegurado que allí encontraría. Está inclinado y se puede ver claramente como escasea su cabello en determinadas zonas, aunque no tanto como para no constatar que es rubio. De entre el montón de vestidos, faldas y jerséis encuentra un par de pantalones. Los estira y comprueba situándolos en su cadera si llegan al suelo o se detienen en los tobillos. Parece medio convencido, pero no del todo y vuelve a remover el montón, ahora con más intensidad. El vendedor se acerca y zalamero le comenta que si remueve un poco más encontrará petróleo.
El hombre se endereza al oír la voz que le habla tan cerca del oído. El joven sonríe y se aleja dos pasos incrédulo al ver la credencial que el hombre luce en medio del pecho. Bajo una bandera americana destacan unas siglas, FBI. El hombre señala la credencial y de golpe toda la parada, incluso una mujer que remiraba un vestido de lunares ha parecido sospechosa de algo. Ser sospechoso no quiere decir nada pero la sospecha en cuanto asoma es como un pájaro tuerto, todos miran el ojo que no ve y se dejan el bueno. FBI a lo mejor era el nombre del comprador y jugaba a la confusión. No se sabe nada más pero la parada de ropa ha quedado desierta en pocos segundos y el hombre se ha largado sin comprar los pantalones. Y eran de su talla. Si que lo eran.