-Bancos-

Tras zamparme media caja de bombones traté de  acallar mi conciencia con promesas de acelgas y otros suplicios, pero no me creyó. Implacable me obligó a quemar semejante pecado. Para que me dejara tranquila cogí la mochilla y me fui a caminar por un sendero muy transitado que circula entre árboles y campos de maíz.
Después de andar una hora estaba agotada, el campo tiene este efecto en mí, si ando me canso. Menos mal que cuando más lo necesitaba encontré un banco vacío. Era un poco tosco, apenas unas tablas, adosado a la pared de una casona.
A punto de sentarme, tuve una especie de revelación: ¡cómo era posible que estuviera vacío! No había encontrado otro banco en todo el trayecto, alguien debería estar ahí descansando. Allí había algo raro.
Para mi alivio, un caminante se acercaba con andar pausado. Cuando llegó a mi altura, me saludó educadamente pero no se sentó, siguió andando.
Corrí para alcanzarle y le pregunté:
-¿Oiga, por qué no se ha sentado?
– Es que no estoy cansado- contestó como extrañado de que le hubiera hecho semejante pregunta. Y siguió caminando para enfatizar su respuestaIMG_5808
-¡Mentira!- Le grité agarrándole del brazo- Con lo rojo que está y lo mal que respira, debe estar agotado.
Quise arrastrarle al banco pero, tras un forcejeo, se liberó y se largó corriendo lanzándome una sarta de insultos que no creí merecer de ninguna manera. Yo sólo quería que se sentara.
Toda la tarde hubo un desfile de viajeros, pero ninguno se sentó. Yo permanecí al lado del banco como si estuviera velando la tumba del soldado desconocido.
Cuando el sol se iba escondiendo por el horizonte, cansada de estar de pie decidí marcharme dejando el banco vacío.
Mientras recogía mis cosas, el viajero que había increpado para que se sentara se acercaba otra vez dando tumbos. Se le veía cansado y con el semblante descompuesto. Apenas si podía llegar al banco. Cuando lo sintió tras de si, se dejó caer sobre su trasero y se apoyó en la pared. Con alivio me acerqué. Esta vez si que estaba cansado, esperaba que no me dijera lo contrario.
A punto de sentarme, el hombre cayó como un saco en el suelo. No tuve que tocarle para comprobar que había muerto.
-Lo sabía- exclamé- Este banco está maldito. Un banco vacío no es de fiar
Y dejando al hombre estirado sobre el banco, recé una plegaria por su alma y me largué a toda prisa.
Y desde entonces nunca me siento en algo que esté vacío ni siquiera en una silla.

-En una caja de puros-

Recuerda que, tras una noche en vela, escribió la lista con las cosas que le gustaría hacer antes de morir. Eligió bien lo que le pareció imprescindible para un ser humano con ganas de proyección. La lista era compleja: logros profesionales, saltos al vacío, alguna hazaña deportiva, varias pinceladas de arte y viajar. Sobretodo viajar a lejanos paraísos en los que nadie destrozaría el encanto, se mantendría vírgenes hasta que él los hollara con sus pies. Una vez repasada bien la lista la dobló en cuatro partes. Lo hizo para esconder al destino sus deseos y este ignorante, no pudiera estropear ninguna de las cosas que había escrito. Cada vez que consiguiera realizar una de las cosas que apuntó en la lista, lo tacharía con el color rojo. No pensaba añadir nada aunque consiguiera todos sus anhelos.
Guardó el papel doblado en la caja de puros que había pertenecido a su abuelo, un fumador empedernido que murió con su mejor sonrisa y su mejor puro en la mano.carpeta port_285
La primera vez que la abrió descubrió que había guardado objetos que a otros ojos parecerían ridículos, sin embargo para él conservaban anclada parte de su vida. La pluma Montblanc herencia del abuelo, una canica que le ganó a Javier, la única, cromos de su equipo del alma, un vale por una bicicleta, una carta a los reyes que no le hizo falta enviar y un recorte de periódico en el que se anunciaba una camisa con un nuevo producto, el tergal. Tergal le pareció un buen nombre para un perro. Antes de cerrarla añadió un sobre de preservativos vacío, un lacito de un vergonzoso color rosa y una carta de amor que tenía tachadas las palabras más hermosas.

La segunda vez que removió la caja encontró un anillo, una llave de coche utilitario, la palabra Tergal gravada en una chapa, un billete de avión a Guinea y una foto rota y vuelta a pegar. El papel de la lista había amarilleado y perdido flexibilidad pero había ganado líneas rojas que auguraban que finalmente podría conseguir lo que se propuso.

Con los años, a La caja se le rompió una de la bisagras traseras, pero la cerradura aguantaba. Lo último que colocó dentro fue el resultado de unos análisis de sangre y una postal escrita con letra infantil de una ciudad muy lejana.

Hoy ha abierto definitivamente la caja. El color de la tinta se ha quedado antiguo y el papel ha adquirido el tono que los años dan a lo importante. Es lo único que se ha llevado al hospital, la caja de madera de puros con sus objetos. Los saca y los revisa, los recuerdos se escapan por la habitación y rebotan por las paredes sin que ni él pueda recogerlos. Pide un bolígrafo rojo. La enfermera ha ido a buscarlo pero no ha llegado a tiempo. La caja cae al suelo y deja la lista abierta para que el destino lea lo que él pidió. Todo cumplido menos el último deseo.
La enfermera con trazo firme tacha la última petición de la lista: morir y deja la caja cerrada entre sus manos.

-Otros miniratos-

El sol, para aliviar el frío, salió una mañana de invierno. El frío temiendo competencia, atacó con más ganas. Aquel invierno con el sol brillando, fue el más duro que se recuerda.


Sólo el eco, entiende lo insignificante que se siente el espejo.


El mundo es un zoo con una extraña fauna. Las especies nuevas siempre levantan sospechas. Por suerte, el sol se puede colar por las rejas de todas las jaulas.


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Vivir feliz con las pequeñas cosas que ocupan grandes espacios de mi mente.


Las bicicletas accedieron a ser las gafas del camino, leería entre los renglones que escribían las ruedas de las carretas. A veces, enfrascadas en la lectura, se perdían por los campos hasta que los radios exhaustos y llenos de polvo cerraban el cuaderno.


Mis flechas alcanzan objetivos cada vez más difíciles de entender. Debería enseñarles a leer mis intenciones.


Cuando veo las hojas caer me da la sensación de que empiezan una nueva vida lejos del árbol. Sin embargo, cuando miro las gotas de lluvia pienso que se mueren al chocar contra el suelo. ¿Y si sucede al revés?

¿Por qué?

 

Por qué preguntarme por qué
si no quiero la respuesta.
Es como un humo que sube
y cuestiona
y duda
y vacila
si salir o no salirIMG_9984
por temer qué encontrará
por miedo a no encontrar nada.

Pienso si vale la pena,
pensar si vale la pena.
Sentir la mente que oscila
y continúa el cuestionario
qué quiero y qué no quiero
por qué soy, por qué no soy.
Y que tras mil preguntas no hechas
quedan mil preguntas más.

¿Y si después de todo
no era tan importante?
¿Y si es sólo un arrebato
el querer yo saber por qué
quiero no saber qué quiero?

-Buena sombra-

Mi sombra me sigue. Me mira sin ojos pero soy consciente de que no se pierde ninguno de mis movimientos, está atenta a la más ligera alteración de las partes de mi cuerpo para adaptase y seguir mi ritmo. Si corro corre, si muevo la pierna la mueve, un espejo sin trucos ni partes cambiadas. Mi sombra nunca miente, solo cambia un poco la realidad.
Las sombras siempre han tenido buena literatura y muy mala prensa. Tener mala sombra es algo que nunca he entendido. Las sombras no son malas ni buenas y por mucho que sea de noche, ellas siguen siendo oscuras, igual que a plena luz del sol. No he oído nada de sombras blancas, ni de sombras rojas, ni tan siquiera sombras doradas. Siempre sombras oscuras. Y ya puestos tampoco he leído nada de sombras buenas. A lo mejor porque aunque siguen fielmente a los cuerpos, van a la suya, las tienes a tus pies pero su obediencia no es ciega. Se colocan donde quieren y se alargan o encogen sin que tu cuerpo pueda hacer nada por remediarlo.
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Qué pasaría si mi sombra decidiera levantarse del suelo a la que la tengo relegada, y se plantara ante mi como una pared oscura y transparente, nunca alcanzable.
Qué pasaria si todas las sombras se rebelaran.
Siempre me pregunto qué pasaría si… y no sé si verdaderamente tengo ganas de que pase. Pero no estaría mal un ejército de sombras rebeldes que se largaran en pos del mejor cuerpo, que no necesariamente tiene que ser un cuerpo esbelto, porque si yo fuera una sombra me iría detrás del más gordo que encuentre, no habría peligro de que lo pierda.
Quizás a las sombras lo que más les gusta es el sol.

-Prodigios-

Serafín Arbelo Solís fue un niño especial desde el mismo momento de su concepción. Ya en el vientre golpeaba la barriga de su madre, llevando un ritmo fácilmente identificable con la canción que estaba sonando.
Al nacer sus padres no repararon en gastos ni tiempo para que su retoño tuviera las cualidades necesarias para ser considerado un prodigio.
Al primer mes ya era capaz de tararear los gritos de sus padres con cierto estilo.
Al segundo mes ya se ataba los cordones, cosa que no hizo mucha gracia a su madre que había adquirido una gran cantidad de zapatos con velcro. IMG_6507
Al tercer mes arrancaba la hoja del calendario, pero sólo cuando era el día 30. Los meses de 31 días había que recordárselos.
Al quinto mes pedía sushi en japonés e hizo su primer anuncio.
El sexto mes cortaba el filete con precisión de cirujano.
El séptimo mes leyó su primer poema, de otro, pero con sentimiento.
Al octavo leyó el suyo a través de una emisora de radio.
Al noveno se ya había caído cuatro veces de la bici. Participó en un programa de televisión, en realidad habló su madre.
Al onceavo tocaba el saxo tenor pero necesitaba que se lo sostuvieran. Su padre y un sicólogo le acompañaron por todas la cadenas de televisión del mundo.
Al cumplir el año dejó de aprender. Se le había bloqueado la memoria a causa de tanta información y aunque le hicieron el equivalente del reset no hubo manera.
Durante el resto de su vida se conformó con atarse bien los cordones, cambiar hojas del calendario a tiempo excepto los meses de 31 días, odiar el sushi y escribir poemas infantiles que luego musicaba con su saxo tenor.

-Anginas-

Tengo un tambor resonando por mi cabeza. Apenas puedo tragar y cuando lo hago, parece que tengo una espina clavada, como las que me saca mi abuela con sus gafas de concha de carey.
Mi cara arde igual que cuando me pillan haciendo algo prohibido. Tengo mucha sed. Mi abuela entra en la habitación extrañada que aún no me haya levantado. No me encuentro bien susurro. Su mano sabia toca mi frente. Fiebre pregunto esperanzada como si me hubiera dicho que tengo una carta venida de lejos. Tener fiebre es algo especial, tu cuerpo deja de ser un chico bueno y se empeña en tener la temperatura que le da la gana. Es invierno y tú estas ardieendo, como cuando tomas mucho el sol.
Mi abuela entra con un vaso de leche pero  no puedo beber, que me rasca la garganta. Se coloca en la nariz sus gafas de sacar espinas y mira con ojo médico el interior de mi boca. Dice que tengo las anginas coloradas, como mi cara. Cuando estoy enferma se nota porque me pongo colorada por dentro y por fuera. IMG_4552
Sale llevándose el vaso de leche y vuelve con un zumo de naranja y una aspirina. Dice que si me sube más la fiebre llamará al medico y me pondrán una inyección. Esto no parece nada interesante. Por lo que empiezo a dudar que la fiebre sea algo digno de tener. Me duerno sin darme cuenta.
Al despertar, las sombras en la habitación me cuentan las horas que he pasado dormida. Mi abuela vuelve con otro zumo y otra aspirina. Vuelvo a quedarme dormida.
Al despertarme las sombras se han difuminado con la oscuridad. Debe ser tarde. Tarde es una hora conocida, mi abuela siempre dice que llegaré tarde y yo siempre llego.
Paso una noche agitada. La fiebre ha vuelto, empeñada en subir y mi abuela luchando para que baje. Me he sentido la pobre montaña rusa en la que las dos iban modificando la velocidad.
Por fin ya es de día. Los rayos del sol convertidos en dedos me levantan los párpados. Con dedicación consigo que mi cabeza deje atrás sueños y pesadillas y me siento mejor, aunque no lo suficiente bien como para que el color rojo deje en paz mi cuerpo por dentro y por fuera.
Mi abuela con sus gafas de carey y el mango del tenedor vuelve a inspeccionarme y dictamina que estoy mejor. Con su vestido negro y todo cuanto lleva encima a la vista de color negro, las gafas de carey con las chispitas doradas la hacen más próxima.
La fiebre se toma un respiro y ya puedo salir de la cama. Mi abuela me enrolla en la garganta una bufanda de lana. Es una bufanda que solo me pone cuando estoy enferma porque dice que aguanta la temperatura y cura sin necesidad de tanto medicamento. La bufanda pica. Tiene un picor diferente al de los mosquitos. Es un picor general, no concentrado en un bultito. Me molesta porque cura más rápido dice mi abuela.  Y que si no pienso en que me pica dejará de picarme. Yo lo intento. No pienso que me pica, pero me pica. Debe ser que no lo intento bastante y sigo intentado pensar que no me pica. Al final me duele la cabeza de tanto intentar pensar que no me pica y me vuelvo a la cama con mi zumo y mi aspirina.
La noche ha estado tranquila, tanto que la sábana se ha asombrado de lo poco que me he movido. Por esto no se ha caído sino que ha permanecido arrugadamente fiel en la cama.

Me levanto y salgo a desayunar. Mi abuela me ha preparado un desayuno más copioso. Ayer apenas comí y tengo hambre. Me visto y me preparo para ir al colegio. Por un momento echo de menos estar enferma.