-Buena sombra-

Mi sombra me sigue. Me mira sin ojos pero soy consciente de que no se pierde ninguno de mis movimientos, está atenta a la más ligera alteración de las partes de mi cuerpo para adaptase y seguir mi ritmo. Si corro corre, si muevo la pierna la mueve, un espejo sin trucos ni partes cambiadas. Mi sombra nunca miente, solo cambia un poco la realidad.
Las sombras siempre han tenido buena literatura y muy mala prensa. Tener mala sombra es algo que nunca he entendido. Las sombras no son malas ni buenas y por mucho que sea de noche, ellas siguen siendo oscuras, igual que a plena luz del sol. No he oído nada de sombras blancas, ni de sombras rojas, ni tan siquiera sombras doradas. Siempre sombras oscuras. Y ya puestos tampoco he leído nada de sombras buenas. A lo mejor porque aunque siguen fielmente a los cuerpos, van a la suya, las tienes a tus pies pero su obediencia no es ciega. Se colocan donde quieren y se alargan o encogen sin que tu cuerpo pueda hacer nada por remediarlo.
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Qué pasaría si mi sombra decidiera levantarse del suelo a la que la tengo relegada, y se plantara ante mi como una pared oscura y transparente, nunca alcanzable.
Qué pasaria si todas las sombras se rebelaran.
Siempre me pregunto qué pasaría si… y no sé si verdaderamente tengo ganas de que pase. Pero no estaría mal un ejército de sombras rebeldes que se largaran en pos del mejor cuerpo, que no necesariamente tiene que ser un cuerpo esbelto, porque si yo fuera una sombra me iría detrás del más gordo que encuentre, no habría peligro de que lo pierda.
Quizás a las sombras lo que más les gusta es el sol.

-Prodigios-

Serafín Arbelo Solís fue un niño especial desde el mismo momento de su concepción. Ya en el vientre golpeaba la barriga de su madre, llevando un ritmo fácilmente identificable con la canción que estaba sonando.
Al nacer sus padres no repararon en gastos ni tiempo para que su retoño tuviera las cualidades necesarias para ser considerado un prodigio.
Al primer mes ya era capaz de tararear los gritos de sus padres con cierto estilo.
Al segundo mes ya se ataba los cordones, cosa que no hizo mucha gracia a su madre que había adquirido una gran cantidad de zapatos con velcro. IMG_6507
Al tercer mes arrancaba la hoja del calendario, pero sólo cuando era el día 30. Los meses de 31 días había que recordárselos.
Al quinto mes pedía sushi en japonés e hizo su primer anuncio.
El sexto mes cortaba el filete con precisión de cirujano.
El séptimo mes leyó su primer poema, de otro, pero con sentimiento.
Al octavo leyó el suyo a través de una emisora de radio.
Al noveno se ya había caído cuatro veces de la bici. Participó en un programa de televisión, en realidad habló su madre.
Al onceavo tocaba el saxo tenor pero necesitaba que se lo sostuvieran. Su padre y un sicólogo le acompañaron por todas la cadenas de televisión del mundo.
Al cumplir el año dejó de aprender. Se le había bloqueado la memoria a causa de tanta información y aunque le hicieron el equivalente del reset no hubo manera.
Durante el resto de su vida se conformó con atarse bien los cordones, cambiar hojas del calendario a tiempo excepto los meses de 31 días, odiar el sushi y escribir poemas infantiles que luego musicaba con su saxo tenor.

-Anginas-

Tengo un tambor resonando por mi cabeza. Apenas puedo tragar y cuando lo hago, parece que tengo una espina clavada, como las que me saca mi abuela con sus gafas de concha de carey.
Mi cara arde igual que cuando me pillan haciendo algo prohibido. Tengo mucha sed. Mi abuela entra en la habitación extrañada que aún no me haya levantado. No me encuentro bien susurro. Su mano sabia toca mi frente. Fiebre pregunto esperanzada como si me hubiera dicho que tengo una carta venida de lejos. Tener fiebre es algo especial, tu cuerpo deja de ser un chico bueno y se empeña en tener la temperatura que le da la gana. Es invierno y tú estas ardieendo, como cuando tomas mucho el sol.
Mi abuela entra con un vaso de leche pero  no puedo beber, que me rasca la garganta. Se coloca en la nariz sus gafas de sacar espinas y mira con ojo médico el interior de mi boca. Dice que tengo las anginas coloradas, como mi cara. Cuando estoy enferma se nota porque me pongo colorada por dentro y por fuera. IMG_4552
Sale llevándose el vaso de leche y vuelve con un zumo de naranja y una aspirina. Dice que si me sube más la fiebre llamará al medico y me pondrán una inyección. Esto no parece nada interesante. Por lo que empiezo a dudar que la fiebre sea algo digno de tener. Me duerno sin darme cuenta.
Al despertar, las sombras en la habitación me cuentan las horas que he pasado dormida. Mi abuela vuelve con otro zumo y otra aspirina. Vuelvo a quedarme dormida.
Al despertarme las sombras se han difuminado con la oscuridad. Debe ser tarde. Tarde es una hora conocida, mi abuela siempre dice que llegaré tarde y yo siempre llego.
Paso una noche agitada. La fiebre ha vuelto, empeñada en subir y mi abuela luchando para que baje. Me he sentido la pobre montaña rusa en la que las dos iban modificando la velocidad.
Por fin ya es de día. Los rayos del sol convertidos en dedos me levantan los párpados. Con dedicación consigo que mi cabeza deje atrás sueños y pesadillas y me siento mejor, aunque no lo suficiente bien como para que el color rojo deje en paz mi cuerpo por dentro y por fuera.
Mi abuela con sus gafas de carey y el mango del tenedor vuelve a inspeccionarme y dictamina que estoy mejor. Con su vestido negro y todo cuanto lleva encima a la vista de color negro, las gafas de carey con las chispitas doradas la hacen más próxima.
La fiebre se toma un respiro y ya puedo salir de la cama. Mi abuela me enrolla en la garganta una bufanda de lana. Es una bufanda que solo me pone cuando estoy enferma porque dice que aguanta la temperatura y cura sin necesidad de tanto medicamento. La bufanda pica. Tiene un picor diferente al de los mosquitos. Es un picor general, no concentrado en un bultito. Me molesta porque cura más rápido dice mi abuela.  Y que si no pienso en que me pica dejará de picarme. Yo lo intento. No pienso que me pica, pero me pica. Debe ser que no lo intento bastante y sigo intentado pensar que no me pica. Al final me duele la cabeza de tanto intentar pensar que no me pica y me vuelvo a la cama con mi zumo y mi aspirina.
La noche ha estado tranquila, tanto que la sábana se ha asombrado de lo poco que me he movido. Por esto no se ha caído sino que ha permanecido arrugadamente fiel en la cama.

Me levanto y salgo a desayunar. Mi abuela me ha preparado un desayuno más copioso. Ayer apenas comí y tengo hambre. Me visto y me preparo para ir al colegio. Por un momento echo de menos estar enferma.

-Los pobres idiotas-

No hay más placer inocente que despertarte antes de la hora que el mundo le exige a tu cuerpo. Es un momento mágico en el que no sabes bien donde estás y te dejas arrastrar por el sueño que aun no está preparado para que le ignores. Él sabe que en cuanto te des cuenta que se acabó su reino, se sumergirá en las profundidades del olvido hasta que el subconsciente lo vuelva a necesitar de decorado.
Por esto durante un instante los ojos se esfuerzan por permanecer cerrados mientras el boceto de rayo de sol se cuela entre los agujeros indiscretos de una persiana mal cerrada.
Cuando era pequeña me costaba que el sueño me abandonara, sin embargo en cuanto abría los ojos me levantaba sin problemas. Al contrario que ahora, que los sueños se van rápido y sin embargo levantarme me cuesta un quilómetro.IMG_7766

La cortina está pendiente de los rayos del sol, no cesa de agitarse con una simple brisa por si se pierde el amanecer y los rayos entran como pedro por su casa porque ella descuida su cometido. Hoy siento que los rayos van dirigidos a mi personalmente porque todo cuanto leo, oigo, escucho o intuyo me molesta, hasta el punto de querer meter la cabeza en una olla a presión y sentir que es un espacio sereno. El mundo se desentiende de mis pensamientos y va a la suya, como si yo no le importara y gira y gira mientras mi cabeza intenta mantenerse quieta.

El roce de la idiotez en mi mejilla me conforta porque pienso que soy humana y los humanos nos distinguimos por las idioteces que cometemos. No reconocerte como idiota es serlo de verdad. Un idiota va por el mundo con cara asustada y a la vez mirando de frente. Soy idiota si, pero qué pasa por serlo. No necesito nada más que aceptarlo y ya me siento mejor. Así me da igual que me manipulen y me digan lo que tengo que pensar, como soy idiota pues está bien. El problema es que me traten como alguien inteligente y me den informaciones para gente inteligente porque entonces acrecientan mi idiotez. Solo deseo que me den informaciones a mi nivel para que yo me sienta a gusto conmigo misma y piense que soy una idiota por méritos propios y no porque alguien me ha dicho que lo sea.
Los idiotas vamos por el mundo con los zapatos cordados pero con los lazos sueltos. Es una idiotez para caminar seguro pero que nos avisa que no hay que confiarse. Los otros van con la cara lavada, el pelo al viento y los bolsos bien cerrados y con cara de saberlo todo sin necesidad de estudiar nada. Y seguros que no son para nada idiotas. Pobres

-Mediocres-

Este es uno de los personajes que naufragan por mi libro NAUFRAGOS EN EL FREGADERO

La caja de música era preciosa. Al abrir la tapa, una muñequita realizaba piruetas dignas de la mejor bailarina. Mientras ella bailaba, sonaba una melodía deliciosa digna de bailes reales. Cuando la caja estaba cerrada, uno podía pasar los dedos y recrearse con la suavidad de la madera de cerezo y admirar flores dibujadas en marquetería del más fino diseño.
La caja llegó a la tienda de la mano de un noble, junto con otros objetos no tan hermosos. El dueño, quería desprenderse especialmente de la caja. Malos recuerdos imaginó el comprador y abonó una insignificante cantidad por todo el lote.
Apenas el comerciante la puso a la venta, no tardó ni un par de días en ser adquirida por un magnate. Pensaba regalársela a su mujer.
—No encontrará mejor regalo— le aseguró el comerciante a la vez que calculaba cuánto dinero conseguía.
La mujer recibió el regalo con desconfianza, otra caja pensó decepcionada. Pero cuando desenvolvió el paquete, quedó prendada del objeto.
—Es preciosa— exclamó.IMG_6339
Pero cada día, al abrir la caja, la bellísima bailarina le recordaba su figura poco agraciada, su belleza vulgar y su escasa agilidad. Era un tormento observar las evoluciones de la grácil figurita. Llegó hasta tal punto el odio hacia la bailarina, que estuvo a punto de lanzarla contra el suelo. La presencia de los criados la hizo desistir. Y disfrazando su rechazo de generosidad, regaló la caja a su sobrino, el compositor.
—Seguro que él sabrá apreciar la música y le servirá para componer hermosas melodías— le explicó al marido cuando inquirió por qué quería desprenderse de la caja.
El sobrino recibió encantado el presente. La maravillosa melodía sería fuente de inspiración, comunicó a su tía. Pero se pasaba las horas ante el piano y por más que lo intentaba, nunca pudo componer algo de superior belleza a la música que salía de la caja.
Deprimido por su incapacidad y con ganas de silenciar para siempre la música pensó en lanzar la caja por el balcón. Pero era demasiado aprensivo y temió que si destruía la caja y callaba su música, se quedaría el también sordo para oír cualquier melodía. Se lo pensó mejor y la regaló a un amigo que pasaba por un mal momento económico.
El amigo recibió el regalo entusiasmado. A causa de malas inversiones se había ido desprendido de todo lo bello que poseía para poder sobrevivir. La caja traería un poco de belleza a la sordidez de su casa medio vacía.
Apenas llegó a su morada colocó la caja en lugar bien visible. La espléndida caja resplandecía sobre los muebles gastados. Con el paso de los días, era tal el contraste, que el dueño no podía evitar recordar todo el esplendor perdido. Y no pudiendo soportarlo, vendió la cajita a un prestamista que le dio por ella una pobre cantidad.
Y allí se ha quedado la preciosa caja sin que nadie, hasta ahora, haya sido capaz de poseer tal maravilla, sin ver reflejada en ella su mediocridad.

-Bombillas-

Hoy, tras una larga agonía llena de chisporroteos y apagones, se ha fundido mi bombilla de 40 vatios. Durante mucho tiempo ha teñido de calidez la fría blancura de las paredes de mi cuarto.
La compré en una ferretería de las de toda la vida. Iba metida en una caja de cartón a salvo de golpes y rozaduras. Poca luz dará dijo mi casera cuando la colgué, te vas a dejar los ojos. Mejor usa la gran lámpara. Déjela ya se dará cuenta cuando no le sirva para leer la letra pequeña dijo otro huésped. Y a usted, qué le va y qué le viene le recriminé. Ya verás ya, fue su escueta respuesta. Quise replicar que mis errores nunca me enseñaron demasiado pero los dos se habían largado convencidos que les haría caso.DSCN9370
Todas las noches mi casera insistió en que apaguara la pequeña bombilla y enciendiera la gran lámpara. La gran lámpara tiene mucha potencia y su luz ilumina hasta el más oscuro rincón de mi cuarto. Es cierto que el brillo gritón de la lámpara tiene ventajas, llega a todas partes. Sin embargo, en el espacio de mi cama, aquel que yo reservo para escribir mis queridas historias, su luz es demasiado intensa. Con su potencia apaga el esfuerzo que hacen mis palabras por hacer entendedores sus mensajes.
La obstinación de mi casera, lejos de doblegar mis deseos, golpeó contra mi tozudería. Cuanto más denigraba ella la pequeña bombilla, más ventajas le encuentraba yo a la lucecilla para escribir mis susurros.
Durante días fue un tira y afloja. Mi casera, cada noche, se tomaba la molestia de venir a mi cuarto y me obligaba a dejar de lado la bombilla. Yo fingía hacerlo pero, apenas ella dejaba la habitación, volvía a encenderla. A veces se acercaba a mi cuarto a hurtadillas, para ver si le hcía caso. En cuanto abría la puerta, yo apagaba la luz de golpe y a oscuras no se puede de deducir cual es la luz que yo usaba.
Hasta ayer
Mi casera anoche, en un intento de deshacerse de la molesta bombilla, subió la intensidad de la luz, tanto, que saltaron los fusibles. Mi bombilla fue incapaz de soportarlo, tanta intensidad acabó con su resistencia.
Pobre bombilla pienso mientras observo los hilillos del interior rotos. Si la sacudo suena un ligero ruido, como de queja. Es raro que mi bombilla suene cuando ya no sirve. Antes, cuando era útil, permanecía en brillante silencio, solo roto por el roce de alguna polilla.
Acerco la bombilla a la ventana y veo en su interior una mancha negra. Una especie de humo aprisionado que probablemente fue la causa de su muerte. En mis manos se ve triste, con el humo negro flotando por dentro como un mal pensamiento. Ya no puede enviarme su luz amarillenta, ya nunca más estará para alumbrar mis ganas de leer lo que otros, bajo otras luces, escribieron.
Mientras la coloco en la caja de cartón, le susurro que no todo ha sido en vano. La subida de la intensidad ha estropeado también la gran luz blanca que tantas ganas tiene mi casera que use.

-Marchitos-

Este es uno de los relatos que aparece en mi  libro NAUFRAGOS EN UN FREGADERO. Si no hay contratiempo, se publicará este mes en formato digital. No pretendo más que compartir mis relatos y que todos puedan disfrutar de su lectura.

Enlace para descargar el libro

 

 

-MARCHITOS-

—Vamos entra. Se está bien aquí. El sol hace que todas las lápidas se vean hermosas.
—Ay sí, no veas las ganas que tengo. Me muero de ganas de entrar— comenta Doña Elvira con ironía.
Marta y doña Elvira, su abuela, se proponen pasar la tarde visitando el cementerio. Ha sido idea de Marta. Piensa que ya es hora de que su abuela dé el paso definitivo. Cinco años de convivencia han minado la relación. Si no se muere, está convencida que un día la mata.
—¿Qué te parecen estas flores?— pregunta Marta solícita señalando una tumba.
—¿Son de plástico no?— doña Elvira arruga la nariz.
—Son baratas y duran— añade Marta práctica.
—A mi me gustan naturales. Incluso cuando están marchitas tienen su encanto.
Marta piensa con esperanza que su abuela ya está bastante marchita aunque que no ve en ello ningún encanto.
—Mira abuela. Vaya ángel hay en esta lápida. ¡Qué guapo! Seguro que es obra de un escultor de renombre. Sería hermoso que uno como este, te acompañara durante toda la eternidad ¿No crees?— Marta fantasea.
—No sé qué decirte. Tiene un aire raro visto así, de perfil. A mi los ángeles siempre me han parecido unos personajes añadidos para que los artistas los inmortalicen. Mejor vamos por allí que hay un mausoleo. Los mausoleos dan prestigio a los que los ocupan.
—Un mausoleo es decadente.
—Al menos tienen espacio de sobra— Doña Elvira piensa en su cuartito y suspira.
Y se pasan la tarde contemplando tumbas. Marta cada vez más entusiasmada con lo que ve y doña Elvira pensando en la cena.DSCN9909
Al llegar la noche están rendidas. Después de cenar, doña Elvira se queda dormida viendo la tele. Marta acaba de recoger y se conecta para charlar con sus amigas.
Se van a la cama a las doce. Marta se queda dormida al momento. Doña Elvira, como ha dormido durante unas horas ante la televisión, ahora no tiene sueño. Por esto oye como llaman a la puerta. Llama a Marta para que vaya abrir pero no la oye. Se levanta y renqueando va a abrir la puerta.
—¿Sí? ¿Qué desea?— pregunta al extraño que está parado ante ella.
—Buenas, soy la muerte y me han dicho que he de llevarme a una mujer ¿No será usted?- pregunta la muerte risueña.
—¡Uy no, que bah! la que está entusiasmada con ir al cementerio es mi nieta. Pase, está en la habitación del fondo. Por cierto ¿usted qué prefiere, las flores naturales o las artificiales?
—No sé. Yo soy más de cirios— responde la muerte.

En su tumba, Marta tiene un hermoso ángel de perfil rodeado de flores artificiales. Su abuela insistió que sobretodo no la enterraran en un decadente mausoleo.