-He perdido un recuerdo-

He perdido un recuerdo. Lo único que recuerdo de mi recuerdo es que no lo recuerdo. Y eso que por la mañana, apenas me despertaba, ya lo tenía por la cabeza dando bandazos. Y se mantenía ahí hasta la noche, sin dejarme ni para dormir. Ahora no sé si merecía la pena tener este molesto inquilino o si he tenido suerte. Pero me da rabia. Tanto dar la lata y ahora, sin más, desaparece. Lo he buscado mucho rato. Bueno no tanto como buscaría un amigo, un libro o un anillo de boda. Pero bastante mucho. Incluso he revisado fotos de la que antes se imprimían en papel brillante y contaban historias corriendo de mano en mano. img_3380Fotos que tardaban en nacer, porque había que enviarlas a revelar. He descubierto que antes, siempre sonreía la gente ante la cámara. El ojo del objetivo se llenaba de voces alegres, luchando por entrar. Dentro, en el carrete se debían correr sus juergas. Las que no se podían correr en la realidad. Mira la Mariana como se arrambla a Pedro. Y Manuel, qué miradas a Joaquín. Javier y Laia, dónde se han metido, seguro que hay boda, con lo poco precavidos que son ¡Manolo deja de tontear y ven que nos van a revelar! Todo el carrete lleno de cosas nuevas, como salidas de fábrica: el primer coche, la primera novia, el primer marido. También se dejaba constancia del primero y el último a la  vez, como los entierros los bautizos y las comuniones por esto tenían tanto éxito. Y casi todo el mundo con sobrepeso, sin que se les note ni pizca de culpabilidad.
Después de revisar mi pasado en imágenes, puedo asegurar que no está. Ni una cara, ni un cuerpo ni un un paisaje, ni en una bici, en ninguna foto he encontrado el recuerdo.
Con las palabras no quiero probar que me las conozco. Cuando necesito alguna, se atrinchera en la punta de la lengua y pueden pasar horas incluso días hasta que se decide a salir.
¿No será que mi recuerdo se ha muerto? Es una manera de hablar. No sé cuál será la expresión técnica para certificar que un recuerdo se ha esfumado. Cada vez estoy más convencida. Se ha ido porque ya ha tenido bastante de estar por mi cabeza. Los años le han pesado y se ha largado al limbo donde van los recuerdos, las ideas, los pensamientos y todo este batiburrillo que hay en mis neuronas. Y me ocurre como con las personas, que cuando desaparecen de mi vida, es cuando más las echo de menos.

-Señales-

El señor Bruno ha pasado mala noche. No por tener pesadillas sino porque ha de tomar una decisión. A primera hora ya está en la calle por la que apenas deambulan un par de transeúntes. Esta calma tensa, antes de que la ciudad se ponga en marcha, le hace pensar en serpientes a punto de cambiar de muda. Solo está abierto el bar. Desayuna junto otras cuatro personas con escasa luz. Para no herir el sueño de los clientes piensa el señor Bruno. Se fija en la camarero apoyado en la barra que mira hacia el infinito. Quizás tiene intención de ir y desea que no esté demasiado lejos barrunta mientras apura su café. No sabía si elegir entre café o coñac, pero como tiene que tomar una decisión importante, café.

img_2027Sale a la calle, suspira mientras toma aire y vuelve la inquietud. Aún es pronto. El concesionario de automóviles, a pesar de estar cerrado, reluce. El señor Bruno mira el reloj, todavía no. Se para ante el escaparate, hace días que está pensando en cambiar el coche. Cuantos kilómetros y cuantos años juntos. Pero no se acaba de decidir, necesita un empuje. Con la mano en la frente se acerca al cristal para ver mejor. Los coches brillan como un pecado. Pero es mucho dinero piensa. Mira el reloj de nuevo. Ya falta menos y él sin haberse decidido. De hoy no pasa se dice y se pasea por delante el concesionario como esperando una señal.

Por la esquina aparece un conocido. ¿Será la señal que espera? Viene tan cargado con bolsas que sus brazos parecen más largos. Las verduras asoman por las asas como si fueran viajeros sacando la cabeza por la ventanilla. El señor Bruno va hacia ¿Manuel? Sí se llama Manuel. Podrá matar dos pájaros de un tiro, hará tiempo hasta que abran y a lo mejor sabe de coches y le ayuda a decidirse.

-Eh, Manuel ¿qué tal? ¿Cuánto tiempo? ¿Dónde vas tan cargado?- pregunta sin decidirse a darle la mano.

-A morirme- responde Manuel.

Y larga con las verduras disfrutando del último viaje, sin dar tiempo al señor Bruno a decir nada. Ni tan siquiera le ha podido enseñar el coche.

El señor Bruno pasea por delante del concesionario de coches. Está indeciso entre cambiar de coche o dejar de conducir.

-Bisonte-

Un paquete de tabaco encima de la mesilla, es lo que recuerdo de mi abuelo. Que dejaba el paquete junto a la caja de cerillas, en la entrada. Supongo que era por si venían visitas. Una muestra de hospitalidad. O que al salir, tenía siempre quien le esperaba. Un compañero de camino hasta el trabajo. Un cigarrillo esmirriado pero con muchos humos.
Mi abuelo siempre llevaba dos paquetes. Uno para fumar, el otro para reponer. Por mi abuela. Ella detestaba el tabaco. Cuando escaseaban los cigarrillos, el paquete se descomponía, perdía solidez. Ves como he fumado poco, decía mostrando el paquete erguido. Por esto mi abuelo hacía un trasvase de cigarrillos antes de dejarlo en la mesilla. Un descredito para un paquete cuyo santo y seña era un animal. Bisonte, así se llamaba el tabaco que fumaba mi abuelo. Nunca relacioné el tabaco con los animales que poblaban las laderas de las películas del oeste. Animales orgullosos, que los cazadores diezmaron hasta casi la extinción. Como los cigarrillos, que se van extinguiendo con cada calada.img_5459
El amigo de mi abuelo no fumaba cigarrillos, sino tabaco de liar. Caldo lo llamaba. Estaba guardado en una petaca que había perdido color y prestancia. Tanto manoseo. Solo tenía en común con el paquete, que se iba reponiendo tabaco. Necesitaba papel de liar de un blanco distraído, como transparente.
La lengua el amigo de mi abuelo era larga y húmeda. Blanca y con una línea muy marcada en el centro. La sacaba para dar lametazos y cerrar con saliva el cigarrillo liado. No eran tan perfectos como los bisontes. Creo que eran tan amigo de mi abuelo porque el humo que dejaban escapar por la boca, se unía en el aire. Y podían hablar con el humo de lo que la autoridad no les permitía.
Los vaqueros de la películas del oeste también fumaban tabaco de liar. Lo llevaban en unas bolsas que cerraban con dificultades. Era muy difícil apañarse con las pistolas, el papel, el tabaco y la bolsa. Los buenos tenían más traza. Colocaban la bolsa bajo las axilas y tiraban del hilo con las manos. Los malos con los dientes. Una manera de retratar al personaje. Los cigarrillos del malo se veían mal acabados. Un par de caladas y al suelo. Al bueno le duraban más. Lo suficiente como para que saliera la luna e hiciera brillar el ascua.
Si se hubieran dedicado a liar perfectamente los cigarrillos en lugar de matar bisontes, ahora las praderas se verían salpicadas de puntos negros. Cuerpos de animales enormes, con cabezas como bolas de lana. Y los indios cabalgarían al viento. Los indios también fumaban, pero en pipa. Por la paz. Quizás también dejaban el tabaco y la pipa a la entrada del tipi. Para las visitas. Una muestra de buena voluntad. Pero los vaqueros no fumaban en pipa sino tabaco de liar. Una lástima.

-Rayos-

No hay más placer inocente que despertarte antes de la hora que el mundo le exige a tu cuerpo. Es un momento mágico en el que no sabes bien dónde estás. Aletargada, te dejas arrastrar por el sueño que aun no está preparado para que le ignores. Él sabe que, en cuanto te des cuenta, que se acabó su reino, se sumergirá en las profundidades del olvido hasta que el subconsciente lo vuelva a necesitar de decorado. img_4498
Por esto, durante un instante, los ojos se esfuerzan por permanecer cerrados mientras el boceto de rayo de sol, se cuela entre los agujeros indiscretos de una persiana mal cerrada.

La cortina no cesa de agitarse con una simple brisa por si se pierde el amanecer. Por su culpa, los rayos entran como Pedro por su casa. Hoy siento que los rayos van dirigidos a mi personalmente. Todo cuanto leo, oigo, escucho o intuyo viene envuelto en su luz punzante. Me molestan hasta el punto de querer meter la cabeza en una olla a presión y sentir que es un espacio sereno. El sol se desentiende de mis pensamientos y va a la suya, como si yo no le importara y brilla y brilla colocando una corona de rayos en mi cabeza.

Y mientras las sábanas suspiran de alivio, me levanto pensando en la noche, sin sol ni rayos indiscretos. Solo una oscuridad con educación donde las sombras me dan las buenas noches. Ni que sea por quedar bien.

-Deberes-

Ha sido un día provechoso, creo. img_1267Ha habido de todo, desde gusanos con piel casi humana a humanos que se comportan como gusanos agresivos y lanzan por doquier vísceras ajenas. Tengo que escribir una historia de no más de quince segundos. No sé si la medida de un cuento permite los segundos, o debería mejor usar como unidad de medida  la frase. Un cuento de cuatro frases. Las que sobren eliminadas sin compasión. Nada es más innecesario que una frase que sobra. Pero primero es lo primero, la cena. Rompo el huevo. Dos yemas. Parece un huevo inseguro y por si acaso una sale mal, me regala otra, como un reintegro. No tengo reloj a la vista que me muestre como el tiempo compite con la vida. El ganador se lleva al perdedor. Me decido por darle cuerda a la gallina encargada de que los huevos duros no sean demasiado duros. Intento estirar la historia, pero las palabras parecen empeñadas en mirar las dos yemas, son tan amarillas. Suena la gallina, no cacarea, pita. Se acabó el tiempo, si mis palabras no se han cocido suficiente, peor para mi ego de escritora. Poca cosa puedo hacer, pero no me resigno:

Tira con todas sus fuerzas, clavando las patas en el suelo. El cuerpo alargado no resiste y se rompe en anillos de color rosa, llenos de vísceras jugosas que la gallina se traga.Quizás sea su oportunidad. El gusano siempre había querido viajar dentro de huevo con dos yemas.

-Budapest-

img_1504Budapest se mueve. Un paso hacia delante, dos hacia atrás, tres a la derecha, medio a la izquierda. Y al revés. Parece que no cambia nada pero la ciudad se mueve. Los puentes dan fe de lo que cuesta que el río pase por debajo, de que las orillas no se acerquen, de que las calles no se metan en el agua. Los puentes han aprendido a no sobresalir, todos se mecen sobre el río a la misma altura. No sé qué temerán pero, en la lejanía, solo ves al que tienes delante. Los demás se mantienen lejos a la espera que tu te dejes llevar por el movimiento de la ciudad. Un puente no tapa otro puente, parece ser su lema.
El río se mantiene quieto. Tu andas por sus orillas o corres o te atreves a entorpecer el paso de los transeúntes con la bicicleta. img_1495Pero el río impertérrito ni se inmuta, aunque te cargues al despistado. Aunque la luz eleve los edificios y les otorgue un brillo de oro. Aunque los jóvenes su suban por las barandillas del puente. Aunque el tranvía raye el suelo con sus ruedas mal engrasadas. El río tranquilo se deja rasgar por la quilla de los barcos sin una queja. Solo unas olas diminutas como dientes de leche roen las piedras del fondo. Y las dejan blancas, tanto que los edificios las envidian. Sobretodo los de la avenida Andrassy, que necesitan del brillo de las grandes marcas para tener un poco de lustre. Por suerte la gran librería Alexandra te recibe con los libros abiertos y te invita a un impresionante café.
Un río señor que se queda quieto a la espera que un crucero se lo lleve a Viena, que tiene más clase. Pero se equivoca. La majestuosidad se la queda Budapest.
Los turistas no bajan al metro. Las escaleras se mantienen en marcha gracias al viajero local. Allí abajo el rio corre por encima de las cabezas mientras el suelo se mueve dando tumbos por los túneles.img_2793
En la isla Margarita, El Gran Hotel sueña con ser un gran actor. Rodeado de plantas se da un aire de gran señor venido a menos. Aun conserva su elegancia, ventanas y ventanas que miran condescendientes a los corredores agitando sus molduras. La tarde le sienta bien.
El zoo, junto a los baños termales, se muere de sed. Parece estar en lista de espera. Quizás no llegue a tiempo. Sus animales gustosos cambiarían el privilegio de ser observados por observar. Recibir comida por dar de comer y la avenida lujosa por la orilla del rio.
La noche se deja iluminar. Los jóvenes comen, beben ríen y se columpian mientras los edificios se engalanan. Fotos para inmortalizar el reflejo. Alcohol hasta las diez. Y la humedad sin cloro que acompaña al viajero mientras disfruta paseando por un puente que cruza el imponente río Danubio.

-Costuras-

Mi abuela tenía unas tijeras pequeñas. Con mucha punta. Le duraron toda la vida. Estoy convencida que sus tijeras tenían poderes. Se las compró de jovencita, de cuando iba a coser al taller de doña Asunción. A medida que a mi abuela el pelo se le ponía de un color blanco sabio, las tijeras se oscurecían, adquirían un tono gris cansado. Las dos envejecían en colores, distintos pero compenetrados. Estaba prohibido tocar las tijeras de mi abuela. Con las tijeras, mi abuela solo cortaba lazos de seda, cintas e hilos finos. Mi abuela metía los dedos con cuidado, el pulgar hasta el fondo, el índice menos. Cortaba el lazo con precisión de cirujano. Con las otras quedaba la deformidad de la línea que pretende ser recta. Pero con las tijeras de mi abuela, la línea recta tenia asegurada su rectitud.img_9143
Las dejaba siempre en una caja de madera, junto con los botones. Debían montar una buena los botones y las tijeras. Ellos rodados, venidos de todas las prendas que habían pasado por casa. Ellas rectas, sin conocer otros parajes ni tenido dentro otros dedos. Juntos en la caja de madera se los podía ver en alegre batiburrillo, aunque las tijeras siempre destacaban. Por el poder, creo.
Al taller de modista mi abuela fue por ser mujer, haces lo que eres decía. Nunca pensó en dedicarse a la costura, ni cosió nada que no fuera necesario coser, pero fue a aprender porque las mujeres cosían. En el taller era obligatorio llevar tus tijeras y tu dedal, tiene que ver con los dedos decía mi abuela. No debes permitir que nadie meta los dedos en tus cosas.
La abuela, solo dos veces permitió a sus preciosas tijeras cortar algo que no fuera hilo o lazo. Una fue por el padrastro. No sé ni como apareció. Un misterio que llevó días rondando por mi cabeza. Yo me preocupaba y el padrastro iba creciendo a base de lametazos. Dolía pensar que una parte de mí se iba desprendiendo, como si no le importara. El dedo tomó un color rojo brillante y mi abuela cortó el pedazo de piel. Juro que no note nada, ni un pequeño indicio de que una parte de mi ya no era yo. Solo quedó una línea recta, muy recta, como asustada. Es que ni vi como lo cortó, el poder de las tijeras se mostró al máximo.
La otra vez fue cuando murió el abuelo. Su última voluntad fue que la abuela le arreglara el bigote . Ella no pudo negarse. Temblaba tanto que las tijeras perdieron pie y quedó un buen escalón. Las dos miramos el bigote del abuelo y el labio superior. Así no lo enterraremos me dijo. Y encomendándose al poder de las tijeras, volvió a cortar el bigote, sus dedos ni se movían, eran ellas las que arreglaron el estropicio. Lo juro, que mi abuela tenía los ojos cerrados. El bigote quedó digno de un muerto. Un bigote fino eso si, pero recto. El abuelo también le pidió que cortara el lazo que le unía a la vida, y que lo hiciera rápido que no era hombre de despedidas largas.  La abuela salió del cuarto con las tijeras en la mano y el alma del abuelo en el corazón. Recuerda, hacemos lo que somos me dijo.
Las tijeras las vendió mi tío junto con la caja de madera y los botones. Le dieron diez euros. A veces voy por el mercadillo de los domingos y remuevo entre los montones por si acaso. Una vez vi unas muy parecidas. Corté un trozo de papel, quedó un línea torcida. Esas no eran.