-El calor y los japoneses-

Una piensa que en el campo hará más fresco. Pues no, el calor se ensaña con la misma intensidad que pone en derretir el asfalto. En las casas, la gente se atrinchera tras la cortina a la espera que el sol se apiade y conceda una tregua. Pero yo no le tengo miedo, que soy de ciudad.
Mira, el sol ya se marcha, el atardecer es un buen momento para pasear propongo. Con este calor se queja mi marido estirado en la hamaca de la pensión. Ya no soporto el encierro, vamos a pasear. Con este calor, insiste mi marido. No hace tanto que son las siete. Mi marido lanza una replica que no entiendo del todo. Sus palabras parece que sudan, suenan como si se deslizaran por la piel y se diluyen.
Me pongo el sombrerito verde de tela, un pobre aliado contra el sol y por si acaso, me bajo las mangas de la camiseta que soy de ciudad. IMG_0754
Vista de lejos, pareces una japonesa dice mi marido. Gracias, me complace tu observación, suena a un intento de haiku. Bueno, me caen bien los japoneses. A mi también, siempre los primeros en despertarse y los primeros en ver asomar la luna. A veces pienso que el sol espera que ellos le den permiso para salir. La luna no tanto que va a la suya, desde que el hombre la pisó ya no nos tiene tanto respeto, le digo a mi marido y a provecho para reiterar mi oferta de paseo.
Con este calor no muevo ni una coma de mi idea. Pues yo me voy le digo valiente. Mi marido amodorrado solo deja escapar un adiós que suena a japonés.
El camino serpentea por los campos. Parece trazado por una mano infantil y no es recto ni curvo. Se deja pisotear sin más oposición que alguna piedra suelta. Me gusta pisar la tierra, suena como corteza del pan recién horneada. Por el cielo unos pájaros vuelan asustados y el sol se burla de mi sombrerito verde.
En el siguiente recodo aparece un cazador. Va vestido de verde en un intento vano de pasar desapercibido entre la alfalfa. Un perro marrón y blanco salta entre las matas. Los dos se detienen. Parece que me observan y luego discuten. El perro se dirige hacia mí. Lo veo acercarse y me quedo quieta. ¿Qué hacer? el cazador también se acerca, quizás necesite algo piensa mi solidaridad urbanita. El perro me alcanza, se planta ante mí con la cola recta y la pata levantada y gruñe. Rezo. No podría decir a quién le rezo. El cazador se acerca con la escopeta al hombro, cauteloso. Mi mente se obnubila por una mezcla de calor y miedo y rezo. Rezo a Dios ahora si que lo sé, aunque he perdido práctica y solo me salen retazos como si hiciera un zapping de oraciones. El cazador me apunta y a dos metros se detiene. Me observa atentamente.
Ves como tenía razón, le dice al perro, es un mujer.
Ggggrrrrr, el gruñido del perro me aterroriza. Sus dientes están cerca de mi rodilla, noto su aliento.
Es un mujer, el cazador insiste pero sigue con el arma atenta.
El perro no las tiene todas y lame mi pierna. Me da la sensación que lo hace para saber si mi carne tiene el punto correcto de sal.
Pero no soy japonesa, aseguro con voz histérica mientras me quito el sombrerito verde y me subo las mangas.
El perro para de gruñir y el cazador baja la escopeta. Y tal como han venido se largan, el cazador con la escopeta en el hombro y el perro delante saltando entre las matas de la alfalfa.
El sol se agazapa entre las montañas y el campo se sacude el sopor. En un rincón la luna sonríe y los grillos cenan.
Ya no hace tanto calor. Hoy cenaré pato, dicen que está recién cazado, me asegura mi marido.
Me compraré un sombrero de paja, son más frescos y para mí espárragos.
Y mientras esperamos mi marido hace inventario de las estrellas. Dice que hay más que en la ciudad.

-Ladrones de libros-

Hace poco leí en un blog un decálogo de cómo robar libros, con los pasos bien detallados y lugares más propicios para el robo. También he leído a autores como Bolaño, Fresán que hicieron del robo una manera de aumentar sus capacidades literarias y su biblioteca personal. Y yo que no he robado ni un cómic de Mortadelo, me pregunto cómo voy a ser considerada una escritora si no tengo un pasado de ladrona de libros que avale mi escritura.

En la facultad teníamos un proveedor de libros, discos que se llamaba Javier. A lo mejor hoy es un autor desconocido o un empresario de éxito de una multinacional de la edición, dado que tan bien se le daba sisar literatura.

Javier se esforzaba por conseguirte lo que pedías, eso sí, al contrario de los escritores, no hacía discriminación entre librerías y bibliotecas que había libros con el precio en la tapa y otros con el número de registro pegado en el lomo. Él anotaba los pedidos y los atendía según posibilidades. Mi amiga Trini le pidió que le consiguiera uno en francés, no importaba mucho el autor. Le consiguió Belle de Jour, de Joseph Kessel. En este libro se basó Buñuel para rodar su famosa película. Yo me reí a gusto porque, si bien es cierto que demostraba que al menos tenía conocimientos de francés, no pasaba de las tapas a la hora de tener un libro en las manos. En la película no se ve qué hay dentro de la caja china que llevan dos orientales, Trini y yo cuando buscamos el capítulo para descubrir el misterio, nos llevamos una decepción al comprobar qué ni siquiera aparecía en el libro la escena. La sutileza de Buñuel me hizo capaz de imaginar y además leer a través del agujero en un calcetín de un pie con pretensiones. Entre mostrar o sugerir no tengo dudas, escribir unas pistas y a imaginar. Ojala algún día sea capaz de algo semejante, pero no tengo su genio ni soy capaz de robarlo.

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Yo sé que Javier hubiera querido que fuéramos algo más que amigos, pero no pasamos de ahí. Ahora que lo pienso probablemente estar con un ladrón de libros me hubiera obligado a escribir para compensar el hecho de que él robara cultura para sostener la familia. Porque a estas alturas él habría perfeccionado tanto el arte del robo de libros, que tendría ya una pequeña empresa para distribuirlos e incluso contrataría a alguien que no tuviera muchos escrúpulos, para ayudarle en la tarea.

Si hubiera sido su mujer, a escondidas,  trataría con editoriales y agentes literarios para que publicaran mis obras. Nunca podría decirle a mi marido que yo escribía libros y viviría con miedo de que un día, un editor que me reconociera, con lo que se avergonzaría de tener una escritora en casa y se dedicaría a otra cosa siendo infeliz y yo también porque perdería mi inspiración. Casi mejor que nos hubiéramos quedado en solamente amigos.

Nunca leí que Bolaño o Fresán hubieran tenido remordimientos de su acción, pero si los tuvieron, quizás fue escribir su penitencia para superar la culpa.

A los ladrones en algunos lugares les cortaban las manos, menos mal que hemos avanzado algo, no quiero ni pensar qué nos hubiéramos perdido de haber cogido a los escritores con las manos en la masa. Hubiera sido peor que los remordimientos de Belle de Jour, una tragedia.

-La jaula-

La jaula se cansó de esperar. En el abrevadero hace mucho que el agua se secó y el alpiste dejó libre su cáscara para convertirse en polvo y volar. Sus barrotes, medio doblados por el peso de la culpa, no son más que líneas débiles que apenas si soportan el paso del aire.
Durante un tiempo tuvo la puerta abierta como una boca, para gritarle que volviera, que todo sería distinto, que nunca más… pero el ruego se veía apagado por un aleteo lejano, que se burlaba de la súplica. IMG_7008
Y dejó de soñar con el feliz regreso y que todo seguiría como antes.
El tiempo misericordioso le trajo un nuevo inquilino para llenar su vacío. Una pajarita de papel se posó vacilante en la barra superior y miró curiosa con sus ojos de lápiz. Tras agitar su rigidez, se dibujó una sonrisa. La jaula enderezó sus barrotes con satisfacción, sintió como si un aire nuevo la levantara, distinto y callado.
La jaula ha aprendido a dejar la puerta abierta y mantener los sueños cerrados. Cada mañana estrena un nuevo silencio y se dedica a cuidar resignada la inmóvil pajarita de papel.

-Confesiones en la niebla-

El frío, medio escondido tras la niebla, no me asusta. Camino sin ver más que mis pies. La niebla parece tener pereza y se ha quedado suspendida sin ganas de llegar al suelo. Y me pregunto cómo algo tangible, no es atraído por la gravedad. Porque la niebla son gotas de agua y no acaban de caer al suelo. Flotan por el aire como los peces por el mar. Quizás si fuera más espesa me animaría a dar unas brazadas, compitiendo conmigo.
Me gusta la niebla. Su transparencia lechosa invita a las confidencias. Camino por ella, más bien buceo esperanzado y aparece alguien. Aunque parece un fantasma, me sorprendo al descubrir que soy yo. Como si la gravedad no existiera y saliera de mi misma a dar una vuelta. Me siento flotar.IMG_7313 Hola me digo y empiezo la charla. Hablar conmigo misma dentro de un mar de niebla es como leerme. Yo soy la historia y me cuento hechos que no sé que los sé. Porque yo misma no soy yo misma, soy otra que aprovecha la niebla para conocerme mejor.
En medio de la niebla, pocos pasos ante mi surge de la nada un hombre. Viene envuelto en girones de nube pero lo evito y sigo mi camino dejándolo detrás, para que nade por su propio espacio. Me alejo ansiosa por continuar con el desenlace de la historia que me estaba contando, antes que todo desaparezca engullido por millones de gotas suspendidas que desafían la gravedad.
Quizás animada por el atrevimiento de las gotas, desafío a mi propia historia y le propongo otro final. Un intento pícaro de alargar la conversación que mantengo con mi yo. Porque las conversaciones que mantengo conmigo misma dentro de la niebla parecen más intimas, más cercanas y por qué no decirlo, más irreverentes que hay confianza.

-Días de lluvia y toros-

Llueve, pero no mucho, lo suficiente para que el hombre que lee en el banco no esté. Cada mañana, el hombre lee sentado en el banco que hay delante de la mimosa. Excepto si llueve, entonces no, y a mí me da por pensar que la literatura se lleva bien con la lluvia, pero no con los lectores, que se quedan en casa. Los libros que lee el hombre del banco son distintos, no porque haya visto el título, sino porque son de diferente grosor. De pequeña un libro de más de cien páginas me parecía algo tan infinito como las hojas de los pinos, las lentejas o los gritos de mi abuela. Ahora me parece más infinito contar estrellas que me he contagiado de los poetas y porque ya no hay cerca ni pinos ni abuelas ni lentejas.
Los libros del hombre deben ser lo bastante gruesos, para que le alargue la lectura al menos durante toda la semana. Los lunes los veo diferentes, a lo mejor es porque considero que los lunes me miran mal o que todo me parece nuevo, de un nuevo que tiene ganas de madurar y pasar rápidamente a martes.
El banco, los días que el hombre no está porque llueve, se queda vacío. Los pájaros no aprovechan, no se colocan en el respaldo a cantar y eso que los días que el hombre lee, revolotean como si se quisieran posar. Hoy que llueve, se han quedado escondidos mirando el banco vacío y pensando que mañana sí que se posaran, pero mañana, si no llueve, el hombre se volverá a sentar en el banco y ellos se quedaran mirando el respaldo pensando lo bien que se podría cantar desde allí. IMG_9364
Quizás los días que llueve, el hombre que lee, escribe. A lo mejor escribe un soneto de quince versos aunque solo necesite catorce. Yo cuando escribo poesía añado un verso de más porque no me gusta corregir. Encuentro más divertido revolver el poema hasta dar con el intruso, que borrar comas que luego faltan. Escribir de más, me recuerda las corridas que unos aplauden y otros aborrecen, un mundo raro este de los toros que da para mucha literatura roja y arte oscuro. Seguro que los días de lluvia los toros sí se sentarían en el banco y los de sol también, que son bravos y no le temen al hombre. Mi verso que sobra es como el toro que tienen de retén por si alguno se hace daño. Si se lesiona un toro no lo matan. Si lo han de matar que más da que tenga la pata rota o el hasta partida. Ah no, el público quiere ver muertos los toros buenos. Como a los soldados heridos que los mandan a casa. Solo los muy sanos son aptos para morir.
El verso que desecho lo guardo en la papelera de reciclaje por si acaso. Como al toro herido que lo guardan para engendrar otros toros, que serán llevados a matar con la esperanza de herirse y evitar ser engañados por una capa roja que no es ni de seda.
No creo que el hombre que lee en el banco sea un gran poeta, nunca le he visto leer poesía, ni tan siquiera me he fijado si lee filosofía o ensayo, aunque una vez vi de refilón la tapa y me pareció vislumbrar un título corto, de una sola palabra. Seguro que es lector de novelas históricas.
Como el banco está vacío la lluvia aprovecha y deja  charquitos, más o menos grandes. Observo unas gotas diminutas que no forman parte de ninguna aglomeración, se ven tan solas, como si las otras les hicieran bulling. Mañana habrá pasado la tormenta y nadie se acordará de las gotas, que desaparecerán cuando el sol salga o cuando el hombre las aparte con la mano. Las gotas pequeñas, como los toros heridos, quizás tenga suerte y se queden pegadas en el pantalón del hombre y se empapen de historia.
Un día que haga mucho sol y el hombre se achicharre leyendo en el banco me acercaré a preguntar qué tipo de literatura lee. Hoy no, que llueve

-Todo recto-

Nunca supe caminar recto, seguir la línea imaginaria que sale de dentro de cerebro y llega hasta los pies y los conduce rectamente. Pero la rectitud de mi empeño se tuerce tan rápidamente a la que me viene a la cabeza que tengo que andar recto. ¿Qué problema hay en andar torcido? nadie consigue que durante todo el camino sus pies cubran la distancia mas corta en menos tiempo, ¿acaso van a ganar algun premio? IMG_0028Esto me lo dicen lo brazos que se mueven a lo loco, ellos que pretenden ser algo más que brazos, ser alas, esto es lo que desearían, ser alas para despegar el vuelo. Y los pies aferrados al suelo tratando de ir en línea recta no les ayudan. A lo mejor si los pies se movieran a lo loco y los brazos fueran en línea recta la cosa cambiaria. Una rectitud poco ortodoxa, no se si serviría que los puristas de andar recto son muy quisquillosos.

-Que no dure-

Ante ella, la playa no se extiende como un espacio infinito e inabarcable, simplemente es un poco de arena que se estira o se contrae de acuerdo con el vaivén de las olas. Como la vida misma. Le gustan las olas porque no se quedan, se largan y dejan un vacío sonoro y húmedo. Efímero. Lo que dura cansa es su lema, lo leyó en un libro que no ha terminado porque la cansó. El nuevo teléfono tiene una melodía corta, un sonido suave que se difumina en lugar de acrecentar el tono. El otro sonaba y sonaba hasta llenarle la mente de ruido. Lo dejó en el bar para que algun idiota se sintiera un super ladron. Permitir que otro se crea superior es lo que te hace fuerte, importante porque sabes que el otro no es sino tu títere. Solo porque la liberó de un objeto le dedica un pensamiento, corto que no dure.
Golpea la botella de plástico que le sale al paso. Está llena de un aire rancio y cuando la lanza al mar se rebela y regresa junto a ella como un perro trayendo gotas de agua. La mira pero solo una vez, la botella no tiene intención de dejarla por mucho que ella le de puntapiés.
Llega hasta unas rocas mal colocadas, parecen dejadas por el mar un día de resaca, se amontonan e impiden el paso. La arena es otra cosa, se adapta dócil bajo cualquier presión. Las rocas tienen entre sus grietas unas briznas de hierba que se conforman con pedir al cielo, que el agua que le envíe no tenga sal. Se sienta a observar el mar, el sol, la playa, la arena, las olas, las gaviotas y unas conchas con una agujero en el centro por donde se ha escapado el molusco que a estas horas estará lejos, en otra playa. Lanza la botella que vuelve sumisa sin apenas notar sus ganas de deshacerse de ella. Se levanta y cerca de la orilla, se apoya en la arena. IMG_7166Quiere dejar impresas sus manos, intenta que los dedos sean precisos, cinco aquí, cinco allá. Los borra descontenta y los vuelve a trazar, los repasa con una tozudería casi infantil. Y así hasta que se cansa y mira el mar que permanece joven mientras el mundo envejece. Vuelve a la tarea. Por fin queda satisfecha y se levanta. Las manos son pequeñas y por algún misterio las olas las evitan, se acercan hasta lamer la yema del dedo anular y se retiran rápidamente. Cansada da una última ojeada y se despide con sus manos de las manos que dejó en la arena. Lanza la botella al agua y se larga antes de que le siga, no quiere tenerla más a su cargo. Rehace el camino, ahora un poco más viejo. De lejos ve las manos que dejó impresas en la arena y sin que las olas lo sepan huyeron, cada dedo eligió su gota sobre la que cabalgar hacia ninguna parte. Sonríe, duraron tan poco que no ha tenido tiempo de cansarse de ellas. La botella, en cambio ahí está, moviéndose al vaivén de las olas pero sin ir a ninguna parte. Maldice el plástico y su duración, lo único que no consigue que sea una huella que el tiempo borre.