-Rebeldes-

Uno de los infinitos puntos de la circunferencia se rebeló contra la ley que le obligaba a permanecer equidistante del radio. Su primera acción fue solo un pequeño e imperceptible estiramiento pero fue suficiente para descolocar el perfecto arco de la curva. Al darse cuenta, la tangente le llamó la atención e inmediatamente fue obligado a volver a su lugar. Había que evitar a toda costa mostrar otros caminos a los influenciables puntos, que permanecían atentos, muy pegados os unos a los otros para no sobresalir ni romper la monótona armonía del arco.IMG_5719
Pero el punto era tozudo y en cuanto tuvo oportunidad, volvió a intentar el estiramiento. Este intento lo llevó una milésima más lejos que la vez anterior. Un logro que se acrecentó al notar que un compañero le había seguido en la aventura. Ahora no estaba solo. La represión de la tangente fue mayor, no solamente había roto las normas sino que había arrastrado a otro en su mal proceder.
La noticia de que un par de puntos habían roto la disciplina circular se propagó por la circunferencia y alentó a otros puntos a intentar el estiramiento. Al rato un movimiento se extendió por toda la longitud creando un caos armónico de puntos que se movían y volvían a su lugar con una eufórica sensación de libertad.
Pero la sensación duró lo que dura un suspiro cuando el radio, cual látigo represor, golpeó fuertemente la superficie del círculo llamando al orden a los díscolos puntos. Todos volvieron a su lugar sin oponer resistencia.
Pero de cuando en cuando, se corre la voz y un grupo de atrevidos puntos forman una esquina de ángulo perfecto y sueñan con que un día el mundo será cuadrado.

-Porto-

Siempre me sucede que las ciudades, como las personas, son distintas a como me las habían presentado. Si las escucho, me abren su interior y me muestran que en ellas late un corazón de piedra, de agua, de historia.
Al igual que las personas, algunas se anclan en el pasado, otras están tan llenas de futuro que parece que no saben a donde van, y unas pocas permanecen dormidas esperando el beso del príncipe. Pero hay una que se mueve, gira como un carrusel y si te embarcas, puedes disfrutar de ver rodar el mundo. Como Porto.IMG_5292

Caminado por Porto sientes que algo te invita a cruzar su propia historia por los distintos puentes. Notas como compiten por llevarte más alto, más lejos, más seguro para volver al lugar de donde partiste cerrando el circulo y navegando por un río que, como una sonrisa, se alarga por la orilla perezoso.
El único que parece estar confundido mientras va y viene es el sol. Y lo demuestra lanzando guiños que las baldosas de las fachadas se apresuran a devolver. Esto lo desconcierta. No es una, sino que son cientos, las que brillan a su paso y él no sabe cual de ellas elegir. Todas son tan hermosas cuando le miran con sus ojos de colores que él mareado, prefiere dirigir sus rayos al Duero. Allí, entre las discretas olas se siente a gusto y se mece, hasta que la tarde con sus prisas le lleva lejos donde la niebla se baña y las gaviotas ya no lanzan gritos de protesta a los turistas.
Por una vez el rio vence al mar y yo me descubro viajando en un puente sin pasado ni futuro con una copa de Oporto en la mano. Tan antiguo como las arenas, tan nuevo como la niebla, tan brillante como el sol y tan suave como el agua que le acoge en su orilla.

Porto se mueve. Subida en sus puentes he viajado al lugar desde el que regresas con un equipaje lleno de reflejos de baldosas, de colores suaves, de caras alegres y con el sabor dulzón y antiguo del mejor vino de Oporto.

-Casas-

Cuando era pequeña pensaba que las casas se morían al quedarse vacias. Siempre que una casa era abandonada, abría puertas y ventanas como si le faltara el aire. O como si lanzara gritos para que entrara alguien y la volviera a ocupar a costa de dejarse arrancar baldosas y mosaicos o clavar algún cuadro.
Con el tiempo he visto que a las casas no les gusta la soledad, prefieren la aglomeración, la gente entrando y saliendo, el bullicio festivo de un día en la ciudad antes que la tranquila soñolencia de una tarde de verano en un pueblo cualquiera. DSCN1943Las casas necesitan personas que respiren y coman y se peleen en su interior. Porque al estar vacías se llenan de bichos ruidosos. Y antes que plantas trepadoras que se meten por todas partes les gustar tener colgado, aunque sea un calendario que regale una innecesaria y fría puestas de sol. Tener una puesta de sol en la pared hace luminoso el comedor. Más que una enredadera salvaje que se pelea con un rosal por ver quien tapa primero lo ventana y no deja entrar la luz.
La soledad de las casas se acaba cuando alguien las ocupa para estar solo. Se acabó el aislamiento, la casa se convierte en morada y se siente feliz aunque el solitario sienta la soledad más asfixiante y polvorienta.
La soledad de los bloques de pisos se lleva mejor aunque es más triste. Ver un edificio alto, cubierto de un vacío de ventanas abiertas es más sorda que la soledad de una casa sola, en medio del campo. Las ventanas no tienen que ver como las demás se vuelven agujeros abiertos, sólo ven el aire que entra y piensan que hay demasiado sol y poco ruido. Por esto dejan entrar a los pájaros y los bichos, porque no pueden soportar el silencio.
Las casas abandonadas primero pierden las tejas como los pelos que van cayendo dejando la cabeza a merced del sol que se mete hasta el fondo y se cuela por las vigas. Tanta luz no es buena y se hunde mostrando una herida abierta para que el calor se desquite por no haber podido entrar antes y seque su corazón.
Hay gente que tampoco es que tenga mucho corazón pero tienen dos casas. Vivir en dos casas es como tener un desdoblamiento de personalidad y necesitar un espacio para cada una. Una casa cuando eres sociable y otra para cuando quieres estar solo. Es como ser bígamo de casas. Pero a ellas no les importa, mientras haya personas que respiren y coman y se peleen en su interior.

-Ti odio-

Él está sentado en un banco de cerámica. Es un banco lleno de arte, colores calientes se mezclan con los azules en perfecta armonía con los cuadrados perfectos de las baldosas. DSCN0874 La espera. Como si temiera que no vaya a venir se ha traído un libro. Uno bien grueso de tapas blandas para que la lectura le sea cómoda. Las tapas duras, a pesar de tan ingrato adjetivo van mejor para leer. Las tapas son las grandes olvidadas, como él, que sabe que ella no va a venir y se siente desgraciado a pesar del hermoso banco de cerámica y del libro con tapas blandas para hacer más liviana la literatura. El sol se borra. Y él para compensar el abandono se venga escribiendo un graffiti. Mariela ti odio. El desprecio queda inmortalizado en la tercera baldosa empezando por la izquierda. En azul para no desentonar con los colores del banco.

-Otras víctimas-

Los niños jugaban entre las ruinas de la ciudad devastada por las bombas que como monedas los aviones lanzaban contra el suelo. Cada mañana, apenas se levantaban de la cama, salían a la calle y se reunían en el último edificio destruido. Era el que tenía más posibilidades de albergar algún tesoro. Más tarde los hombres se llevarían cuanto hubiera de valor. Luego llegarían las mujeres a llorar. Y luego la prensa a informar de lo de siempre.IMG_3600
Aquel día el último edificio derrumbado era la biblioteca. Por el suelo, algunas hojas habían abandonado los libros y lejos de sentirse libres se quedaban a su lado. Parecían querer volver a formar parte de la historia que tan miserablemente les habían arrancado. Sólo quedó un libro intacto.
Un niño lo recogió con cuidado. Lo abrió e intentó descifrar qué decía. Leía con dificultad, la escuela había sido destruida hacía mucho tiempo y le costó entender. Decepcionado lo lanzó otra vez al suelo. No tenía preciosas imágenes sólo una larga lista de nombres.
Un anciano que observaba le llamó y con paciencia le explicó la importancia del libro que había menospreciado. Era el catálogo de todos los volúmenes que había albergado la biblioteca. Allí estaban todos y, como guardianes de la cultura, habían perecido cumpliendo su deber.
Al día siguiente en la única pared que quedó en pie de una espléndida biblioteca, los niños escribieron con su irregular letra, los nombres de todos los libros que habían caído en la batalla.

-Resistencia-

Las hileras de almendros, con sus hojas a medio caer y sus ramas apuntando hacia el cielo, tienen algo de resistencia agónica, como si aceptaran el destino y al mismo tiempo se rebelaran cuando ven el destino cerca
Paseando bajo los árboles, observo algunas hojas que permanecen colgadas a la espera de acabar en suelo, donde otras las esperan desde hace días. Las hojas del suelo deambulan por allí, aburridas, sin que el viento, que jugó tan alegremente en la rama, se tome la molestia de llevarlas lejos.

En el último almendro, el que está un poco apartado, hay una almendra, una única y solitaria almendra. Aún conserva, medio abierta, la piel verde que el tiempo ha vuelto oscura e innecesaria. Permanece colgada como un adorno navideño, que aunque ya han pasado las fiestas, se empeña en sobrevivir al tiempo. IMG_1664.
La almendra, en su resistente soledad, no atiende a las caricias del viento ni a los calurosos ardores que le envía el sol. Nada parece tentarla para abandonar la rama y dejarse caer.
Y yo viéndola sola y vestida con los andrajos de tiempos mejores, no entiendo el porqué de su resistencia. ¿Qué consigue allá arriba siendo blanco de corrientes de aire y rayos de sol? ¿No sería mejor compartir destino con las otras almendras, despojarse de los restos de su andrajoso traje verde y de una vez, lucir el leñoso vestido de otoño?

Y otorgándome el papel de un dios caprichoso, cambio su previsible final y la arranco. Tan indecisa como el propio destino, que juega con las vidas que tiene entre manos, la guardo en el bolsillo trasero de mi pantalón.
Mientras me alejo siento el bulto de la almendra que me acompaña y no estoy segura de si, el haberla arrancado, es un premio o un castigo por no dejarse caer.

-El viaje-

El amanecer es un buen momento para emprender un viaje. El día tiene el encanto de las cosas sin estrenar y de los libros aun no leídos. Con esta idea en la cabeza y las llaves en la mano arranco el coche y empiezo el viaje como si comenzara un libro, con principio y final y con lo más lo interesante en el camino que uno va trazando.Cuando era pequeña llevaba una buena provisión de cuentos si tenía que viajar. Se me hacía más corto el trayecto si al final quedaban libros sin leer. Aún hoy procuro tener libros a la espera de ser leídos, porque dentro de ellos, agazapados entre sus hojas guardan el tiempo.

La carretera se abre ante mí como una cinta cosida al suelo, con los lados bordados y el centro que conserva aún el hilván. No me gusta el color de la calzada, gris tirando a negro. A veces tengo suerte y un espejismo la llena de agua. Cuando lo atrapo pienso que quizás para la calzada el espejismo sea yo.

Los árboles se desperezan a mi paso y se inclinan. Las montañas con sus crestas onduladas recuerdan gigantes lejanos que vigilan sin nada que decir. Una cantera con sus interioridades blanquecinas y superpuestas, rompe la esclavitud del verde. Parece un pan que ha sido cortado en rebanadas y se ha quedado ahí seco y sin que nadie recoja las migas.

Me detengo un instante pero vuelvo rápido antes de que el sol aparezca. Es una carrera contra la luz, que sé que tengo perdida. Pero no me resigno y continúo con un ojo en el cielo y otro en la tierra como los buenos santos.IMG_1815

En medio de la autopista, donde las azaleas enferman de CO2, aparece el indicador de viento. Ha remitido el aire y se ve flácido, como el colador de café que tenía mi abuela.

Mi abuela preparaba el café en un gran perol. Lo llenaba de agua y luego le añadía el café molido, lo dejaba hervir y lo filtraba con una especie de embudo de tela. Los primeros días, tras el filtraje, devolvía el café al perol y añadía agua. A medida que pasaban los días el café era menos café y más agua. Pero ella continuaba con la ilusión de que su café era como el primer día, como una gran historia de amor que los protagonistas se empeñan en conservar.

El viaje emprende otro capítulo. A cada lado aparecen unas señales naranja que en su parte lateral llevan escritas las letras SOS. A mi me parecen exclamaciones pidiendo socorro. Hay un retrovisor en el suelo que se cansó de mirar el mundo al revés. Está bocabajo y pienso que a lo mejor ahora verá reflejado el cielo.

Los paneles indicando las ciudades aparecen como islas azules en el gris del asfalto y van avisando de los kilómetros que faltan. Depende de lo que esperes encontrar al final del viaje parecen una amenaza: ya solo quedan 2km, ya solo queda 1km, ya solo quedan 500m.

Como tenía la cabeza en la carretera, me he saltado la señal de mi salida y tengo que viajar 35 Km más. Hay una curva peligrosa que me ha dado un susto.

A veces cuando voy por la autopista me parece que dios juega al escalextric.