-Casas-

Cuando era pequeña pensaba que las casas se morían al quedarse vacias. Siempre que una casa era abandonada, abría puertas y ventanas como si le faltara el aire. O como si lanzara gritos para que entrara alguien y la volviera a ocupar a costa de dejarse arrancar baldosas y mosaicos o clavar algún cuadro.
Con el tiempo he visto que a las casas no les gusta la soledad, prefieren la aglomeración, la gente entrando y saliendo, el bullicio festivo de un día en la ciudad antes que la tranquila soñolencia de una tarde de verano en un pueblo cualquiera. DSCN1943Las casas necesitan personas que respiren y coman y se peleen en su interior. Porque al estar vacías se llenan de bichos ruidosos. Y antes que plantas trepadoras que se meten por todas partes les gustar tener colgado, aunque sea un calendario que regale una innecesaria y fría puestas de sol. Tener una puesta de sol en la pared hace luminoso el comedor. Más que una enredadera salvaje que se pelea con un rosal por ver quien tapa primero lo ventana y no deja entrar la luz.
La soledad de las casas se acaba cuando alguien las ocupa para estar solo. Se acabó el aislamiento, la casa se convierte en morada y se siente feliz aunque el solitario sienta la soledad más asfixiante y polvorienta.
La soledad de los bloques de pisos se lleva mejor aunque es más triste. Ver un edificio alto, cubierto de un vacío de ventanas abiertas es más sorda que la soledad de una casa sola, en medio del campo. Las ventanas no tienen que ver como las demás se vuelven agujeros abiertos, sólo ven el aire que entra y piensan que hay demasiado sol y poco ruido. Por esto dejan entrar a los pájaros y los bichos, porque no pueden soportar el silencio.
Las casas abandonadas primero pierden las tejas como los pelos que van cayendo dejando la cabeza a merced del sol que se mete hasta el fondo y se cuela por las vigas. Tanta luz no es buena y se hunde mostrando una herida abierta para que el calor se desquite por no haber podido entrar antes y seque su corazón.
Hay gente que tampoco es que tenga mucho corazón pero tienen dos casas. Vivir en dos casas es como tener un desdoblamiento de personalidad y necesitar un espacio para cada una. Una casa cuando eres sociable y otra para cuando quieres estar solo. Es como ser bígamo de casas. Pero a ellas no les importa, mientras haya personas que respiren y coman y se peleen en su interior.

-Ti odio-

Él está sentado en un banco de cerámica. Es un banco lleno de arte, colores calientes se mezclan con los azules en perfecta armonía con los cuadrados perfectos de las baldosas. DSCN0874 La espera. Como si temiera que no vaya a venir se ha traído un libro. Uno bien grueso de tapas blandas para que la lectura le sea cómoda. Las tapas duras, a pesar de tan ingrato adjetivo van mejor para leer. Las tapas son las grandes olvidadas, como él, que sabe que ella no va a venir y se siente desgraciado a pesar del hermoso banco de cerámica y del libro con tapas blandas para hacer más liviana la literatura. El sol se borra. Y él para compensar el abandono se venga escribiendo un graffiti. Mariela ti odio. El desprecio queda inmortalizado en la tercera baldosa empezando por la izquierda. En azul para no desentonar con los colores del banco.

-Otras víctimas-

Los niños jugaban entre las ruinas de la ciudad devastada por las bombas que como monedas los aviones lanzaban contra el suelo. Cada mañana, apenas se levantaban de la cama, salían a la calle y se reunían en el último edificio destruido. Era el que tenía más posibilidades de albergar algún tesoro. Más tarde los hombres se llevarían cuanto hubiera de valor. Luego llegarían las mujeres a llorar. Y luego la prensa a informar de lo de siempre.IMG_3600
Aquel día el último edificio derrumbado era la biblioteca. Por el suelo, algunas hojas habían abandonado los libros y lejos de sentirse libres se quedaban a su lado. Parecían querer volver a formar parte de la historia que tan miserablemente les habían arrancado. Sólo quedó un libro intacto.
Un niño lo recogió con cuidado. Lo abrió e intentó descifrar qué decía. Leía con dificultad, la escuela había sido destruida hacía mucho tiempo y le costó entender. Decepcionado lo lanzó otra vez al suelo. No tenía preciosas imágenes sólo una larga lista de nombres.
Un anciano que observaba le llamó y con paciencia le explicó la importancia del libro que había menospreciado. Era el catálogo de todos los volúmenes que había albergado la biblioteca. Allí estaban todos y, como guardianes de la cultura, habían perecido cumpliendo su deber.
Al día siguiente en la única pared que quedó en pie de una espléndida biblioteca, los niños escribieron con su irregular letra, los nombres de todos los libros que habían caído en la batalla.

-Resistencia-

Las hileras de almendros, con sus hojas a medio caer y sus ramas apuntando hacia el cielo, tienen algo de resistencia agónica, como si aceptaran el destino y al mismo tiempo se rebelaran cuando ven el destino cerca
Paseando bajo los árboles, observo algunas hojas que permanecen colgadas a la espera de acabar en suelo, donde otras las esperan desde hace días. Las hojas del suelo deambulan por allí, aburridas, sin que el viento, que jugó tan alegremente en la rama, se tome la molestia de llevarlas lejos.

En el último almendro, el que está un poco apartado, hay una almendra, una única y solitaria almendra. Aún conserva, medio abierta, la piel verde que el tiempo ha vuelto oscura e innecesaria. Permanece colgada como un adorno navideño, que aunque ya han pasado las fiestas, se empeña en sobrevivir al tiempo. IMG_1664.
La almendra, en su resistente soledad, no atiende a las caricias del viento ni a los calurosos ardores que le envía el sol. Nada parece tentarla para abandonar la rama y dejarse caer.
Y yo viéndola sola y vestida con los andrajos de tiempos mejores, no entiendo el porqué de su resistencia. ¿Qué consigue allá arriba siendo blanco de corrientes de aire y rayos de sol? ¿No sería mejor compartir destino con las otras almendras, despojarse de los restos de su andrajoso traje verde y de una vez, lucir el leñoso vestido de otoño?

Y otorgándome el papel de un dios caprichoso, cambio su previsible final y la arranco. Tan indecisa como el propio destino, que juega con las vidas que tiene entre manos, la guardo en el bolsillo trasero de mi pantalón.
Mientras me alejo siento el bulto de la almendra que me acompaña y no estoy segura de si, el haberla arrancado, es un premio o un castigo por no dejarse caer.

-El viaje-

El amanecer es un buen momento para emprender un viaje. El día tiene el encanto de las cosas sin estrenar y de los libros aun no leídos. Con esta idea en la cabeza y las llaves en la mano arranco el coche y empiezo el viaje como si comenzara un libro, con principio y final y con lo más lo interesante en el camino que uno va trazando.Cuando era pequeña llevaba una buena provisión de cuentos si tenía que viajar. Se me hacía más corto el trayecto si al final quedaban libros sin leer. Aún hoy procuro tener libros a la espera de ser leídos, porque dentro de ellos, agazapados entre sus hojas guardan el tiempo.

La carretera se abre ante mí como una cinta cosida al suelo, con los lados bordados y el centro que conserva aún el hilván. No me gusta el color de la calzada, gris tirando a negro. A veces tengo suerte y un espejismo la llena de agua. Cuando lo atrapo pienso que quizás para la calzada el espejismo sea yo.

Los árboles se desperezan a mi paso y se inclinan. Las montañas con sus crestas onduladas recuerdan gigantes lejanos que vigilan sin nada que decir. Una cantera con sus interioridades blanquecinas y superpuestas, rompe la esclavitud del verde. Parece un pan que ha sido cortado en rebanadas y se ha quedado ahí seco y sin que nadie recoja las migas.

Me detengo un instante pero vuelvo rápido antes de que el sol aparezca. Es una carrera contra la luz, que sé que tengo perdida. Pero no me resigno y continúo con un ojo en el cielo y otro en la tierra como los buenos santos.IMG_1815

En medio de la autopista, donde las azaleas enferman de CO2, aparece el indicador de viento. Ha remitido el aire y se ve flácido, como el colador de café que tenía mi abuela.

Mi abuela preparaba el café en un gran perol. Lo llenaba de agua y luego le añadía el café molido, lo dejaba hervir y lo filtraba con una especie de embudo de tela. Los primeros días, tras el filtraje, devolvía el café al perol y añadía agua. A medida que pasaban los días el café era menos café y más agua. Pero ella continuaba con la ilusión de que su café era como el primer día, como una gran historia de amor que los protagonistas se empeñan en conservar.

El viaje emprende otro capítulo. A cada lado aparecen unas señales naranja que en su parte lateral llevan escritas las letras SOS. A mi me parecen exclamaciones pidiendo socorro. Hay un retrovisor en el suelo que se cansó de mirar el mundo al revés. Está bocabajo y pienso que a lo mejor ahora verá reflejado el cielo.

Los paneles indicando las ciudades aparecen como islas azules en el gris del asfalto y van avisando de los kilómetros que faltan. Depende de lo que esperes encontrar al final del viaje parecen una amenaza: ya solo quedan 2km, ya solo queda 1km, ya solo quedan 500m.

Como tenía la cabeza en la carretera, me he saltado la señal de mi salida y tengo que viajar 35 Km más. Hay una curva peligrosa que me ha dado un susto.

A veces cuando voy por la autopista me parece que dios juega al escalextric.

- Compartiendo la sombra-

Como cada día Jacobo C. observó su sombra bajo el sol. No pareció muy convencido. Los bordes se veían un tanto desdibujados y la superficie interior, a causa de las piedras, era bastante irregular. Recogiendo hojas de palmito formó una improvisada escoba y barrió toda su sombra hasta que la dejó limpia. Después con un palo, dibujó las líneas del contorno y apiñó alrededor piedrecillas y demás restos del suelo hasta convertirlos en las paredes cambiantes de una figura sin cara.
No lejos, Ruy T. observaba al hombre que estaba absorto en su sombra. Como él, cada día se dejaba caer por las cercanías para mirar, al principio con cierto disimulo, como el hombre parecía entablar un mudo diálogo con ella. En ocasiones sacaba su libretita y anotaba los cambios que iba realizando el otro mirando su sombra. Como se estiraba con la sombra alargada, la calidez que le daba a la sombra cercana, la insistencia en reconocer la sombra apenas visible bajo la luz del sol…, todo era tenido en cuenta.IMG_1784
Los días de lluvia deambulaban los dos como ánimas en pena buscando en los rincones la sombra que no había acudido a la cita. Uno se sentía despojado de algo que le pertenecía y el otro se solidarizaba tanto, que gustoso le hubiera dado su sombra para que la mirara si no hubiera quedado él también huérfano.
Mirar como alguien mira su sombra tiene algo de impúdico, de espiar algo prohibido y a la vez es algo inocuo e inocente pues la sombra no es sino la nada con relieve se decía Ruy. En esta ambivalencia se movía hasta que se decidió a dar la cara.
Ruy esperó a que el sol estuviera alto para aparecer como si tal cosa y sentarse cerca. Jacobo, ajeno al escrutinio al que era sometido, miraba la sombra e imaginaba formas y colores imposibles para tal cuerpo. Luego al darse cuenta de unas piedrecillas, las fue apartando hacia la parte exterior de la cabeza, como si quisiera despejar el cerebro de malos pensamientos. Estaba tan absorto que se sobresaltó cuando otra sombra hizo su aparición. Por un momento pensó en un desdoblamiento pero al oír una voz grave se dio la vuelta.
-¿Me permite mirar como mira su sombra?- preguntó Ruy
-¿Es que acaso no tiene usted una?
-Si, pero prefiero ver como usted mira la suya.
-De acuerdo, pero no debe usted decir nada.
-No se preocupe. Estaré en silencio.

Y a partir de aquel día se reunían en el rincón más luminoso del parque a mirar uno su sombra y el otro a tomar nota para dejar constancia de cómo mirar una sombra.

-Belleza y dolor-

Contemplar la belleza me duele. Siento que hay no soy capaz de comprender lo que me dice, como si fuera un vaso lleno de agua que por más que beba me deja con sed.
Y me da miedo que el cielo que sobre mí se esfuerza en regalarme nubes para que yo las transforme, me exija un precio por este regalo.
Veo los colores y me maravilla como se combinan para dar vida a una pelota y a una iguana soñolienta. Me fascina que se mezclen para que yo no distinga cual es y a la vez sienta música en mi retina. Pero el miedo está ahí sin que el color tenga culpa. Tendrá el arcoíris un secreto que por mas que lo mire no me cuente. O las facetas del ojo de la mosca saben descubrir lo que yo padezco y disfrutarlo mientras liban la flor que para ellas no es más que comida y que yo me empeño en que es algo más.IMG_1601
La cima de la montaña está demasiado alta aunque la alcance de lejos con mis manos. El calor del sol es hermoso aunque queme y la luna se mece compitiendo con estrellas que quizás hace tiempo que murieron y a mi me fascina. Siento que mi alma sale al encuentro de la belleza que transpira y a la vez me escuece con pesar el hecho que nunca seré capaz de comprenderla y mucho menos que imitarla.
Incluso la oscuridad que resalta la hermosura de lo oculto me parece imprescindible. Lucha con la luz para vez cual de las dos reina en la noche mientras mis ojos se esfuerzan en darle a cada una la razón. Las sombras aparecen por los rincones creando monstruos extraños, criaturas que hacen de la fealdad bandera de belleza. Y se visten de aire para hacerlas más livianas. Entones es cuando me duele más la belleza, porque no solo veo sino que imagino lo que se esconde detrás del amago de figura que puebla el rincón de mi cuarto.
El color también se ha metido en los ojos de mi gato y resaltan cuanto ven. Yo le miro y descubro que él también prefiera la belleza ausente de la sombra a la clara luz de un rayo. Los dos estamos asustados ante la figura inquieta que se esconde tras la cortina, que danza y se descompone para volverse a quedar quieta. Aterrorizados por la hermosura de la imagen cerramos los ojos y nos vamos mientras la cortina no parece inmutarse y se hincha con el aire para hacer más importante su misterio.