-Cara-

La cara apareció por primera vez en su taza de café. Le hizo gracia porqué pensó que se parecía a su cuñado, incluso le dibujó unos bigotes hasta que con la cucharilla apartó la espuma y la borró. Pero tercamente la cara volvió a aparecer. Al final se bebió el café y se permitió esbozar una sonrisa mientras iba al baño, sonrisa que se le esfumó cuando la volvió a encontrar en el lavabo, en la mancha que dejó el agua al retirarse.
A partir de entonces en cualquier sitio veía la cara: en el capó, en un desconchado de la pared, en el suelo… Por la noche encontró la cara en los pliegues de la sábana al ir a dormir.
Por hacerse el gracioso le habló. Le contó un poco de su vida y le preguntó por la suya. Y entre decepcionado y molesto no recibió respuesta. La cara no dio muestras de entenderle. Pensando que era un estúpido por hablarle un cara que se vislumbraba entre los pliegues de la sábana se dio la vuelta y se durmió.

Cara

Al día siguiente la cara volvió a hacer su aparición mientras él caminaba: en las paredes, por encima de los muebles, en el barro del suelo, en la espuma de la cerveza… No sabía qué hacer y en un momento de lucidez escribió un mensaje y lo mostró a la cara que estaba observándole desde el polvo de la mesa del despacho. Y ante su asombro, en el mismo polvo, unas letras se dejaron ver. En ellas se leía con claridad HOLA. Cogió un papel y escribió unos mensajes trillados de presentación y bienvenida. La cara con semblante impasible escribió en el polvo que estaba encantada, que antes se le había aparecido a un tipo que se empeñó en borrarla.
Siempre pragmático pensó en qué le beneficiaba tener una cara por amiga. ¿Podía predecir el futuro o sabía algún secreto? Se le ocurrieron un sin fin de cosas que se moría por saber y por poder divulgar en cuanto las supiera. Pero la cara no dio muestras de estar enterada de nada. Sólo era una cara que aparecía en cualquier parte. Y se quedó como una compañera.
Con el tiempo la cara se volvió exigente. No sólo le seguía a todas partes sino que cuando la situación no era propicia para manifestarse, al reaparecer, le bombardeaba con preguntas sobre qué había hecho, qué había dicho y con quién había estado.
Tanto control le agobió y no tuvo más remedio que plantearse el fin de la relación. Pero no se le ocurría qué hacer, la cara estaba pendiente de cada uno de sus movimientos.
Una noche puso un bote de pintura cerca de la cara. Con alivio comprobó que durante todo el día no apareció.
Al volver los tachones llenaban la pared. La cara estaba de un humor de perros. Esta vez dejó cerca de la cara un bote de pintura y un trapo del polvo.
Por la mañana encontró el mensaje
-No puedo seguir. Me voy, antes de que lo nuestro se deteriore y termines por pintar las paredes, tapes los desconchados y limpies el polvo.
Y entre aliviado y culpable abrió la pintura y pasó un trapo suavemente por donde la cara había aparecido por última vez.

-Sueño de loco-

Hay días que las preguntas revolotean por mi mente como moscas inquietas que no me dejan en paz. Me da por pensar por qué suceden las cosas, qué participación tiene el destino y que posibilidades tengo yo de elegir.
A veces tras las preguntas, llego a la certeza que hay una realidad paralela en la que se encuentran todas las posibilidades, que a su vez tienen otros mundos paralelos y así hasta encontrar que la realidad es quizás una alucinación que ayer no existía, que hoy es único y que mañana nunca llegará.
Hola.
No me gusta pensar que el mundo es el sueño de un loco que quería probarse a si mismo que podía crear seres perfectos.Un loco que les dotó de un espejismo de libertad, lo suficientemente convincente, para que se creyeran capaces de sobrevivir a una programada destrucción. Y  que les inculcó la idea de una inmortalidad y una superioridad arrogante sobre otros seres igual de perfectos e igualmente abocados a desaparecer, cuando el sueño del loco deje de serle divertido.

-Malentendido-

No quería suicidarse. Es cierto que no quería. Pero pasear solo a las tantas de la noche era como invitar al destino a que decidiera por él.
Salió de su casa con el abrigo abrochado, un bastón con puño de oro y el sombrero bien calado. La bufanda quedó relegada en el bolsillo para evitar que a algún desconocido le resultara conocido y se embarcara en conversaciones que cansaban al bastón y apresuraban el frío.
Llegó al cruce tras caminar sobre los adoquines más interesados en descansar del sol que brillar a la luz de las farolas. Las aceras discurrían oscuras bajo los árboles. Aquejado por un anhelo de justicia dejó los adoquines y pasó por encima de la acera regalándole una sombra luminosa.
Al doblar la calle se encontró debajo del único ojo de un puente. Levantó cauteloso la vista, miró con curiosidad el arco, la perdida ribera, las piedras sin rumbo y le pareció estar dentro de un río aunque no tuviera agua. Se sintió ligero, era como nadar y andar sin necesidad de mover los brazos ni asustar las algas ni pisar el barro. Los pies se desplazaban tranquilos, convertido en remo el bastón. Le gustó la sensación de deambular en medio de una corriente sin quitarse el abrigo y el sombrero.

Vermell

Pont a Penelles

Siguió chapoteando por la sombra, imaginando las hojas caídas como si fueran peces-manta que planearan por el suelo moviéndose sin rumbo.
Tras nadar un rato en el aire dejó atrás el puente y salió a la avenida donde la gente charlaba sentada en bares como pescadores de tiempo que estaban a la espera de atrapar un buen puñado de momentos. Las risas y los gritos demostraban que a los momentos no les molestaba el ruido y que se sentían atraídos por el bullicio.
No le interesó esta pesca ruidosa y se dirigió hacia la tranquilidad de una calle con bares-pecera acogedoras de humo y pensamientos. Tentado estuvo de entrar pero el bastón le guiaba hacia otro espacio sin techo y sin gente.
Caminó mucho rato, el tiempo no le importaba, él era el dueño que lo alargaba o encogía a su antojo. El rumor del agua de un río le distrajo. No había puente, solo la otra orilla, donde la oscuridad no permitía observar el mundo correr o detenerse.
Si antes había andado por un río de aire, sin el abrazo del agua ¿Cómo sería estar en el agua, sin el abrazo del aire? ¿Cómo sería andar por el fondo del río con el bastón como remo, el sombrero calado y el abrigo como vela? Tenía mucho tiempo, y se lanzó.
El bastón resultó ser un mal compañero, lo abandonó al saltar, junto con el sombrero, sólo el abrigo se mantuvo con él aunque fue un amistad triste, que los hundió a los dos. Quizás los buenos amigos fueron el bastón y el sombrero.
Cuando lo sacaron negó que quisiera suicidarse. Tenía tiempo y las orillas no le atrajeron lo suficiente como para gastarlo explorándolas.
Lo que no le gustó de la experiencia es que las hojas en el río eran en realidad hojas.

-Entre TODO y NADA-

-Gracias.
-De nada.
Este escueto diálogo es el que hemos mantenido el camarero que me ha servido el café con leche demasiado caliente. Ni una palabra más, ni una de menos. Un diálogo trivial y de quedar bien. Y mientras el café se va enfriando le doy vueltas a una de mis palabras preferidas: NADA.
Porque para mi NADA no es un borrón negro y silencioso. Para mi NADA es un espacio blanco donde todo se ve. Si en lugar de blanco el espacio fuera negro creería que hay algo que no veo, que está en este rincón oscuro, escondido por la ausencia de color, agazapado rompiendo la pretendida ausencia de algo. Sin embargo el color blanco con su luminosa presencia deja a la vista lo que hay, NADA.

Positano

Positano

Junto con NADA, me impresiona la palabra TODO. Cuando las escribo veo dos letras repetidas. La A no es mi letra preferida, ni la O. En realidad no sé si tengo letras preferidas, o sonidos o grafías, lo que si que tengo son palabras que despiertan en mi sentimientos extraños, igual que otras, me dejan indiferente.
NADA dice mucho y lo dice bien. Porque es simple, sin ortografía estrafalaria y sin sonidos guturales de fricativas y oclusivas soltando el aire. Es de una sencillez que decir NADA no me sabe mal siendo como es el exponente de la máxima negación. No sé si me parece tan especial porque me produce desasosiego, incertidumbre o admiración, pero lo cierto es que nada es una palabra que tiene un significado que con mil imágenes me vería con dificultad de plasmar.
TODO por el contrario es rotunda. Acapara mi atención y sin quererlo la leo con ganas de darse importancia. TODO, desde el punto de vista de la palabra tampoco es que sea gran cosa pero las Oes le dan un sonido fuerte, de amo y señor.
Las dos siendo palabras abstractas las catalogamos según el genero. NADA femenino, TODO masculino. No creo que sea un razonamiento machista, pero no deja de ser curioso. Sin embargo la NADA es anterior al TODO, incluso los agujeros negros están llenos de NADA que en cuanto se llenen se convertirán el algo que puede ser TODO.

-Tras la rejas-

Tras las rejas de la ventana, hay una cara de mujer.
No tiene nada especial que destaque aparte de sus ojos negros o la palidez de un cutis sin maquillar. Lo único que la hace distinta es la tristeza rebelde que, empujada por su mirada, se cuela por la reja.
La ventana tiene medio un barrote con una hendidura por la que la mujer pasa el dedo una y otra vez, le da consuelo pensar que la dura reja tiene un resquicio que deja escapar un poco la tiranía.
La mujer se aparta y la reja vuelve a ser una sucesión de líneas, un cuaderno de sombras que ella ya no quiere seguir escribiendo.
Una llave aparece bajo el sol del mediodía, es grande, tanto, que no cabe en la mano. La puerta se sacude con el paso del cerrojo. En la parte inferior, allí donde los pies reposan apresurados, hay un agujero por el que se cuela un poco de luz. Se abre con dificultad. La casa cruje por la luminosidad que le regala el sol y espera que la puerta la vuelva a sumir en la penumbra.

Ari

La mujer aparece de repente e impide que la puerta se convierta otra vez en frontera. Corre por debajo de cornisas de tejas rotas, ventanas con rejas y paredes con desconchados sin cal.
Sigue y sigue hasta llegar cerca del camino que abandona el pueblo. Es un camino estrecho, lleno de piedras sueltas amontonadas por el centro. La mujer sigue adelante surcando los campos desbrozados y llenos de rastrojos.
Una valla cruza el camino y la detiene. No impide el paso pero la empuja a volver. Se da la vuelta y contempla el pueblo con sus ventanas de rejas, sus desconchados y sus cornisas de tejas rotas. El camino se ha vuelto más largo. Los zapatos aprietan, siente la queja de dedos doloridos.
La mujer se quita los zapatos, salta la valla y sigue adelante, no sabe a dónde va pero los árboles tienen hojas nuevas de color verde que escriben en el suelo, una historia sin renglones.

-Doña Engracia-

S

 

entada en su silla de anea doña Engracia va desgranando guisantes. Veintiuno, veintidós, veintitrés. Los pone en un recipiente de plástico y tira las vainas a la bolsa que tiene al lado con cuidado que ninguna caiga al suelo. Lo hace mecánicamente, mientras el sol de la tarde se aleja sin prisa. Aun falta para encender la luz y que haga un poco de fresco.
Doña Engracia desgrana los guisantes poco a poco como si las legumbres verdes y relucientes, fueran las cuentas de un rosario. Cuarenta y cinco, cuarenta y seis, cuarenta y siete. Cuenta cada guisante que echa en el recipiente, parece que sabe la cantidad que debería salir y recela que le falte alguno.
-Buenas doña Engracia, ¿cuántos guisantes lleva?
-Sesenta y tres, sesenta y cuatro, sesenta y cinco- contesta sin levantar la cabeza y sigue contando ahora para sí, que el vecino se largó y vuelve a estar sola.

Anacapri, tarde de verano

Anacapri, tarde de verano

Antes podía llevar también la cuenta de las vainas pero desde hace unos meses se pierde y prefiere llevar solo una cuenta a la vez. Noventa y siete, noventa y ocho, noventa y nueve. Porque se equivoca y ha de volver a contar, y se hace pesado. Y no se olvida de las vainas, una vez ha sacado los guisantes, las vacía en su falda y las cuenta.
Hoy han sido exactamente ciento doce guisantes y veintinueve vainas. Más guisantes que el otro día. Será por la clase.
Cuando no hay guisantes Doña Engracia desgrana habas, cacahuetes, judías o incluso a veces desgrana ajos. Es su distracción. Porque sino, su cabeza se pone en movimiento y empieza a desgranar recuerdos. Ahí sí que se pierde y ha de volver a empezar. Unas veces no recuerda el año, o el lugar o el nombre de aquel mozo tan guapo y se pone de mal humor. Otras veces que le parece que lleva bien la cuenta, resulta que este recuerdo no es suyo que ella no vivió semejante historia. Lo peor es cuando desgrana los recuerdo de aquellos que ya no están, entonces si que se pierde porque la tristeza empaña la cuenta y no quiere volver a empezar.
Así es que sentada desgrana guisantes, o habas o cacahuetes. Y no se deja ninguno.

-El abejorro-

P

or entre las ramitas secas de la planta olvidada en el rincón, asoma muerto un abejorro. Es un insecto grandote y tontorrón que no vio que en este rincón el tiempo vuela detenido y pensó que podría entrar y salir con facilidad de la maraña de ramitas que se esfuerzan en permanecer pegadas al tronco. O a lo mejor se metió en este zarzal a sabiendas.
La casa está helada. No por no meter leña en la chimenea que arde lo suyo sino, porque el alma que la habita hace tiempo que perdió la calidez de ser vivo y se esfueza en adentrarse en las frías prisas de la muerte.
Martín era ingeniero, llegó al pueblo en primavera, cuando las nieves y las heladas permitían remover la tierra para delimitar el trazado del nuevo canal. En el pueblo vivía Nita la dueña del único bar con comida decente. Martín en cuanto la vio, reparó en su abultado seno, en su amplia sonrisa y en lo descuidadas que tenia las manos, excepto por la uña del meñique de la mano derecha que resaltaba como una espada.
Ella le explicó que vivir en el pueblo tenia sus ventajas, había sido la amante de los médicos que iban pasando por el pueblo. Era más que consciente que veían en ella un oasis de distracción en el aburrimiento de un lugar. Para olvidar que la vida era una sucesión de días cuyo único pasatiempo era el cambio de una hora a otra, Nita tenía la nieve blanca en invierno y en verano.
No pasó mucho tiempo en que el ingeniero pasara de ocupar siempre la misma mesa en el bar a ocupar el mismo lugar en la cama de Nita. Y empezaron para Martín los días de cocaína y rosas.

Atrapado

Atrapado

La casa con su planta seca, que el abejorro convirtió en cementerio, deja sentir un silencio que se hace muy difícil de no escuchar día y noche. Atrás quedaron los tiempos en los que Martín añadió sus ahorros para ampliar el negocio. Cuando lo piensa, siente que el dinero lo invirtió en una tumba fría y sin posibilidad de cambiar de sitio. Nadie, ni el mismo lo hubieran sospechado cuando al terminar la jornada la caja del bar rebosara de billetes. Unos billetes que servirían para costearse los vicios que de fin de semana pasaron a ser diarios. Lo que empezó como diversión acabó en pesadilla. El alcohol le nublaba las ideas y la droga las convertía en paraísos hasta que aparecieron por el horizonte problemas que ni el propio dinero podía solucionar. Nita no le ayudaba con la indiferencia con que le veía caer hacia el infierno. Ella tenía su particular mundo lleno de hastío que lo único que salvaba era las noches de juego y cocaína. Cuando se metía de lleno en la partida, el mundo de un pequeño bar en un pueblo perdido desaparecía, la adrenalina le sacudía la vida y las cartas en la mano eran el pasaporte para que aquella noche pudiera soñar.
Todo se precipitó. El embargo, que les dejó sin medios para costearse sus vicios, las peleas, el abandono. Todo llegó a la vez que se iba todo. Su vida fue adquiriendo un tono helado, el de la indiferencia a vivir o morir. Nita le pidió el divorcio y dinero. Ni una palabra que pudiera guardar para las noches frías.

La chimenea tiene las paredes oscuras y la ceniza se acumula cansada de verse quemada cada vez que el fuego le da por arder. Es una ceniza que poco tiene que ofrecer, como la vida del hombre que ya no tiene ganas más que ser ceniza.
El abejorro entró por la ventana abierta un día de verano. Hacía calor. La sombra que prometía el zaguán llevaba asociado frescor, el sol no llegaría y podría salir por la tarde, cuando el calor se hubiera retirado a descansar tras las montañas. Entonces dejaría la penumbra y saldría a revolotear libre por entre las plantas que se las prometían felices por tener tanto sol.

-Dolor belleza-

C

 

ontemplar la belleza me duele. Siento que hay veces que no soy capaz de comprender lo que me dice, como si fuera un vaso lleno de agua que por más que beba me deja con sed. Veo los colores y me maravilla como se combinan para dar vida a una noche soñolienta. Me fascina que se mezclen para que yo no los distinga y a la vez sienta música en mi retina. Los ojos del insecto saben descubrir la belleza y disfrutarla mientras liban la flor que para ellas no es más que comida y que yo me empeño en que es algo más. Me da miedo que el cielo que me regala nubes sin forma, me exija un precio por este regalo

Fantasmes a la nit 4

Fantasmes a la nit

El calor del fuego es hermoso aunque queme y la luna se mece compitiendo con estrellas que quizás hace tiempo que murieron y a mi me fascinan. Siento que mi alma sale al encuentro de la belleza que transpira y a la vez me escuece con pesar el hecho que nunca seré capaz de comprenderla y mucho menos imitarla.
Incluso la oscuridad que resalta la hermosura de lo oculto me parece imprescindible. Las sombras aparecen por los rincones se visten de aire para ser más livianas creando monstruos extraños, criaturas que hacen de la fealdad bandera de belleza. Entones es cuando me duele más la belleza, porque no solo veo sino que imagino lo que se esconde detrás del amago de figura que puebla el rincón de mi cuarto.

El pintor que intentó robar unas gotas de magia a la belleza aparece ante mi. Él sí supo captar lo que yo temo sin miedo arrancando con su pincel pedazos de luz y sombra.

-Inapetente-

S

 

 

e sentía inapetente. Todo alimento que tomaba lo hacia con esfuerzo ya sea pescado, carne o fruta tropical. Es por calor me comentaba la cocinera, si es el calor decía él. Tienes que hacer un esfuerzo, sin comer no puedes vivir le reprendía yo mientras él apartaba el plato.Cuando nos sentábamos a la mesa, empezaba una batalla entre sus pocas ganas de comer y las viandas tan bien preparadas que la cocinera se esmeraba en ofrecerle.
Cierta mañana al volver del mercado cargada con la cesta de la compra él me llamó. Qué traes preguntó. Y yo le mostré las berenjenas y los pimientos y unos rábanos que había comprado. Sin mediar palabra cogió una berenjena y se la comió luego siguió con los pimientos y acabó con un par de rábanos ante la cara extrañada de la cocinera. Al menos ha comido me dije. Los caminos del señor para cuidar a sus criaturas demuestran su sabiduría dijo la cociera colgando el delantal y sentándose muy cómoda bajo la sombra del tilo.

Paseo por Pignasecca

Pescado-Mercado de Nàpoles

A partir de aquel día comía directamente de mi cesta. Apenas me oía llegar, se acercaba y removiendo los vegetales se tragaba unos cuantos. El resto del día agua.
El verano y la época de los vegetales dejaron paso a otros alimentos pero ya no tenían el color de la estación ni su madurez por lo que se volvió otra vez inapetente.
Yo llegaba del mercado esperanzada con los nuevos alimentos pero era inútil. Hasta que apareció la cola del pescado sobresaliendo del cesto. Qué es. Lubina. Y sin decir nada, alargó la mano y se la llevó a la boca. Le dio un buen mordisco. Tragó con dificultad al principio, pero siguió comiendo hasta acabar con el pescado. Cuando lo comenté con cierta aprensión a la cocinera dijo que si el Señor hubiera querido que comiéramos lubina al horno, la hubiera creado así. Y se largó de la cocina para sentarse junto al fuego del hogar a meditar sobre por qué el hombre se empeña en cambiar lo que dios ha creado.
A partir de aquel día, el pescado crudo fue su dieta, junto con algún vegetal y una buena cantidad de vino que le hacia más llevadera la comida y el olor puro sin guisar.
¿Por qué tuve que comprar aquel pollo? Cuando alargó el brazo hasta el cesto del que asomaba sin pudor un muslo desnudo tendría que haber salido corriendo, pero no lo hice. La curiosidad malsana por comprobar si verdaderamente arremetía contra el pollo me dejó pegada al espacio como el horror se queda en las pupilas una vez se ha ido el objeto del miedo. No me lo podía creer mientras le veía despedazar la carne con sus dientes. La cocinera cerró los ojos y juraría que alabó al señor por los alientos que él acababa de tomar y quizás también por el alma del pollo que no tenía la culpa de haberlo puesto el señor en el camino del hombre.
A partir de aquel día la dieta de carne y pescado se fue alternando. Apenas si abría la puerta de la casa ya estaba al acecho como un perro que huela la presa. Con el paso de las semanas se volvió más exigente. Quería que los alimentos fueran realmente frescos. Llegó a exigir que el pescado aún boqueara y la carne rebosara de la sangre recién derramada con su muerte. Un día aciago se comió un pez vivo. Con que fruición saboreó el animal. No tardó en exigir un pollo que aun corriera. Se lo traje teniendo en la mente qué iba a ocurrir. La cocinera no dijo mucho, pero tampoco dio muestras de pensar que aquello estaba mal. Él hombre es un ser capaz de elegir y como tal ejerce su libertad dijo.
Pero el tiempo pasa y la novedad se convierte en rutina y la rutina en hastío y el hastío no ayuda a tener ganas de comer, ni que sea un lechón que apenas unos minutos antes corría por el corral.
La cocinera me aconsejó que me largara, que ella se encargaría de devolverle las ganas de comer. Y le hice caso

Ayer por la noche regresé, era tarde y me fui a dormir. Esta mañana lo he encontrado trabajando en el jardín muy animado, parecía ahíto y con aspecto de haber disfrutado. Cuando he ido a buscar a la cocinera no la he encontrado, solo había en el suelo de la cocina un hueso de fémur a medio roer y su delantal manchado de sangre.
Los caminos del señor son inescrutables.

-El paraguas verde-

M

 

 

irando hacia atrás la veo a ella y reconozco lo mucho que le debo. Nunca le agradecí que llenara mi vida de curvas. Sé que nadie entenderá mi proceder, pero no me importa, siempre conservaré el paraguas para ella y para que siga rompiendo la linealidad de mi vida.
Por aquel entonces tenía la sensación de que mi mundo era muy parecido a un segmento, sin un final fijo y con un itinerario plano y sin movimientos. Cada mañana al coger el coche el mar en calma era testigo de mi corazón convulso. La carretera, con sus líneas rectas apenas asustada por una curva, daba paso a la gran llanura sin altibajos ni sorpresas que se abría como una gran boca. Todo ello no hacia más que confirmar que ante mí, el infinito cada vez estaba más lejos.
Cuando la descubrí por primera vez, supe que cambiaría mi vida.  Estaba exactamente después de la señal de preferible a 80 que está justo delante de la curva a la izquierda y desde entonces, cada día alrededor de las tres de la tarde su paraguas verde me indicaba que todo iba bien, que el mundo giraba siguiendo las agujas del reloj y que después de la curva a pocos km estaba mi casa. A ella nunca le llegué a hablar, ni siquiera sé si se dio cuenta que yo pasaba por su lado a eso de las tres, porque estaba más pendiente de los coches que paraban que de los que corrían.

Plaça de la catedral

Barcelona- Plaça de la catedral

Las demás, que trabajaban por otras curvas y otras señales, estaban sentadas o paseaban impacientes a medida que el día y los clientes pasaban de largo. Ella no. Siempre estaba de pie como si no le importara el tiempo y daba vueltas sobre si misma mientras el paraguas giraba. Formaban los dos un pequeño universo en el que ella, que era la estrella, escondía su luz.
El paraguas era verde, de un verde deslucido, como si no quisiera destacar. Cuando estaba cerrado ella trabajaba y cuando ella descansaba el giraba incansable en sus manos.
Si alguna vez al pasar, no veía su figura girando con el paraguas verde, estaba convencida que algo no estaba bien, que al mundo dejaría de girar siguiendo las agujas del reloj y se movería en línea recta. Y lo peor, que después de la curva, no estaría mi casa.
Mi desazón era tal que daba media vuelta y regresaba a la señal de curva a la derecha inmediatamente antes del aconsejador 80 a ver si ella había vuelto y el paraguas giraba como el mundo. En cuanto la veía allí, mi corazón se desaceleraba, adquiría un ritmo de domingo. Y volvía a pasar por delante, un poco más lentamente, me fijaba en que se veía más cansada, que el paraguas giraba con desgana, como pensando que a lo mejor le gustaría ser una cometa y largarse con ella hasta el cielo con nubes. Y después regresaba a casa sin decidirme a sentir lástima, desprecio o indiferencia sobre su vida como si la mía fuera algo especial.
Cada noche por mi imaginación un coche pasaba, siempre el mismo y se la llevaba y solo quedaba en el suelo el paraguas cerrado, solo en un lado de la carretera.
Mi vida se había vuelto lineal a la espera de encontrarla después de la señal de ochenta y antes del aviso de curva. Había llegado a depender de este giro del paraguas a las tres, como si fuera en ello la continuidad de mi mundo, como si al no estar volviera a ser todo recto, un lápiz que escribe sin salirse del renglón. Tenia que hacer algo.

Hoy en el lugar que ocupaba hay un ramo de flores de plástico, menos los domingos que salgo a dar una vuelta, entonces un paraguas verde gira y las flores son frescas.