-La mandarina

A primera hora de la noche las sombras se alargan por la acera que se extiende paralela a la pared de claustro de la catedral. Dos hombres de edades sin números en común, deambulan observando las piedras que a aquella hora ya se disponen a descansar de las miradas curiosas. El joven observa los árboles que le salen al paso llenos de hojas oscuras, sin el brillo del color verde húmedo y oloroso. No sabe bien si son naranjos , no hay frutas que lo certifiquen y las hojas son tan iguales a otras hojas. El mayor, que ha vivido bajo naranjos con frutos de verdad, huele el aire y jura por el cómic que compró a instancias del amigo joven que son naranjos. El joven asiente, ya lo había pensado antes de la confirmación y esto le llena de un orgullo insolente como de espuma de cerveza. El mayor amparado en la oscuridad, lo mira con condescendencia, sabe que la opinión que tenía el otro de que eran naranjos, no era más que una imagen mental que él le había enviado. Lleva días con una idea rondándole por la cabeza, si están de acuerdo en algo es porque él le envía ondas al cerebro y el otro reacciona asimilándolas y creyéndolas suyas. IMG_6582
-Vamos al puerto- dice el mayor harto del olor sin imagen de una naranja. Mientras se lo pide en forma de orden, mira su teléfono y busca alguna aplicación para llegar sin problemas. Quiere seguir siendo el que guía la pareja sin que se note.
El joven cierra los ojos.
-No quiero ir al puerto. Para qué si solo hay grandes yates y algún barco sin marineros de jersey a rayas y gorra con pompón.
El mayor suspira y le envía ondas mentales de mares embravecidos y playas con palmeras de postal.
-Pero el mar va y viene y trae recuerdos de otras gentes dignos de ser tuyos- insiste.
El joven rehúsa, ahora con menos fuerza. Es por las imágenes que le envié se autoconvence el mayor.
Una mandarina que perdió la maratón de caídas el día de viento aterriza sobre la acera con ruido discreto. La piel se abre y deja salir un líquido que, con la escasez de luz puede pasar por sangre o por sirope o por refresco sin gas. El joven apoya el pie en la mandarina herida y acaba con el sufrimiento dejando todo el zumo esparcido por la acera.
-No era un naranjo- recrimina el joven mientras golpea la mandarina que acaba en el medio de la calzada.
-Bueno son de la misma familia ¿no?
El joven observa la mandarina que ahora no es más que una mancha olorosa.
-Vamos al bar, apetece un zumo de naranja.
El mayor que repliega las ondas que enviaba a su compañero y su cabeza se llena con sabor suave de un zumo de naranja recién exprimido

-Alberta-

Alberta, Alberta. El nombre rebota por las paredes de mi cráneo sin que lleve impresa la imagen de ninguna mujer, ni joven ni vieja que yo conozca.
Seguramente será el nombre de alguna heroína de novela por entregas que habré leído en pliegos de papel pasado de moda. Ahora no habrá muchas mujeres que se llamen Alberta, ni tampoco concibo que alguien se cambie el nombre y se ponga Alberta. No porque no sea un hermoso, pero ahora, la femenizacion de los nombres masculinos no está de moda. Ya quedan pocas Ricardas, Javieras e incluso Antonietas.
Eso de cambiarse el nombre a mi suena parecido a hacerse la cirugía plástica. No estás conforme con el nombre que tienes, te sientes a disgusto con él pues vas y te lo cambias. Pero se nota, vaya si se nota. Alguien que se llamaba originariamente Alberta y ahora se llama Esmeralda, no espere tener de repente más valor. Es más, creo que el nombre tiene un brillo apagado. Como si antes hubiera sido madera y ahora fuera carbón. Es lo mismo pero distinto.IMG_4791
Alberta, Alberta, el nombre da vueltas por mi mente y por mi boca como el hueso de melocotón al que ya no le queda pulpa pero te resistes a escupir.
Tiene que ser un nombre extranjero. Esto también es un tanto ambiguo. Ser extranjero cambia según el que lo mira. Yo siempre soy yo, pero a veces soy extranjera. Cuando uno está rodeado de extranjeros ¿ quién es el extranjero?
El nombre tiene ganas de que piense en él y se asoma por mis labios para que lo repita. Si lo repito muchas veces pensará que es más real y aparecerá ante mis ojos la imagen de una mujer que tiene cara de cansada, que apenas puede con su alma pero que escribe una gran obra que quedará escondida en un rincón porque nadie quiere leer la obra de una ama de casa, a menos que sea del siglo XVIII, soltera e hija de un capellán.
Pero Alberta quiere su historia. Ahora, ya. Quizás quiere ser una Alberta que no acudió a la cita. Una joven hermosa, atractiva, coqueta segura de tener más de un pretendiente con el que pasar la tarde. O una Alberta llena de remordimiento, adultera y con mucha virtud, que renuncia a una pasión. Quizás una Alberta apática, sin ganas de salir por el calor.
En todo caso me da cierta pereza, lo siento Alberta, es hora de pensar en otro nombre.

-Billete y medio-

Este es el inicio del libro que acabo de publicar. Un libro donde un hombre acompañado de su gato busca su destino subido en un tren. Nunca va solo, los otros viajeros le ayudan a llegar, porque ningún hombre es una isla y ningún viajero es un viajero si no hay otros empeñados en que hay un viaje. Y un tren o coche o bicicleta o unos zapatos a los que subir para que se pueda llegar más lejos, quizás al infinito. Aunque el infinito hace tiempo que dejó de ser un lugar lejano.billete_y_medio_4048_J6wqrsR7

BILLETE Y MEDIO

Tras leer las historias de un premio nobel japonés, me he dado cuenta de que en mi pueblo, no hay leyendas sobre mujeres gigantes, ni sobre guerreros con armadura y espada. Ni tan siquiera se habla de mil aldeanos revolucionarios. La única leyenda que recuerdo, es la que contaba mi abuela y hablaba de que algún día llegaría hasta nuestro pueblo el tren.

Mi pueblo, cuando yo era pequeña, no tenia nada de especial. No estaba rodeado por un bosque lleno de ramas persiguiendo a los niños. Ni había rocas con caras sin ojos, ni lunas de sangre para noches de invierno. Ni siquiera tenía un río repleto de peces de plata que contaban sus penas mientras los metían en la red. Lo único con lo que los habitantes de mi pueblo tejían fantasías, era con que algún día, a nuestro pueblo, llegaría el tren.

No sé que explicación extraña puede darse decía mi abuela, pero se metió en la mente de todos, que lo que les hacia falta para ser felices era un tren. Alguno se sorprenderá de que una palabra tan corta tuviera tanta importancia, pero tiene su lógica porque tren con solo tres letras, tiene un significado de largo recorrido.

Según explicó mi abuela, desde que se instaló esta la idea, no había celebración en la que el tren no acabara siendo protagonista. Todo terminaba girando a su alrededor y cuando, pasado un rato, la animación languidecía, solo faltaba que alguien volviera a nombrar al tren, para que el interés se reavivara y la fiesta volviera a empezar.

Toda la gente imaginaba, sin que nadie lo hubiera descrito, el mismo tren. Lo veían largo, con vagones silenciosos, de asientos suaves como los días de fiesta, que corría más rápido que el coche del señor Berto, el taxista. También quedó en la mente de todos que el tren llegaría hasta el centro del pueblo. Y vendría repleto de todas las cosas bellas que la gente imaginara y más. Nadie lo dudaba, la estación estaría en el centro mismo de la plaza del pueblo, la que hacía poco habían remodelado, equidistante de cualquier lugar. Una vez que el tren llegara, en sus vagones cabría todo el pueblo, nadie se quedaría sin subir y se irían a ver mundo, pensando en volver al pueblo para ser felices y comer perdices. Porque esto sí que estaba claro, el tren se los llevaría bien lejos pero para volver. La verdad es que el tren se convirtió en el motor de la vida del pueblo pero también fue motivo de rencillas y separaciones.

Como en todos los recorridos, decía mi abuela, no solo cuenta el final sino que todas las estaciones tienen su importancia. La primera estación de nuestro tren llegó el día en que quedó señalado el punto exacto donde iría el puente que cruzaría la vía. Las autoridades se dieron cita y comieron de lo lindo. Bueno, menos el cura, por alergia al marisco y la mujer del alcalde por miedo a que le estallara el vestido. La banda sonó con más fuerza y cantó aquello de “El chachachá del tren”. Y lo que era un interés colectivo y de pensamiento casi único, acabó con una división en el pueblo.

 

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-Palabra de hierro-

Entre el hierro y la madera, la literatura se queda con el hierro. Mejor si es forjado. Cuando ve retorcerse el mineral se imagina historias llenas de pasión a través de estos barrotes torcidos. Las letras, en el fondo no son más que hierro retorcido sobre un papel blanco.
Antes, cuando las historias eran libros gordos con pasiones inacabables, las letras con que el autor autografiaba sus historias, eran como retortijones de literatura que se metían por los poros del papel y creaban un entramado de hierro. Este entramado era deshecho con dificultad por el lector pero con intenso y fructífero placer. Ahora también el lector disfruta, pero la letra sin esfuerzo y de igual trazado que la máquina proporciona pierde intensidad y al desenredar la trama, no se percibe el dolor que las letras obligaron al autor a sufrir.
El hierro es negro, IMG_4839aunque se pinte de colores y deja reticente que le penetre la pintura en los poros por lo que la literatura lo prefiere a la madera con sus vetas planas como renglones vacíos por los que deambulan los personajes como si pasearan en una recta avenida. Aunque los personajes literarios, son más de curvas cuanto mas retorcidas mejor para hacerlos vivir. La literatura no ha de tener demasiadas facilidades sino pierde su fuerza y a la que te descuides, queda convertida en mondadientes que da vueltas por la boca sin entrar nunca en el estomago para convertirse en placer por todo el cuerpo.
El hierro es fuerte, noble y casa bien con otros metales para crear bronce, un premio. Por esto la literatura lo ama, lo busca, lo convierte en algo más fuerte que el propio hierro, la palabra escrita. La palabra se vuelve eterna como este mineral negro y sin alma que se deja forjar a fuego. Las palabras forjadas con el fuego de la idea se transmutan en lava líquida a los ojos del lector. Cuando se apagan los ardores, queda el metal retorcido en las letras y entonces la literatura se convierte en arte.
El hierro colgado en ventanas y balcones se asoma al mundo como el lector se asoma al libro y en él encuentra la historia forjada por la mente del escritor. Porque en definitiva, la palabra-hierro es el arma más poderosa que nunca creó el hombre.

-Penitencias-

Camino sin rumbo por una calle , solo por el placer de sentir el pavimento endurecerse bajo mis pies. A la altura del número 34 se abre una puerta y una mujer altísima sale de la casa y se sitúa ante mí. La perspectiva de ver algo más atractivo que los cuadrados esparcirse por el suelo, es un aliciente para seguir andando. La mujer lleva una sombrerito rosa, en realidad un casquete que le cubre la parte alta de la cabeza. No  veo la necesidad de tapar la cabeza con algo semejante a una caja, pero la mujer le da unos toques para asegurarse que está ahí. Calza zapatos de tacón alto, color rosa. Me sorprende que una mujer alta quiera ser más alta. Los zapatos de color rosa combinan con el sombrerito. Pienso que los extremos del cuerpo de la mujer, vestidos color pastel, hacen que parezca más pequeña.IMG_1971 Se detiene ante el semáforo y aprovecho y miro su cara. Su boca pintada de rosa es grande y dura. No distingo sus ojos, porque una red tenue le cubre la parte superior de la cara. Sorprende la red, que al andar se le mete en los ojos y lejos de convertirla en una mujer fatal, la hacen vulnerable. En la esquina se quita un zapato y se masajea los dedos de los pies. Luego hace lo mismo con el otro zapato. Descalza, con los zapatos a un lado, los dedos se ven rojos ante la palidez del rosa. Se agacha para asegurar un zapato y la red que cubre sus ojos desciende hasta su boca. La mujer disimula pero no puede evitar la palabrota que se cuela indiscreta por los agujeros del tul. Una vez calzada se coloca bien el velo del sombrerito. A todas luces, la incomodidad de la mujer hace que mi paseo se vuelva interesante. Miro mis zapatos planos y cómodos. Si me los quitara, mis pies serian blancos, de un blanco agradecido. Los zapatos de la mujer brillan al sol de la mañana, los míos oscuros y polvorientos parecen burlarse de la palidez rosa e incomoda. Seguimos andando, yo con paso seguro, la mujer con paso cada vez más inestable. Nos detenemos, ella se descalza, yo aprieto mis cordones.
Pasa un rato y ella camina ahora con paso ligero a pesar del dolor manifiesto de sus pies. Camina tan rápido que mis zapatos cómodos apenas si siguen el ritmo. El ruido de los tacones asusta el pavimento, el sonido chato mis zapatos lo endurece. Hasta que la mujer se detiene aliviada, ante una iglesia. Con mucho cuidado se levanta el velo y se mira los zapatos. Imagino que se los quitará y los dejará en la puerta como en otras religiones. Pero no, los limpia y reorganiza sus pies ahora hinchados por el esfuerzo. Y entra muy erguida en el templo.
Dejo a la mujer con su sombrerito de tul y sus zapatos rosa sentada muy erguida en el último banco de madera. Los pies duramente calzados con zapatos rosa. Los ojos tapados por una sutil red.
Hay penitencias inimaginables para los ateos.

-La palmera-

IMG_6308El aire muy despeinado
no ha parado de agitar
las hojas de la palmera
porque se quiere peinar.

Y en peines convertidas
las hojas de la palmera
la conocen por doquier:
del viento, la peluquera.

-Una noche en la ópera-

Anoche fui a la ópera, la de verdad, con cantantes de voz potente y un decorado impresionante. No tuve que andar mucho. Si en lugar de tener el teatro, como quien dice al lado, hubiera tenido que desplazarme unos quilómetros más de los que hago para ir al super, la importancia hubiera sido doble. Yo de ópera, lo que se dice experta no soy, pero conozco algunas arias, por la publicidad. Es lo bueno que tiene la publicidad, que difunde músicas y a David Linch.
Una vez vi un anuncio de Linch con ratas y porquería y pensé que nadie debería dejarle hacer estas cosas. Porque la ratas tenían arte.
El hecho es que fui a la ópera porque en un sorteo me tocaron dos entradas. Pedro sí que tenia ganas de ir a la opera. Estaba entusiasmado. No es raro, se entusiasma con todo lo que a mi ni fu ni fa. IMG_2056
Esta vez sí que nos ha tocado algo que merece la pena me dijo. Me contó un rollo sobre que ir a la ópera es como aquello de plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro. Si no lo haces, no has participado en el desarrollo futuro de la humanidad.
Sinceramente no creo que la humanidad tire adelante por semejantes proyectos.Lo de plantar un árbol lo entiendo, aunque sea uno de los que tarda tanto en crecer que no puedes estar segura. El problema es qu,e si los millones de personas que vivimos en la tierra plantamos un árbol tendremos que irnos a vivir a marte. Todo se dice muy pronto pero hay árboles que no deberían ser plantados, lo mismo que hay personas que no deberían haber nacido y no lo digo por el representante de máquinas tragaperras.
Pedro habla de plantar un árbol para poder tener papel y escribir un libro. Aunque Pedro ya ha escrito un libro que no ha leído nadie, más que él, yo y el vecino que nos debe un favor. Creo que quiere tener un hijo para asegurarse que haya otro ser humano que lea su libro.
Él siempre con sus ideas. Al menos si se entretiene con la ópera no me dará la tabarra con lo de que tengamos hijos. Una docena de hijos y unos amigos y ya le sale a cuento la autoedición