
n la tapa lo pone bien claro: caducado, tatuado con unos garabatos frescos por las horas que han pasado en la nevera. El frío no ha impedido que caduque el yogur y que los números hayan acabado siendo el dato más relevante del producto. Porque a quién le importa si la leche fermentada es desnatada, si tiene bifidus activos o si lo comen lo griegos de buen ver. Los que verdaderamente han vencido son los números de la tapa que han resultado lo primordial del yogur. Al final ha resultado más decisivo lo que tiene fuera que lo que tiene dentro.
Él, que había abierto la nevera con esperanza de encontrar algo comestible, se queda con el yogur en la mano. Los números de la tapa le detienen. Recuerda que lo guardó para un caso de apuro, sin darse cuenta que el tiempo también corría para el yogur y se le pasaron las ganas de ser un alimento.
Le dilema se instala en su mente: me lo como porque está bueno a pesar de estar caducado o lo tiro porque está caducado a pesar de que creo que está bueno. Su mundo se para ante la duda. El yogur espera con la tapa cerrada y él con la cabeza dándole vueltas. El hambre decide. Coge una cuchara y le arranca la tapa pero antes de ponerle azúcar, huele la superficie en la que un líquido blanquecino navega. Duda y vuelve a oler. Nada raro. Quizás un olorcillo agrio debido a la misma naturaleza del yogur dice convencido.
Echa una cucharada de azúcar y lo prueba. Mejor dos y mata el sabor que nunca ha sido muy de su agrado. Sobre la mesa la tapa muestra los números, está caducado parecen gritar. Pero los ignora y acaba rebañando el fondo. Al acabar tira el bote vacío en la bolsa del reciclado pero ante la tapa, duda. Finalmente la deja sobre la mesa. Si le pasa algo, ella será testigo de que se comió un yogur caducado.
Y se va dormir con el alimento transformándose en el estómago y los números de la tapa rebotando por el cerebro. Hasta que el sueño apacigua a las ideas y deja que sea la naturaleza la que decida. Al día siguiente se despierta y sonríe satisfecho, no ha pasado nada y se siente inmortal, como si hubiera vencido al dragón.
Con energías renovadas, las que le regaló la caducidad del yogur, anda seguro por la calle y cruza sin mirar. Pero el semáforo no sabe que anoche desafió el destino comiéndose un yogur caducado y cambia de color mecánicamente mientras un coche pasa acelerado.

Tengo siempre el mismo dilema. El tema es que no le creo a las fechas de vencimiento y me molesta tirar comida. Pero también creo que hace tan mal comer algo en mal estado como alimentos que están bien pero creemos que están mal. El cerebro y sus enanos pedaleantes son capaces de descomponernos con sólo pensar en que ello pudiera suceder. Y es más frecuente pensar en eso que en la posibilidad de que nos pise un coche en la esquina. Porque los accidentes siempre la suceden ‘a otros’. Curioso, ¿no?
Salut (y hasta fines de febrero)!
Se echaran de menos tus comentarios, pero te deseo que disfrutes de tus vacaciones.
Salut
Todos andamos siempre con un mar de dudas en la cabeza sin cuestionarnos un mal paso en una carretera o ante una maceta que vuela de una ventana cualquiera. Venga de dónde venga el peligro, este nos acechará siempre de manera que en un segundo nuestra caducidad estará reservada a la casualidad.
Un abrazo.
Buen comentario Piper, todos tenemos fecha de caducidad, aunque no nos guarden en la nevera.
Salut
Tu entrada me ha recordado a mis dudas existenciales acerca de si comerme o no comerme un yogur caducado. Al final acabo no comiéndomelo, soy así de prudente y absurda.
El último párrafo sin embargo me ha dejado ”en shock”. Me gustaba la idea del valiente muchacho que desafiaba al destino comiéndose el yogur.
Un abrazo
S
Yo a veces me siento valiente y me como el yogur caducado, pero miro al cruzar por si acaso.
Salut
Fuerte relato sobre la caducidad de la vida, que depende más que de una fecha, de una causalidad. Saludos
Salut Minicarver, un placer leerte.
La caducidad está en todos lados, son las compañeras de las barras de los precios. Ahora todo dura menos de lo previsto, así vuelves a comprar.
Si seré valiente que ando por cualquier lado con la caducidad a cuestas, eso sí le saqué el precio.
Un abrazo.
Hasta pronto.
Buen comentario Stella, es cierto todos vamos con la fecha de caducidad a cuestas.
Salut
Me ha encantado tu relato que trata del azar. Lo intentamos controlar en detalles que son de risa, la sociedad nos infantiliza advirtiendonos del más mínimo riesgo, pero al final no somos dueños de nuestro destino. Afortunadamente.
un abrazo de una comedora de yogures caducados.
Gracias por el comentario Anne. Vigila al cruzar.
Salut
Se podría decir de aquella película ficticia “la maté por un yogur y estaba caducado”. Una vez más haces un relato de la vida misma. Nos pasamos el tiempo dándole vueltas a cosas triviales y sin embargo el azar nos pone en nuestro sitio.
Saludos.
Cuando uno se cree que ha vencido al tiempo, una manecilla del reloj le pone en su lugar.
Salut