-Tiempo de uvas-

Las pequeñas uvas nacían sin esperar que el sol les diera la bienvenida. Inquietas, no dejaban tranquilo al aire que se metía entre las hojas para observar como la luz se reflejaba en sus lóbulos. Al aire le hubiera gustado rozarlas, dejarles un beso y acariciarles la piel pero los zarcillos eran muy celosos y podrían malinterpretar su atrevimiento.
Una lluvia sin remordimientos cayó sobre la viña. Fue un duro golpe para las uvas que dejaron atrás los juegos atolondrados y ya más crecidas, buscaron el amparo del grupo.Captura de pantalla 2017-11-29 a les 14.44.50
Alguna no superó la prueba y se quedó por el camino, pero la mayoría creció fuertemente anclada en el racimo que les daba la seguridad de pertenecer al grupo.
Con la llegada de los días soleados, las más impacientes fueron cortadas y llevadas en cajas confortables al mercado. Se despidieron con cierto temor de no estar haciendo lo correcto pero el futuro ya había salido a su paso y fingieron que eran felices.
Las que decidieron aguantar, vieron su destino sellado en una botella de vino. Las más sencillas se conformaron con ser un vino joven que fue rápidamente llevado a la mesa y se alegraron de dejar el cautiverio. Sólo algunas privilegiadas acabaron convertidas en reserva para deleite de paladares exigentes.
Hubo un grupito alegre y bullicioso que sólo tenía en la cabeza fiestas y saraos y pasarlo bien. Gustaban de celebraciones aunque fueran en la intimidad familiar. Buscando nuevos amigos no dudaron en unirse con azúcares y botellas de diseño. No veían el momento de salir a celebrar lo que fuera y solían buscar el amparo del gas que las disparaba con regocijo de burbujas y risas.
Sólo un pequeño reducto de inseguras, las que no quisieron abandonar el nido, acabaron convertidas en dulces y arrugadas pasas.

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-Milgases-

Como pasa el tiempo. Parece que fue ayer cuando elegí la estrella. Una que me pareció brillante pare echarle las culpas. Pensé que si centraba todo mi rencor en algo lejano, nadie sufriría por ello. Una estrella consciente de ser elegida para algo más que ser vista por a través de un telescopio la le daría un nuevo brillo.
La busqué concienzudamente. No todas las estrellas sirven como saco sobre el que meter las culpas. Aunque sea un saco grande como un universo. Descarté las que tienen nombre propio, por cierto tomado de alguien. No entiendo el motivo que una estrella se llame Mérope bastante tiene con ser la esposa de Sísifo para que encima la cargue con mis malos rollos.
Me decidí por una estrella de entre los miles de millones cuyo nombre era una especie de anagrama de números y letras de difícil pronunciación. Para hacerla más mía la llamé Milgases, un nombre a punto de estallar. Seguro que le gusta el nombre pensé, Milgases, no tiene sílabas trabadas ni fricativas ni ninguna otra de las trampas de la fonética.
Un día especialmente duro, con errores y malos rollos me senté en el alfeizar, la busqué y di rienda suelta a mi mal humor. Todo lo que no me atreví a soltarle a mi familia, a mi jefa, a mis amigos, al mundo en general. Y juro que por un momento dejó de brillar. Se borró del universo. La oscuridad ocupó el puntito donde antes estaba Milgases. Pensé que tanta queja la hizo explotar y ¡pum! en lugar de luz, un agujero negro. Quizás ha salido ganando con el cambio que los agujeros negros están de moda, es lo que me vino a la cabeza. También se me ocurrió que podía ser una estrella enana y había insultado a mi jefa metiéndome con su tamaño – yo a mi jefa la llamo uve alta porque es bajita pero con ínfulas-  le habrá parecido demasiado personal. Sentí un gran pesar, no era mi intención. Pero ya IMG_7827se sabe que las buenas intenciones son como el color naranja, solo son un impase entre pararte o hacer algo grave . La culpa me atenazó como la lana en verano. Y he decidido que en realidad era una estrella fugaz y que se quedó por aquí un rato para escuchar mis quejas, todo un detalle celestial.
A partir de aquella noche la estrella no ha aparecido en el firmamento. No voy a descargar mis frustraciones en otra estrella, no sea que me cargue a todos los astros del universo. Así que en lugar de buscar una estrella he decidido desahogarme con el poste de la luz de la esquina que no sirve y no hay manera que lo quiten. Un palo largo con aspiraciones de admiración que ocupa parte de la calzada. Le he llamado Propugte que no significa nada y además es complicado de pronunciar sin aclararte la garganta.
Ayer por la noche, juro que no había bebido, pero cuando estaba descargando todo mi rencor contra el palo de la luz he oído un sonido como de madera que me ha dicho en tono de reproche: es mucho más bonito, Milgases.

-Costras-

No puede tener hijos. Esta frase se lee siempre igual, no hay posibles ambigüedades que le cambien el sentido. No es no y punto. Tener podría ser sustituido por otros verbos pero en este caso no viene a cuento. Hijos, he aquí la palabra. A algunas mujeres la frase la deja indiferente, a otras les quita un peso de encima, a algunas les sabe mal escucharla y a otras les duele como si les robaran un pedazo de pan que necesitan para sentirse verdaderamente saciada.
Como a Marta.IMG_1956
No puede tener hijos, la sentencia resuena todavía en su interior, un espacio que la propia frase ayudó a vaciar. Al principio lloró, lagrimas y lágrimas que se escurrían por su cara como caminos a ninguna parte. Las lágrimas al final se cansaron de llorar y se quedaron dentro. Crearon una costra de sal que encerró el dolor. El dolor allí metido ya estaba bien. Nadie hacia nada por sacarlo y vivía a sus anchas. La costra no era espesa, un golpe con un poco de cariño hubiera hecho mella. Pero nadie se tomó la molestia, o quizás tener el dolor encerrado, un feto que nunca va a salir y que no muestra nada desagradable, ya les iba bien. Ahora Marta mira los niños en parque. Los niños corren y se caen y lloran. Lloran pero sin crear costra, las lagrimas no quieren quedarse encerradas sino ver mundo y caer en el mismo suelo si es posible que ha provocado la herida de la rodilla. Y ella los consuela si lloran, los levanta si caen, los anima en sus juegos, a todos a la vez, no se deja ninguno. Ellos ni lo notan como no reparan en la mujer sentada en el banco. Mejor su indiferencia que vivir en la costra que no permitía salir las gotas saladas ni entrar tampoco el aire fresco que las evapora.

-Viajar-

Yo me mareo, tengo vértigo y me canso. Con estas tres credenciales, los viajes poco tienen que aportar en mi vida. Sin embargo me hubiera gustado escalar el Himalaya, tirarme en parapente y bajar dando tumbos por el rio más caudaloso y frío. Pero me he tenido que conformar con los viajes alrededor de mi lápiz.
Viajar con mi lápiz tiene la particularidad que viajo pero mis pies permanecen quietos. _MG_7181
Viajar alrededor de mi lápiz es dejar que sean mis manos las que anden y mi lápiz el que dibuje el mapa. Y que los vuelos en avión no suban mas allá de la mesa del despacho y que los submarinos no lleguen más profundo que al suelo de mis pies. Mientras la imaginación viaja, el lápiz vuela por el espacio sin traje de astronauta y se sumerge con criaturas fosforescentes por el océano sin una simple escafandra.
Lo único que echo en falta es el olor de la gente que respira el mismo aire y los lamentos de los que pierden el último tren. Y el grito de las gaviotas porque una cometa les ha asustado mientras robaban una sardina a los gatos del puerto.

-Ante el espejo-

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Ante el espejo el árbol lloró hojas verdes.

Gotas de lluvia suicidas anegaron con furia sus raíces.

El árbol esperanzado, no opuso resistencia.

 

Ante el espejo, un libro de poemas se sintió inútil.

Sus ideas universales que languidecían a la espera de un ojo lector.

 

Ante el espejo la música se paró a escuchar

el sonido de sus notas cantadas por la lluvia.

El ruido de la calle sofocó la melodía.

 

Ante el espejo, el maniquí se sintió de cartón piedra,

No soy real exclamó y derramó lágrimas de arena.

 

Ante el espejo, eres un mago.

Un dios juguetón que baraja la realidad,

sin tiempo de aburrirte

todo lo que deseas aburrirte.

-Sillas-

Le aprieta el zapato, el izquierdo. No entiende por qué le aprieta el zapato izquierdo si el pie no ha crecido y el zapato no ha menguado. Pero para desconcierto de su mente, le aprieta. Hace un rato le apretaba menos, fue cuando se sentó en la silla modernamente incomoda del bar de abajo.
Las sillas con los cambios de diseño, le da la sensación de que te sientas para descansar cuando no estás cansado y terminas cansado de descansar en ella. Con lo que él venera las sillas, son su debilidad. Le gustaría tener una silla diferente en cada rincón de su casa. Pero no tiene espacio ni tiempo ni mujer que le permita tener sillas diferentes en el comedor, en la cocina y hasta en la minúscula terraza. Se ha tenido que conformar con tenerlas iguales, pero diferentes para cada pieza. IMG_3926
A veces, por la noche, cuando todo está tranquilo mezcla las sillas del comedor, la cocina y la terraza y mete también una que encontró de oferta.
Con todas ellas alrededor de la mesa, se siente un ser distinto, capaz de crear una arquitectura de vidas sin profundidad, pero llenas de diferentes matices. Con cuidado para no despertar a nadie, se va sentando en las distintas sillas. En cada una adopta una personalidad de acuerdo con el color de la tapicería, de la amplitud del asiento, de la longitud del respaldo e incluso con la imagen de la sombra que proyecta la silla en el suelo.
Lo reconoce, su preferida es la silla de tijera, nadie lo diría dado su carácter hedonista y un tanto snob. Le gusta porque le recuerda las fiestas mayores del pueblo, cuando se sentaba en la plaza a ver la película y escondía la cara para no saborear ante todos, el beso de los protagonistas.

Cansado de esperar sentado en la incómoda silla, se saca el zapato y nota una pequeña hinchazón en el empeine. La silla no le permite mucho margen de maniobra y se tiene que agachar con dificultad por los reposabrazos tan ajustados. Piensa que si se mueve se le quedara la silla incrustada y se hinchará todo su cuerpo y no habrá dios que lo saque de allí.
Y por una vez odia la silla, detesta las cuatro patas que le sostienen, el duro respaldo convertido en sargento de hierro que le obliga a estar derecho, el indiscreto asiento que dejará marcado en sus glúteos la dureza de su resistencia. Y eleva al mil su desprecio,    por aspirar a ser sillón perdió la oportunidad de convertirse en una espléndida silla de bar.

-Semana de dolor-

Hoy el médico me ha pedido que mida mi dolor. De cero a diez, siendo diez el máximo. Yo, por costumbre, le he dicho treinta y tres. Repita por favor, treinta y tres. De pulmones bien ha comentado. quizás mejor que cualifique su dolor si es de letras. No tengo muy claro que sea un dolor oficial de segunda o director ejecutivo, un dolor director general seguro que no. Pues tendrá que ir a la farmacia del barrio, que no parece nada destacable, si fuera dolor primer ministro serían palabras mayores.
En la farmacia me han vendido un puñado de pastillas, de las que cuesta tragar y dejan por los dedos unos polvos blancos, muy de clase obrera. En la boca, la lengua se las ha visto y deseado para hacerlas bajar por la garganta. Se han comportado como los pasos de semana santa soportados por costaleros y que han de pasar por una calle estrecha. Las pastillas, según el farmacéutico, son las mejores para un dolor que se podría cualificar de segunda. Si fuera un dolor de primera, vendrían en bote de cristal y se colarían por la garganta deslizándose como un paso de los van sobre ruedas. _MG_6680Deme cinco y quédese el cambio le pido. Me sobran pastillas para tan poco dolor.
Aunque hubiera sido mejor pintar mi dolor de colorines. No tengo un color rojo como las lágrimas de las vírgenes, más bien diría que es rosado, como de nube de caramelo, de los que se enganchan por los dientes.
Me he tomado las pastillas con una infusión de tila. Pensaba que me relajaría, pero la hierba lleva tanto tiempo dando tumbos por el armario que ha perdido la paciencia. El dolor no me deja relajar a gusto.Todo es debido a que no acierto con su medida. En el mundo todo es medida, como una cinta que da vuelta y nunca acaba. Medimos hasta la intermitencia de la luz. Un dolor intermitente molesta más porque a veces es de tres, otras de cinco, otras de siete, siempre número primos. Los divisibles no miden el dolor tan esmeradamente, se lo reparten como si fuera una ensalada. Creo que de números primos por ahora es imposible determinar cuantos hay, como el dolor que está ahí pero no sabes si es de uno, de cero de momento no se contabiliza, o de diez.
Si fuera de diez ¿sería el dolor perfecto?